Autor: Mario Oliva Mancia

Mario Oliva Mancia es autor salvadoreño y creador del sitio Filosofía Iberoamericana. Posee doctorados en Medicina y Filosofía. Su trabajo interdisciplinario aborda la fe católica, la historia, la cultura, la medicina y la sociedad, con especial atención a la realidad iberoamericana.

“El MUNDO COMO PUNTO DE PARTIDA: SIGLO XXI”.

La historia del mundo es oscura, aunque intentemos ocultarla de múltiples maneras; unas más elaboradas que otras. El mundo tal como lo conocemos, siempre fue y será zona de guerra.
Un lugar constituido no solo por espacio y tiempo poblado por seres anónimos, sino como realidad fronteriza, donde se funde lo humano, como síntesis de lo natural y lo sobrenatural. Un Homo sapiens, que es también Homo metaphysicum, pero principalmente Homo theologicum.
Es en esta visión integrada que procede, en última instancia, lo que vemos como apariencia de realidad. Es aquí donde nace la vocación por lo elevado o lo rastrero, donde se articula misteriosamente lo interno con lo externo, y que se expresa en acciones con consecuencias buenas y malas, a mediano o largo plazo.

Aquí se encuentran casi todas las guerras, con su cosecha triste de miles de millones de muertos. Actualmente el narcotráfico, las mafias del armamentismo, y los monopolios políticos que también se nutren con la sangre y opresión de pueblos, mantiéndolos a propósito en el subdesarrollo. Gravísimo error de quienes, usurpando un liderazgo, confunden temporalidad con eternidad.

Es aquí donde se busca apelar al relativismo o indiferencia, para alcanzar lo que algunos llaman: “mi particular verdad”. La que al final justifica completamente todo.

No hay diferencia entre adorar a “Dios” o a “dios”. Valorar más “la cosa” que “el ser”. Asesinar por poder, legitimando así el desprecio por la vida humana. Sagrada en esencia: ¡JAMÁS DUDEMOS QUE AQUÍ ESTÁ LO VERDADERAMENTE DEMONÍACO!

Todo esto da igual dentro de un régimen de pensamiento que se divorció desde el principio de los tiempos de cualquier normativa, y le dio igual confundir el espíritu de Dios con el becerro de oro. Aquí no existe un sistema sabio de pensamiento, porque esto supondría un orden teórico con una finalidad buena. Y si se le llama “bueno” a lo que solo complace a mis intereses, este sistema tendría un objetivo último: la maldad en esencia, pero con apariencia de éxito y bonanza. Donde el ser humano es el medio, la cosa, o el instrumento; nunca un fin. Quien ejecute semejante error también estará cosificando, y anulando, pero en grado superlativo, su esencia humana. No nos confundamos, aquí va la mayoría.

Pero lo malo no surge solo como resultado de los fenómenos inevitables de la historia, de eso que algunos llaman eujemísticamente “realidad objetiva”. Porque si hurgamos más a fondo en lo profundo de cada ser humano, veríamos en esa zona casi insondable —que algunos llaman conciencia, y otros alma—, una confusión originaria, la que nos busca arraigar a los intereses egoístas de este mundo.

Lugar de aparente triunfo para demasiados, y digo “aparente” en todo el sentido de la palabra, porque en este proceso desenfrenado de arrebatar la felicidad a favor de nuestra codicia, se encuentra pacientemente esperando una señora muy bien ataviada, y justa para este orden de cosas: la muerte. Rememorarla pudiera ser un poderoso antídoto para ese peligroso olvido de la “finitud”.

Entidad natural o sobrenatural, dependiendo de nuestras personales convicciones, pero que cumple “la gran misión”; no solo de convertirse en sentencia obligada para todos, sino principalmente para darnos la esperanza en la posibilidad de que algún día vendrá un mejor y luminoso relevo generacional. Por eso hay que brindar con alegría, y no desfallecer; porque en este instante de la historia, hay un lugar que es infinitamente superior al oro y los diamantes… un pedestal inmortal para todo aquel que se atreva a ser héroe o santo.

Y convertirse en “guerrero sagrado” dentro de este mundo, que siempre fue y será zona de guerra.

El Salvador, 3/6/2017

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Unas palabras…

“Para este fin se dio al Hombre el más peligroso de los bienes: el lenguaje, para que dé testimonio de lo que él es. (IV 246)”. Friedrich Hölderlin

I
La Belleza es un destello de la Verdad, y quizás por ello indefinible.
Eco lejano, Paraíso que aún retumba en el alma del viajero.
Sombra mundana, herencia delirante del Caos.
Desde el cual un día surgió el misterio,
de eso que hoy nos atrevemos a llamar: vida.
Buscarla es locura, para un mundo que olvidó su ruta.
Porque atrapados, en este confuso y laberíntico espejismo del mundo
Pareciera que rodamos sin tregua y sin freno, rumbo al abismo.
II
La religión y el arte desafiaron atraparla,
y lograron apenas, rozarla…
Quizás por eso, el verdadero santo se parezca al gran artista:
su legado siempre será, como lluvia anónima en el árido desierto.
Escurridiza presencia que vuela sigilosa
más allá de ese fenómeno captado por la ciencia.
Porque la supera en creces…
Torre de Babel milenaria, te convertiste en el fin.
Escalera infinita, donde subirá siempre la soberbia,
sin jamás llegar a su destino verdadero,
porque este fue desechado hace siglos.
Los réditos de perseguirla, proceden de un tesoro cuyo valor es hoy oprobio y burla.
Para este reinado, de larga y dura noche,
que transcurre entre temblor y esperanza.
Y cuyo rey renunció saltar a las estrellas.
III
Pasajeros somos de un navío, cuyo capitán se extravió hace siglos,
después de surcar los interminables mares de la duda,
pero de espaldas a la Luz.
Quizás él solo se oculte, tras esta espesa y negra bruma que envuelve al cosmos;
y que hoy buscamos en penuria sustituir dentro de nosotros.
Ya que la existencia humana merece soñar en plenitud,
mirando sin temor, la eternidad en todo lo creado.
Saciando así, esa sed originaria, cuyo principio y fin están aquí.
IV
Porque estamos condenados a tirar los dados del tiempo.
Único y frágil – pero a la vez grandioso- patrimonio,
que acompaña a todo aquel, que fue lanzado en medio de la noche,
en este inmenso e interminable océano de la vida.
V
Sueño corto y largo, que aturde y hace olvidar –quizás con razón–
lo fugaz de esta emoción sagrada, llamada “vida humana”.
Su perpetuo fluir…pura ilusión que vuela hacia un cielo que aún calla.
Luz profunda, perfume de extraño consuelo, que brilla en el silencio.
Uniendo como un inmortal hilo, lo santo y profano.
En abierto desafío a esta cárcel sagrada,
donde habita la angustia dolorosa y bella de un ser,
que funde esperanza y locura, ante un cruce de caminos,
sin vuelta atrás…