Del organismo social al descarte: darwinismo social y eugenesia


Del ser a la función · Entrada 9 de 11 · Mario Oliva Mancía

El descarte no llegó al siglo XX vestido de barbarie. Llegó vestido de ciencia, con la venia de las mejores universidades del mundo occidental, con el respaldo de los grandes filántropos de la época y con la aprobación entusiasta de los parlamentos ilustrados. La sangre vino después, y en cantidad. Vino porque los técnicos ya habían dado la señal.

Spencer: cuando la ley del más apto se convierte en ley social

En 1864, cinco años después de la publicación del Origen de las especies de Darwin, un filósofo inglés llamado Herbert Spencer acuñó la expresión survival of the fittest en su tratado The Principles of Biology[1]. La frase, hoy inseparable de Darwin, es en realidad de Spencer, y Darwin la incorporó a partir de la quinta edición del Origen. El detalle importa: la fórmula que resumiría la biología moderna nació ya con vocación social. Spencer no era biólogo. Era un teórico de la sociedad que llevaba décadas defendiendo un liberalismo radical, y que en la biología evolutiva creyó encontrar el fundamento científico definitivo de sus intuiciones políticas. La lucha por la existencia, sostuvo, no gobierna solo a las especies; gobierna también a las clases, a las naciones y a las razas.

De ahí se seguía todo el programa. La caridad debilita a la raza porque permite la reproducción de los débiles. Las leyes laborales protectoras posponen la depuración natural. Los impuestos que financian el auxilio a los pobres son un tributo sobre los aptos para subsidiar a los ineptos. Escribiendo desde Yale, William Graham Sumner sistematizó estas tesis en What Social Classes Owe to Each Other (1883): las clases sociales no se deben nada entre sí, y el darwinismo social lo demuestra[2]. Andrew Carnegie las adaptó al Gospel of Wealth. No era la teoría marginal de unos publicistas: era la doctrina dominante en las universidades norteamericanas y británicas entre 1870 y la Primera Guerra Mundial. Cuando alguien hoy hable del darwinismo social como una desviación excéntrica del pensamiento decimonónico, hay que corregirlo. Fue lo contrario: fue el sentido común ilustrado de tres generaciones.

Galton, Pearson, Davenport: la eugenesia como ciencia positiva

Del darwinismo social al programa eugenésico solo faltaba dar un paso, y lo dio Francis Galton, primo hermano de Charles Darwin. En 1869 publicó Hereditary Genius, primer intento estadístico serio de demostrar que las capacidades intelectuales se heredan en las familias[3]. Catorce años más tarde acuñó el término eugenics —del griego eû génos, «buena estirpe»— en Inquiries into Human Faculty. La idea era clara: si las capacidades humanas se heredan, entonces es científicamente posible, y moralmente obligatorio, favorecer la reproducción de los aptos y desincentivar la de los ineptos.

La eugenesia como ciencia positiva se organizó rápidamente. Karl Pearson, fundador de la estadística moderna, dirigió el Departamento de Eugenesia Aplicada en el University College de Londres. En Estados Unidos, Charles Davenport estableció en 1904 el Eugenics Record Office en Cold Spring Harbor, financiado por la Carnegie Institution y más tarde por la Rockefeller Foundation[4]. Estas no eran instituciones marginales: eran el corazón de la ciencia occidental. Publicaban en Nature, en Science, en los boletines de las principales sociedades científicas. Las conferencias eugenésicas internacionales de 1912 (Londres), 1921 (Nueva York) y 1932 (Nueva York) contaron con figuras principales de la biología, la genética, la sociología y la medicina. La Iglesia Católica fue casi la única voz institucional que se negó desde el principio a participar.

El laboratorio norteamericano: leyes de esterilización, Buck v. Bell, cuotas migratorias

En 1907, el Estado de Indiana aprobó la primera ley de esterilización obligatoria del mundo, dirigida a «criminales confirmados, idiotas, imbéciles y violadores». En 1937, treinta y dos estados norteamericanos tenían leyes similares. En total, aproximadamente sesenta mil ciudadanos estadounidenses fueron esterilizados sin consentimiento entre 1907 y 1979 —California por sí sola practicó cerca de veinte mil— con base en diagnósticos de «debilidad mental», «epilepsia», «criminalidad hereditaria», «promiscuidad», «vagabundeo» o «indigencia».

El acto jurídico decisivo fue Buck v. Bell, resuelto por la Corte Suprema en 1927[5]. Carrie Buck, una joven de dieciocho años, había sido internada en la Colonia de Virginia para Epilépticos y Débiles Mentales tras quedar embarazada como resultado de una violación cometida por un pariente de la familia que la había acogido. El estado de Virginia solicitó su esterilización argumentando que era «débil mental» como su madre y que su hija recién nacida, Vivian, mostraba también signos de deficiencia. La Corte, por ocho votos contra uno, autorizó la operación. El chief justice Oliver Wendell Holmes Jr., escribiendo por la mayoría, cerró su opinión con una frase que aún hoy figura en los libros de derecho constitucional norteamericano: «Tres generaciones de imbéciles son suficientes». La sentencia nunca ha sido formalmente revocada.

Investigaciones posteriores han demostrado que Carrie Buck no era débil mental; que su madre había sido internada por razones de conducta social, no cognitiva; y que Vivian, muerta a los ocho años, era una niña de inteligencia normal, con calificaciones promedio en la escuela. El caso paradigmático de la eugenesia jurídica norteamericana se construyó sobre una ficción. Pero la ficción bastó para desatar la operación real sobre decenas de miles de cuerpos.

La contaminación era universal: los progresistas también

Un rasgo del programa eugenésico que la historiografía posterior a 1945 ha intentado suavizar, y que hay que decir con claridad: la eugenesia no fue una desviación de la derecha reaccionaria. Fue en gran medida un proyecto ilustrado, progresista, tecnocrático, científicamente respetable. H. G. Wells, George Bernard Shaw, Bertrand Russell, John Maynard Keynes, William Beveridge —el arquitecto del estado de bienestar británico— y los fundadores del socialismo fabiano Sidney y Beatrice Webb defendieron la eugenesia en distintas formas y en distintos momentos. Margaret Sanger, fundadora de lo que hoy es Planned Parenthood, publicó The Pivot of Civilization en 1922 con prólogo de Wells, y sostuvo explícitamente que el objetivo del control natal era «más hijos de los aptos, menos hijos de los ineptos»[6]. Woodrow Wilson, siendo gobernador de Nueva Jersey, firmó la ley de esterilización de ese estado. Winston Churchill escribió cartas privadas —después silenciadas por sus biógrafos oficiales— pidiendo la esterilización de los «débiles mentales» británicos.

El dato es incómodo pero indispensable. La eugenesia no es una derivación del pensamiento tradicionalista ni del nacionalismo étnico —aunque el nacional-socialismo la absorberá después con particular ferocidad. Es una derivación directa de la definición funcional de la persona propia de la modernidad tardía: si el ser humano vale por lo que produce, por lo que aporta, por lo que puede llegar a ser en términos económicos o intelectuales, entonces es racional intervenir para maximizar la producción y minimizar la carga. Todo el que redefine a la persona por función, sea de derecha o de izquierda, puede acabar aquí. El siglo XX lo demostró en todos los colores del espectro político.

Casti Connubii: la única voz que lo vio venir

El 31 de diciembre de 1930, cuando la eugenesia era doctrina establecida en las universidades occidentales, cuando las leyes de esterilización ya operaban en decenas de jurisdicciones y cuando en Alemania una minoría creciente reclamaba su aplicación nacional, Pío XI publicó la encíclica Casti Connubii. Los párrafos 68 a 71 son una condena explícita, técnica y sin ambigüedades del programa eugenésico[7]. El texto sostiene que las autoridades públicas no tienen ningún derecho directo sobre la integridad corporal de sus súbditos salvo como castigo por crimen grave, y que por tanto no pueden esterilizar a nadie —ni por razones eugenésicas ni por ninguna otra razón— sin cometer una violación grave del derecho natural.

Quince años antes de Núremberg, cuando el consenso científico occidental favorecía la esterilización eugenésica, la voz de la Iglesia fue prácticamente la única voz institucional relevante que la denunció. Es un hecho histórico que conviene recordar cada vez que se acuse a la tradición cristiana de haber estado del lado equivocado en las grandes controversias éticas del siglo XX. En esta, estuvo del lado correcto antes que nadie, con argumentación técnica y con jurisdicción moral clara. El costo de haber sido escuchada habría sido enorme para el prestigio de la ciencia progresista. El costo de no haber sido escuchada se contó después en cifras que la humanidad todavía no ha terminado de asimilar.

T4 y la línea directa desde Bloomington hasta Auschwitz

Seis meses después de llegar al poder, el gobierno nacional-socialista promulgó, el 14 de julio de 1933, la Ley para la Prevención de la Descendencia con Enfermedades Hereditarias. La ley autorizaba la esterilización forzosa de personas con «debilidad mental congénita», esquizofrenia, epilepsia, ceguera hereditaria, sordera hereditaria, malformaciones físicas graves y alcoholismo severo. Los juristas alemanes que redactaron la ley citaron explícitamente las leyes norteamericanas como modelo, y en particular la decisión Buck v. Bell[8]. Aproximadamente cuatrocientas mil personas fueron esterilizadas en Alemania entre 1933 y 1945.

En 1939, el régimen dio el paso siguiente. La operación conocida internamente como Aktion T4 —por la dirección Tiergartenstraße 4 en Berlín, donde tenía su sede— ordenó el asesinato sistemático de discapacitados adultos y niños en seis centros distribuidos por el Reich: Grafeneck, Brandenburg, Hartheim, Sonnenstein, Bernburg y Hadamar. Aproximadamente doscientos mil seres humanos fueron gaseados, envenenados o inyectados en esas instalaciones entre 1939 y 1945, la mayoría en los primeros dos años. Los procedimientos técnicos y el personal desarrollados en T4 fueron trasladados directamente a los campos de exterminio de Belzec, Sobibor y Treblinka a partir de 1941. La línea entre la esterilización eugenésica y el Holocausto no es una analogía polémica: es una continuidad institucional documentada, con los mismos médicos, los mismos ingenieros, los mismos hornos.

En Núremberg, la defensa de los médicos de T4 citó las leyes norteamericanas y Buck v. Bell como precedentes del principio jurídico que se les imputaba haber aplicado. El tribunal rechazó el argumento —correctamente— por razones de escala y de propósito, pero el argumento formal no era del todo falso. Los alemanes habían aprendido en Bloomington, en Sacramento, en Richmond.

Lo que quedó después de 1945

Después de Núremberg, el término «eugenesia» se volvió impronunciable en el discurso público. Pero las leyes no desaparecieron con la misma velocidad. California continuó esterilizando bajo su ley eugenésica hasta 1979. La última esterilización forzada bajo ley estatal en los Estados Unidos se ejecutó en Oregón en 1981. Las víctimas norteamericanas de esterilización eugenésica siguen recibiendo, en algunos estados, compensaciones puntuales que la mayoría de la población desconoce.

Más importante todavía: la lógica no desapareció, cambió de vocabulario. El diagnóstico prenatal, cuando se ofrece con la expectativa implícita de terminación en caso de anomalía, cumple hoy la función que ayer cumplían las leyes de esterilización, sólo que a nivel individual y con retórica de «elección reproductiva». En Islandia, prácticamente la totalidad de los diagnósticos prenatales de síndrome de Down terminan en aborto; en Dinamarca, alrededor del noventa y cinco por ciento; en Francia, cerca del setenta y siete; en el Reino Unido, alrededor del noventa. Nicholas Agar ha teorizado esta operación bajo el nombre de «eugenesia liberal», y Julian Savulescu ha defendido lo que llama el principio de «beneficencia procreativa»: el deber moral de seleccionar, entre los hijos posibles, aquellos que se espera tengan la mejor calidad de vida[9]. La palabra ha cambiado. La operación continúa.

Toda eugenesia es una decisión sobre quién merece existir. Y ninguna dictadura, ninguna democracia, ningún colegio de médicos tiene competencia para tomarla.

San Salvador, 9 de agosto de 2026
Mario Oliva Mancía


Notas

[1] Herbert Spencer, The Principles of Biology, Londres, Williams and Norgate, 1864-1867, vol. I, § 165. La expresión survival of the fittest aparece por primera vez en esta obra; Darwin la incorporó a la quinta edición del Origin of Species (1869) atribuyéndola explícitamente a Spencer.

[2] William Graham Sumner, What Social Classes Owe to Each Other, Nueva York, Harper & Brothers, 1883. Sumner ocupaba en Yale la primera cátedra de sociología establecida en una universidad norteamericana.

[3] Francis Galton, Hereditary Genius: An Inquiry into its Laws and Consequences, Londres, Macmillan, 1869; Inquiries into Human Faculty and its Development, Londres, Macmillan, 1883, donde acuña el término eugenics (cap. «Race Improvement»).

[4] Charles B. Davenport, Heredity in Relation to Eugenics, Nueva York, Henry Holt, 1911. El Eugenics Record Office de Cold Spring Harbor operó desde 1910 hasta 1939 con financiación de la Carnegie Institution y de la Rockefeller Foundation.

[5] Buck v. Bell, 274 U.S. 200 (1927). La expresión Three generations of imbeciles are enough figura en la opinión del chief justice Oliver Wendell Holmes Jr. Sobre la fabricación del caso, véase Adam Cohen, Imbeciles: The Supreme Court, American Eugenics, and the Sterilization of Carrie Buck, Nueva York, Penguin Press, 2016.

[6] Margaret Sanger, The Pivot of Civilization, Nueva York, Brentano’s, 1922, prólogo de H. G. Wells. Sobre las conexiones eugenésicas del movimiento anticonceptivo temprano, véase Angela Franks, Margaret Sanger’s Eugenic Legacy: The Control of Female Fertility, Jefferson (NC), McFarland, 2005.

[7] Pío XI, encíclica Casti Connubii, 31 de diciembre de 1930, §§ 68-71 (AAS 22, 1930, pp. 539-592). Es la primera condena magisterial explícita y técnicamente detallada del programa eugenésico.

[8] Gesetz zur Verhütung erbkranken Nachwuchses, 14 de julio de 1933 (RGBl. I, S. 529). Sobre la influencia norteamericana en su redacción, véase Stefan Kühl, The Nazi Connection: Eugenics, American Racism, and German National Socialism, Nueva York, Oxford University Press, 1994. Sobre Aktion T4 y su continuidad institucional con el Holocausto, Henry Friedlander, The Origins of Nazi Genocide: From Euthanasia to the Final Solution, Chapel Hill, University of North Carolina Press, 1995.

[9] Nicholas Agar, Liberal Eugenics: In Defence of Human Enhancement, Malden (MA), Blackwell, 2004; Julian Savulescu, «Procreative Beneficence: Why We Should Select the Best Children», Bioethics, 15/5-6 (2001), pp. 413-426. Sobre las tasas de terminación de embarazos con diagnóstico prenatal de síndrome de Down véanse los informes de EUROCAT y los estudios comparados publicados entre 2015 y 2022.

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