Del ser a la función · Entrada 11 de 11 · Mario Oliva Mancía
La persona no se defiende solo con leyes ni con votos. Se defiende primero con palabras que la nombren rectamente. Toda gran restauración civilizacional comenzó con un léxico recuperado, y toda gran ruina civilizacional comenzó con un léxico entregado. Después de diez entregas de diagnóstico, la undécima no puede ser otra cosa que la propuesta operativa: cómo se reconstruye lo que setecientos años han desmontado.
El diagnóstico completo
Las diez entregas anteriores han recorrido un movimiento único: cómo Occidente pasó, en el curso de siete siglos, de fundar la dignidad humana en el ser a fundarla en la función. Cuatro entregas establecieron el fundamento clásico —la distinción entre individuo y persona, la sanación cristiana de la palabra latina, la formulación tomista de la persona como lo más perfecto de toda la naturaleza, y la estructura familiar y social que se sigue de esa antropología. Seis entregas trazaron el descenso: el nominalismo de Ockham vaciando la naturaleza común; Locke reduciendo la persona a conciencia y memoria; la Revolución Francesa aplicando por primera vez la descristianización como política de Estado; el positivismo jurídico multiplicando personas por decreto; el darwinismo social y la eugenesia convirtiendo el descarte en programa científico; y la bioética utilitarista contemporánea institucionalizando ese programa en las cátedras y en los protocolos clínicos.
El diagnóstico está completo. La recuperación no puede consistir en una nostalgia general ni en una exhortación piadosa. Tiene que ser específica, técnica y operativa. Y tiene que empezar por donde empezó la caída: por las palabras.
Volver al ser: la única roca firme
Toda recuperación tiene que comenzar por la afirmación central: la persona es una sustancia individual de naturaleza racional. No es un flujo de conciencia. No es un centro forense de imputación. No es un ejercicio actual de autonomía. No es un contribuyente a un cálculo agregado. Es un ser subsistente, cuya naturaleza es de tal índole que exige ser reconocido como sujeto y no como objeto, como alguien y no como algo. Esta definición —heredada de Boecio, perfeccionada por Tomás de Aquino, sostenida por trece siglos de reflexión cristiana— no es un vestigio arqueológico. Es la única definición que produce igualdad sin gradaciones, dignidad sin umbrales, respeto sin excepciones administrativas[1].
Robert Spaemann, Alasdair MacIntyre, John Finnis, Robert P. George, Christopher Tollefsen y otros filósofos contemporáneos han mostrado, con el aparato técnico exigible en el debate académico actual, que esta definición se puede sostener en lenguaje filosófico secular sin apelar necesariamente a la fe[2]. No estamos pidiendo un salto al credo. Estamos pidiendo un retorno a lo que la razón natural conoce sobre el ser humano cuando no se somete a los prejuicios funcionalistas de la modernidad tardía. El iusnaturalismo clásico está en el fondo de la Declaración Universal de 1948, aunque los positivismos jurídicos posteriores hayan intentado reescribirla. Y es el iusnaturalismo el único fundamento capaz de resistir la deriva que hemos descrito.
Volver al ser no es volver al pasado. Es volver a lo que permanece, y sobre lo que se puede construir de nuevo.
Lo que esto exige del médico
El médico ha sido, durante veinticinco siglos, el profesional al que la sociedad ha confiado la persona en sus momentos de mayor vulnerabilidad. El Juramento Hipocrático, en su forma original, prohibía explícitamente la administración de venenos letales y la práctica del aborto[3]. No era una moral de época: era la traducción práctica de la percepción que la medicina griega tenía del cuerpo humano como algo sagrado, y del médico como su servidor, no como su árbitro. Esa percepción fue asumida, profundizada y transmitida por la tradición cristiana, y sostenida durante más de dos milenios de práctica médica occidental.
Recuperar la persona en la práctica médica significa hoy, mínimamente, cuatro cosas. Primero, rechazar la reducción de la medicina a un servicio técnico de la autonomía del paciente. El médico no es un ejecutor de preferencias: es un servidor del bien de la persona, y hay bienes objetivos —la vida, la integridad, la salud— que no dependen del deseo actual del paciente para constituir su bien. Segundo, recuperar la centralidad del cuidado paliativo frente a la tentación eutanásica. Los grandes movimientos de medicina paliativa del siglo XX, desde el hospice de Cicely Saunders hasta las modernas unidades de cuidados paliativos, son la respuesta médica clásica al sufrimiento de fin de vida, y son incomparablemente más humanos que cualquier protocolo de eutanasia[4]. Tercero, defender la objeción de conciencia como pieza estructural del ejercicio profesional. La objeción de conciencia no es un privilegio confesional: es una conquista civilizatoria de origen cristiano que protege al médico de convertirse en ejecutor técnico del descarte. Cuarto, formar a la siguiente generación de médicos en una antropología completa, no solo en técnica biomédica. Un médico que no ha leído a Hipócrates, ni a Galeno, ni a Vives, ni a Laín Entralgo puede operar quirúrgicamente, pero no puede sanar a una persona, porque no sabe qué es una persona.
Lo que esto exige del jurista
El jurista ocupa una posición análoga. Es la profesión a la que la sociedad ha confiado la traducción institucional de la justicia, y por tanto la protección de la persona en el orden público. La tradición jurídica occidental —el ius commune, el derecho canónico, la Escuela de Salamanca, el iusnaturalismo clásico— sostuvo durante siglos que el legislador encuentra la persona, no la crea; y que su función es reconocer y proteger una dignidad anterior a todo decreto[5].
Recuperar la persona en el ejercicio jurídico exige recuperar esa tradición. Requiere distinguir con rigor entre la persona natural y la persona ficta, y proteger a la primera de la invasión conceptual y jurídica de la segunda. Exige la restauración constitucional de la protección de todo ser humano desde la concepción, no como concesión confesional, sino como aplicación coherente del principio universal de no discriminación. Requiere la formación de una generación de juristas capaces de dialogar técnicamente con Kelsen y con Hart sin ceder ante ellos, y capaces de recuperar en los tribunales el vocabulario del derecho natural sin infantilismo ni sentimentalismo. La obra de Finnis en Oxford ha demostrado que este diálogo es posible, y que el iusnaturalismo contemporáneo puede sostenerse en el debate analítico más exigente. Falta que esa obra se traduzca en formación universitaria, en jurisprudencia y en cultura profesional.
Lo que esto exige del educador y del laico
Fuera de las profesiones especializadas, el trabajo más importante corresponde al educador y al laico —al padre de familia, al maestro, al periodista, al político local, al empresario, al parroquiano. La recuperación de la persona empieza en la vida cotidiana antes de llegar a los estrados universitarios.
Cuatro tareas se destacan aquí. La primera es la defensa de la familia como estructura anterior al Estado, y no como una convención social entre otras. La familia formada por padre, madre e hijos según el orden natural del que ya hablamos en la cuarta entrega es la célula donde la persona aprende a existir como persona, y su desmantelamiento es la premisa antropológica del descarte contemporáneo. La segunda tarea es la educación en la tradición clásica: recuperar en las escuelas y en los hogares el conocimiento del léxico civilizatorio —persona, dignidad, virtud, bien común, ley natural, alma, verdad— sin el cual los conceptos técnicos de la modernidad son un idioma sin sustancia. La tercera es la resistencia al vocabulario del descarte. Cada vez que un ciudadano acepta expresiones como elección reproductiva, muerte digna, personalidad electrónica, material fetal, interrupción voluntaria del embarazo o descarte terapéutico como si fueran descripciones neutras de la realidad, ratifica la operación semántica que hemos venido rastreando. La palabra recta es una obligación cívica. La cuarta es la presencia visible del laicado cristiano en el espacio público —no como grupo de presión confesional, sino como voz de la razón natural que Occidente ha custodiado durante dos milenios y que hoy amenaza con olvidar.
Escatología: el fundamento último
Hay que decir, por último, lo que ninguna entrega anterior ha dicho todavía con toda claridad. La dignidad de la persona es infinita porque el ser humano está ordenado a un fin infinito. Este es el anclaje escatológico del que, sin darse cuenta, depende toda afirmación robusta de derechos humanos, incluso la que se pretende laica y secular[6]. Si el ser humano es un accidente cósmico destinado al polvo, no hay razón última para tratarlo como si valiese infinitamente. Si el ser humano es imagen de Dios ordenado a la visión beatífica, no hay razón lícita para tratarlo como si valiese algo menos.
Esto no es un apéndice piadoso al argumento filosófico. Es su condición de posibilidad. La modernidad tardía puede sostener retóricamente los derechos humanos precisamente porque hereda —aunque lo niegue— el capital metafísico de una civilización que creía en un Dios encarnado. Jürgen Habermas, filósofo alemán que no es confesionalmente creyente, lo ha reconocido con notable claridad en sus escritos recientes: los derechos humanos y la dignidad de la persona son un legado del cristianismo, y todo intento de fundarlos sobre bases exclusivamente seculares —sea el kantismo, el utilitarismo o el contractualismo rawlsiano— ha resultado insuficiente[7]. Cuando ese capital metafísico se agota, los derechos se convierten en concesiones revocables. Es lo que hemos visto en las diez entregas anteriores.
Por eso la recuperación de la persona es inseparable de la recuperación de su horizonte último. San Pablo, los Padres de la Iglesia, la gran tradición monástica y contemplativa, la teología escolástica, la mística carmelitana, la reflexión magisterial contemporánea desde León XIII hasta nuestros días: todo este cuerpo doctrinal tiene una tesis única, y sobre ella se sostiene todo lo demás. El ser humano vale infinitamente porque su destino es infinito. Ninguna otra cosmovisión puede sostener eso. Ninguna otra cosmovisión ha necesitado sostenerlo.
Cierre de la serie
Estas once entregas no pretenden ser un tratado. Son un intento de nombrar con precisión un problema que atraviesa a Occidente y de indicar el camino de su reparación. El diagnóstico es duro, pero no desesperado. La civilización que produjo la definición boeciana, la síntesis tomista, el derecho natural clásico, la medicina hipocrática cristianizada, los cuidados paliativos modernos, la crítica filosófica al utilitarismo y la resistencia magisterial a la eugenesia y a la bioética del descarte, no está muerta. Está anestesiada. Y despertarla es tarea de cada médico, cada jurista, cada padre, cada maestro, cada parroquiano que se niegue a aceptar el vocabulario que la modernidad tardía ha querido imponerle como si fuera irreversible.
No lo es. Nada de esto es irreversible. La persona sigue siendo lo que siempre fue: un ser subsistente en naturaleza racional, imagen de Dios, ordenado a un fin infinito. Occidente lo supo durante trece siglos, y basta con que lo vuelva a decir. La palabra está intacta. Espera que alguien la recoja.
Recuperar la persona es recuperar la palabra que la nombra. Y esa palabra la tiene Occidente, aunque haya dejado de decirla. Todavía hay tiempo.
San Salvador, 10 de agosto de 2026
Mario Oliva Mancía
Notas
[1] Boecio, Contra Eutychen et Nestorium, cap. III (PL 64, 1343); Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I, q.29, aa.1-3. Para su fundamento técnico contemporáneo, Robert Spaemann, Personen. Versuche über den Unterschied zwischen «etwas» und «jemand», Stuttgart, Klett-Cotta, 1996 (trad. esp. Personas. Acerca de la distinción entre «algo» y «alguien», Pamplona, EUNSA, 2000).
[2] Alasdair MacIntyre, Dependent Rational Animals: Why Human Beings Need the Virtues, Chicago, Open Court, 1999; John Finnis, Natural Law and Natural Rights, Oxford, Clarendon Press, 1980 (2ª ed. 2011); Robert P. George y Christopher Tollefsen, Embryo: A Defense of Human Life, Nueva York, Doubleday, 2008.
[3] El texto original y completo del Juramento Hipocrático, sin las mutilaciones modernas, puede consultarse en Ludwig Edelstein, The Hippocratic Oath: Text, Translation and Interpretation, Baltimore, Johns Hopkins Press, 1943. Sobre la tradición médica clásica y cristiana en su continuidad, Pedro Laín Entralgo, La medicina hipocrática, Madrid, Revista de Occidente, 1970, y La relación médico-enfermo, Madrid, Alianza, 1983.
[4] Sobre la tradición de los cuidados paliativos como respuesta cristiana al sufrimiento de fin de vida, David Clark (ed.), Cicely Saunders — Founder of the Hospice Movement: Selected Letters 1959-1999, Oxford, Oxford University Press, 2002. Sobre la ética médica cristiana en el debate contemporáneo, Edmund D. Pellegrino y David C. Thomasma, The Virtues in Medical Practice, Nueva York, Oxford University Press, 1993.
[5] Sobre la Escuela de Salamanca y su antropología jurídica, Juan Belda Plans, La Escuela de Salamanca y la renovación de la teología en el siglo XVI, Madrid, BAC, 2000; sobre la continuidad del iusnaturalismo, John Finnis, Aquinas: Moral, Political, and Legal Theory, Oxford, Oxford University Press, 1998.
[6] Para el anclaje escatológico de la dignidad humana, Joseph Ratzinger, Escatología. La muerte y la vida eterna, Barcelona, Herder, 1980 (original alemán, Eschatologie: Tod und ewiges Leben, Regensburg, 1977); Hans Urs von Balthasar, ¿Se puede esperar la salvación para todos?, Madrid, Encuentro, 1985.
[7] Jürgen Habermas, El futuro de la naturaleza humana, Barcelona, Paidós, 2002; Entre naturalismo y religión, Barcelona, Paidós, 2006. Sobre la relación general entre secularización y capital metafísico judeocristiano, Charles Taylor, A Secular Age, Cambridge (MA), Belknap Press of Harvard University Press, 2007.
