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Del ser a la función · Entrada 6 de 11 · Mario Oliva Mancía

No basta con vaciar la naturaleza. Una vez cortada la raíz común, hay que decidir sobre qué se apoya lo que queda del hombre. En 1694, con la segunda edición del Essay Concerning Human Understanding, un médico inglés llamado John Locke tomó esa decisión por Occidente: la persona ya no sería una sustancia individual de naturaleza racional. Sería un flujo de conciencia con memoria, un centro forense capaz de rendir cuentas ante la ley. La operación era brillante. Fue también una catástrofe.

Un médico whig y una intuición desastrosa

Locke (1632-1704) fue médico personal del conde de Shaftesbury, pensador político de peso decisivo en la formación del constitucionalismo inglés y uno de los arquitectos intelectuales del liberalismo moderno. Su obra epistemológica mayor, el Essay Concerning Human Understanding, publicado en 1689 y ampliado en 1694, buscaba fundar un empirismo sistemático que le permitiera despejar la vida civil de los combates confesionales del siglo anterior. En el capítulo 27 del libro II, añadido en la segunda edición, se preguntó por la identidad personal: ¿qué hace que este hombre siga siendo la misma persona a lo largo del tiempo? La respuesta parecía anodina: no la sustancia —ni el alma ni el cuerpo, que Locke consideraba inaccesibles al conocimiento cierto—, sino la conciencia. Somos las mismas personas en tanto podemos reconocernos como los mismos, en tanto la memoria enlaza nuestros actos pasados con nuestro presente.

Formulada así, la definición parecía razonable. En un mundo posterior a Ockham donde las naturalezas comunes habían perdido su carta de crédito, apoyar la identidad personal en la experiencia interna era casi obligado. Pero Locke fue mucho más lejos que una respuesta epistemológica. Introdujo una distinción que ha resultado ser el corte metafísico más grave del pensamiento moderno: separó al hombre —el ser humano biológico, el organismo racional— de la persona, el sujeto de imputación jurídica y moral.

La persona como término forense

Locke lo dice con claridad quirúrgica: la persona es un término forense[1]. Es decir, un concepto tomado del foro, del ámbito jurídico, apto para atribuir actos y responsabilidades. Persona es el nombre del sujeto de imputación: aquel que puede ser sometido a ley, premiado, castigado, hecho responsable. Y para ser sujeto de imputación se requiere conciencia de sí a lo largo del tiempo. Sin esa continuidad consciente, no hay a quién imputar nada.

Esta operación tiene una consecuencia inmediata que Locke no oculta y que sus herederos no dejarían de explotar: no todo hombre es una persona, y no toda persona necesita ser un hombre. Un ser humano privado de conciencia continuada puede ser vivamente un hombre —un organismo de la especie Homo sapiens— sin ser plenamente una persona. Y a la inversa, cualquier entidad hipotética capaz de conciencia y memoria sería persona aunque no fuera humana. La persona ha sido reducida a una función psicológica y desplazada a un plano distinto del organismo biológico que la porta.

Aquí conviene detenerse. La tradición boeciano-tomista había definido a la persona como rationalis naturae individua substantia[2]: la sustancia individual dotada de naturaleza racional. La persona es un ser, no un ejercicio. Es el ente subsistente en cuya naturaleza está la racionalidad, incluso cuando esa racionalidad no se ejerce actualmente. El niño que aún no habla, el paciente en coma reversible, el demente severo son personas plenas porque su ser es de tal índole que exige racionalidad, aunque las circunstancias impidan su despliegue. En Locke esta arquitectura se derrumba: sin ejercicio actual —o al menos actualizable por memoria— no hay persona en sentido propio.

Lo que la definición hace visible, y lo que hace invisible

La definición de Locke tiene la fuerza y el defecto de todo empirismo: capta lo que se muestra, oculta lo que no se muestra. Lo que se muestra es el adulto racional en pleno ejercicio de sus facultades, discutiendo un contrato, prometiendo, arrepintiéndose, planificando. En eso Locke es preciso: la conciencia de sí, la memoria, la anticipación son en efecto rasgos característicos de la vida personal desplegada. Nadie lo discute.

Lo que la definición hace invisible es todo lo que precede, sostiene y sobrevive a ese despliegue. El embrión no recuerda. El neonato no anticipa. El anciano con demencia avanzada no reconoce ya sus propios actos pasados. El paciente inconsciente no ejerce en absoluto la operación mental que Locke exige. Si aplicamos con rigor su criterio —y algunos lo aplicaron con implacable rigor—, ninguno de ellos es persona en sentido pleno. Pueden ser tratados como personas por convención social o por sentimentalismo, pero conceptualmente están fuera del círculo.

Nótese la asimetría. La tradición clásica podía afirmar la personalidad del embrión, del demente y del moribundo con la misma seguridad con que afirmaba la del filósofo: porque en todos ellos hay la misma naturaleza subsistente, ejercida o no. La definición lockeana no puede sostener esa igualdad. Como mucho puede reintroducirla por vía de una convención jurídica —«trataremos como personas también a los que técnicamente no lo son»—, pero esa convención es revocable, y de hecho ha sido revocada.

El nervio contemporáneo: cuando Locke vuelve como bisturí

Aquí está la razón por la que Locke sigue siendo una carga bioética y no una simple nota de historia de la filosofía. Peter Singer, filósofo utilitarista australiano y uno de los pensadores éticos más influyentes de las últimas décadas, ha construido su justificación del infanticidio y de la eutanasia no voluntaria sobre premisas explícitamente lockeanas[3]. Michael Tooley elabora la misma línea con mayor detalle técnico en Abortion and Infanticide: para ser persona en el sentido moralmente relevante se requiere autoconciencia y deseos hacia el propio futuro, y en su ausencia no hay violación de derechos porque no hay titular al que violárselos[4]. Es Locke sin filtros: si la persona es un centro forense de conciencia y memoria, entonces donde no hay ese centro tampoco hay derechos que respetar. El recién nacido, el gran demente, el discapacitado cognitivo profundo pueden ser retirados de la comunidad moral sin injusticia formal.

Cuando la ley belga u holandesa extiende la eutanasia a pacientes con demencia avanzada sobre la base de directivas anticipadas, ejecuta a Locke. Cuando un tribunal discute si un neonato anencefálico es «persona» para efectos legales, ejecuta a Locke. Cuando un manual de bioética define la muerte cerebral como cese de la persona antes del cese del organismo, ejecuta a Locke. Nada de esto era necesariamente lo que Locke quería. Pero la máquina definicional está construida, funciona sola, y sus operadores contemporáneos son mucho menos escrupulosos que él.

La sanación tomista, una vez más

Robert Spaemann, en su obra tardía Personen, ha ofrecido probablemente la respuesta filosófica más rigurosa a Locke desde el siglo XX[5]. Su tesis es sobria y demoledora: la persona no es un haz de estados psicológicos, sino aquel al que se le habla como a alguien y no como a algo. Es un centro de referencia insustituible, portador de dignidad no porque ejerza funciones sino porque su naturaleza es de tal índole que exige ser reconocido como sujeto. El embrión, el demente, el neonato no son personas en potencia, como si les faltara algo por adquirir; son personas cuya naturaleza personal se ejerce limitadamente o de manera interrumpida —exactamente como todo hombre despierto se relaciona con el mismo hombre dormido: no con dos entidades sucesivas, sino con la misma.

Esto es más que un juego escolástico. Es la única manera de sostener la afirmación —que Locke y sus herederos no pueden ya sostener— de que todos los seres humanos son personas por igual, sin gradaciones y sin excepciones administrativas. Cualquier fundamento que no sea el ser común, y que se ancle en un ejercicio actual de la conciencia, produce inevitablemente umbrales; y donde hay umbrales hay quienes quedan del otro lado.

Locke inauguró la persona por función. Y toda función, tarde o temprano, se somete a auditoría.

San Salvador, 9 de agosto de 2026
Mario Oliva Mancía


Notas

[1] John Locke, An Essay Concerning Human Understanding, libro II, cap. 27, § 26. La expresión inglesa es «a forensic term», situada en el corazón del argumento sobre la identidad personal. Véanse también los §§ 9, 11, 15 y 20 del mismo capítulo para la construcción de la conciencia como criterio de identidad.

[2] Boecio, Contra Eutychen et Nestorium, cap. III (PL 64, 1343); Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I, q.29, aa.1-3, donde la definición boeciana es refinada y elevada.

[3] Peter Singer, Practical Ethics, 3ª ed., Cambridge, Cambridge University Press, 2011, especialmente cc. 4-6. Véase también su Rethinking Life and Death, Nueva York, St. Martin’s Press, 1994, donde el vínculo con Locke se hace explícito.

[4] Michael Tooley, Abortion and Infanticide, Oxford, Oxford University Press, 1983. La tesis central del libro es una aplicación depurada del criterio lockeano al inicio de la vida humana.

[5] Robert Spaemann, Personen. Versuche über den Unterschied zwischen «etwas» und «jemand», Stuttgart, Klett-Cotta, 1996. Traducción española: Personas. Acerca de la distinción entre «algo» y «alguien», Pamplona, EUNSA, 2000.

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