Del ser a la función · Entrada 10 de 11 · Mario Oliva Mancía
El descarte contemporáneo no se defiende ya con leyes eugenésicas ni con estadísticas raciales. Se defiende con artículos arbitrados en las mejores revistas académicas, escritos por catedráticos de Oxford, Princeton, Manchester y Melbourne, aplicados en clínicas de Groninga, Bruselas, Toronto y Zúrich. La operación es la misma que la del laboratorio eugenésico del siglo XX. Los uniformes son otros.
Bentham, Mill y el bien común convertido en aritmética
Toda máquina ética utilitarista se apoya sobre una operación conceptual que Jeremy Bentham formuló con desarmante claridad en 1789: la comunidad es un cuerpo ficticio compuesto de los individuos que se consideran sus miembros, y su interés es la suma de los intereses de esos miembros[1]. El bien común, por tanto, no es un bien propio de la comunidad como totalidad ordenada, sino la suma algebraica de las utilidades individuales. Y el criterio moral fundamental —el mayor bien para el mayor número— se resuelve en una operación aritmética: se calcula lo que cada acción produce en términos de placer o dolor, preferencia satisfecha o frustrada, y se elige aquella cuya suma neta sea mayor.
John Stuart Mill refinó la fórmula distinguiendo placeres cualitativamente superiores e inferiores, e introduciendo el principio del daño (harm principle) como criterio para intervenir en la libertad individual. Pero el marco básico permaneció intacto: el individuo no vale por sí mismo, sino por su contribución al cálculo agregado. La consecuencia lógica —que Bentham nunca oculta y Mill matiza pero no elimina— es que si el sacrificio de un individuo produce mayor bienestar neto que su preservación, el sacrificio es no solo permitido, sino obligatorio. En el utilitarismo puro, ningún individuo es absolutamente inviolable.
Durante casi dos siglos, esta filosofía se mantuvo confinada al debate académico y a ciertas aplicaciones limitadas de política pública. En la segunda mitad del siglo XX, cuando toda la maquinaria teórica de la modernidad —nominalismo, persona lockeana, positivismo jurídico, mentalidad eugenésica— convergió en la naciente disciplina de la bioética, el utilitarismo encontró finalmente su terreno de aplicación clínica. Los resultados están sobre la mesa.
Singer y la escuela de Princeton: el aula donde se enseña el descarte
Peter Singer, filósofo australiano formado en Oxford y titular de la cátedra Ira W. DeCamp de Bioética en la Universidad de Princeton desde 1999, es probablemente el filósofo moral vivo más influyente del mundo anglosajón. Su libro Practical Ethics, publicado por primera vez en 1979 y reeditado múltiples veces, es lectura obligatoria en los principales programas de filosofía y de bioética del planeta[2]. Su tesis, expuesta con lucidez ejemplar y con rigor argumental sin concesiones, es la aplicación quirúrgica de la definición lockeana de la persona: ser persona es tener autoconciencia, racionalidad y deseos hacia el propio futuro. Todo el que carezca de esos rasgos —el embrión, el recién nacido durante sus primeras semanas, el paciente con demencia avanzada, el enfermo en estado vegetativo persistente— no es persona en el sentido moralmente relevante, y no goza por tanto de la protección absoluta que se debe a las personas.
De ahí Singer extrae, con la implacabilidad honesta que lo caracteriza, consecuencias que hicieron temblar los cimientos de la ética médica occidental: el infanticidio de recién nacidos con discapacidades graves es moralmente permisible bajo ciertas condiciones; la eutanasia no voluntaria de pacientes profundamente dementes no viola derechos porque no hay ya un titular a quien violárselos; el estatuto moral de ciertos animales no humanos superiores es superior al de ciertos seres humanos privados de conciencia. En 1985, con Helga Kuhse, publicó Should the Baby Live? The Problem of Handicapped Infants, donde estas tesis se aplicaron sin ambigüedad al terreno neonatal.
Cuando la Universidad de Princeton lo nombró titular en 1999, hubo protestas —padres de niños con discapacidades acamparon frente al Nassau Hall y varios donantes retiraron sus contribuciones—, pero el nombramiento se mantuvo. Y hay que insistir en un punto: Singer no es una figura marginal ni un excéntrico académico. Está en el centro exacto de la respetabilidad universitaria. Sus argumentos son escrupulosos, rigurosos y coherentes. El problema no es la calidad técnica de sus argumentos. El problema son las premisas de las que parten. Y las premisas son las de la definición funcional de la persona: reducida a función psicológica.
Oxford y Manchester: el aparato británico
Junto a Princeton, la producción teórica más influyente del utilitarismo bioético contemporáneo procede de dos plazas británicas. En Manchester, John Harris publicó en 1985 The Value of Life, y en 2007 Enhancing Evolution: The Ethical Case for Making Better People, donde defiende la selección genética y el mejoramiento humano como imperativos morales[3]. En Oxford, Julian Savulescu ocupa desde 2002 la cátedra Uehiro de Ética Práctica y dirigió durante años el Journal of Medical Ethics. Su artículo de 2001 sobre «beneficencia procreativa» sostiene que los padres tienen el deber moral de seleccionar, entre los hijos posibles, aquel que se espera tenga la mejor calidad de vida. Con Ingmar Persson publicó en 2012 Unfit for the Future, un libro que argumenta que la humanidad necesita un «mejoramiento moral» mediante intervención biotecnológica para sobrevivir a los desafíos del siglo XXI[4].
El episodio que resume mejor el estado actual de este aparato ocurrió en 2013. En el Journal of Medical Ethics, dirigido entonces por Savulescu, dos jóvenes filósofos italianos —Alberto Giubilini y Francesca Minerva— publicaron un artículo arbitrado y firmado con el título After-birth abortion: why should the baby live? La tesis, expuesta sin metáforas, era simple: si el aborto es moralmente permisible en las últimas etapas del embarazo por razones de discapacidad fetal o de conveniencia parental, el mismo argumento justifica lo que los autores llamaron aborto postnatal, es decir, la eliminación del recién nacido[5]. El escándalo internacional que siguió fue considerable, pero lo verdaderamente escandaloso no era el artículo. Era que alguien pudiera sorprenderse. Singer llevaba treinta años defendiendo exactamente esa tesis desde Princeton. Los editores del Journal respondieron al escándalo con una defensa vigorosa del artículo. Habían publicado precisamente lo que su tradición filosófica sostenía sin oposición. El problema era que ahora se había hecho visible al gran público.
Beauchamp y Childress: los cuatro principios y la primacía silenciosa de uno solo
El texto que gobierna hoy la formación bioética en las facultades de medicina del mundo occidental no es de Singer ni de Savulescu. Es Principles of Biomedical Ethics, publicado en 1979 por Tom L. Beauchamp y James F. Childress, dos profesores del Kennedy Institute of Ethics de Georgetown[6]. El libro, sucesivamente reeditado durante más de cuatro décadas, ha vendido millones de ejemplares y estructura los currículos de bioética prácticamente en todas partes. Su propuesta —el llamado principialismo— parece un modelo equilibrado y neutral: cuatro principios fundamentales, la autonomía del paciente, la beneficencia, la no maleficencia y la justicia, se aplican y se ponderan en cada caso concreto según las circunstancias.
En la práctica de las últimas cuatro décadas, uno de esos cuatro principios ha devorado a los otros tres. La autonomía se ha convertido en el criterio dominante, y en las decisiones críticas —de fin de vida, de aborto, de reproducción asistida, de eutanasia— tiende a triunfar contra las consideraciones de beneficencia, de no maleficencia y de justicia. El principialismo, que se presentaba como una alternativa pluralista al utilitarismo puro, funciona en la práctica como un utilitarismo de las preferencias vestido con lenguaje neutral: lo que el paciente autónomo desea es prácticamente inobjetable, y el médico se convierte en operador técnico de esa autonomía. Es un utilitarismo con presentación editorial.
Del aula a la clínica: Groninga, MAID, la pandemia
Este es el punto donde el diagnóstico deja de ser filosófico y se vuelve inmediato. En 2004, los pediatras Eduard Verhagen y Pieter Sauer, del centro médico universitario de Groninga, publicaron un protocolo institucional para la eutanasia de recién nacidos con condiciones consideradas incompatibles con una vida de calidad aceptable[7]. El Protocolo de Groninga, adoptado como estándar clínico en los Países Bajos, es la traducción directa —desde los años ochenta— de las tesis de Kuhse y Singer sobre los handicapped infants. En 2014, Bélgica extendió su ley de eutanasia a menores de cualquier edad sin límite mínimo. Canadá, con su régimen de Medical Assistance in Dying implantado en 2016 y ampliado en 2021, ha extendido la asistencia médica al suicidio a pacientes no terminales, incluidos aquellos con condiciones psiquiátricas prolongadas, y contempla en el calendario legislativo actual la extensión a personas cuyo único padecimiento sea una enfermedad mental. En marzo de 2020, cuando la primera oleada de la pandemia de COVID-19 colapsó los servicios sanitarios del norte de Italia, la Sociedad Italiana de Anestesia, Analgesia y Reanimación publicó un protocolo de triaje que recomendaba explícitamente considerar la edad como criterio para la asignación de camas de cuidados intensivos —una decisión perfectamente coherente con los cálculos utilitaristas sobre años de vida ajustados por calidad (QALY) que dominan la literatura anglosajona desde los años ochenta.
Lo que Singer, Harris y Savulescu enseñaron durante cuarenta años en Princeton, Manchester y Oxford es hoy protocolo clínico en Groninga, Bruselas, Ottawa y Milán. No hubo ninguna sorpresa. Hubo una aplicación disciplinada.
Evangelium Vitae y la contra-tradición: el pensamiento que resiste
Frente a este aparato, ha existido siempre una contra-tradición. En 1995, Juan Pablo II publicó Evangelium Vitae, probablemente la respuesta magisterial más completa al utilitarismo bioético contemporáneo. La encíclica introduce el diagnóstico —hoy citado en todas las lenguas y en contextos muy diversos— de una emergente cultura de la muerte, sostenida por una alianza entre el relativismo moral, el positivismo jurídico y la ideología de la eficiencia[8]. Los párrafos sobre eutanasia, aborto y experimentación embrionaria son técnicamente rigurosos y filosóficamente sólidos, no meras exhortaciones piadosas. Constituyen el correlato natural de Casti Connubii frente a la eugenesia clásica: ambos documentos vieron con claridad lo que las academias del momento no querían ver.
En el terreno filosófico secular, la contra-tradición ha sido igualmente vigorosa. Alasdair MacIntyre publicó en 1999 Dependent Rational Animals, donde recuperó la tradición aristotélico-tomista para mostrar que la vulnerabilidad y la dependencia no son estados marginales de la vida humana, sino su condición central: todo ser humano es, en algún momento de su vida, dependiente radicalmente de otros, y una ética que no reconozca este hecho traiciona la naturaleza misma de la especie[9]. Elizabeth Anscombe había formulado ya en 1958, en su artículo Modern Moral Philosophy, la crítica fundacional del consecuencialismo utilitarista, mostrando que sin una ética de las virtudes y de la ley natural es imposible sostener límites absolutos a la acción. Robert P. George y Christopher Tollefsen han ofrecido, en Embryo (2008), la mejor defensa filosófica contemporánea del estatuto ontológico del embrión humano. Y las obras de Robert Spaemann han sostenido con particular fuerza la filosofía continental correspondiente.
Estas voces no son marginales. Son la tradición que ha resistido, en todos los frentes académicos, la deriva utilitarista. Que la bioética mainstream las trate como curiosidades históricas dice mucho de la bioética mainstream y muy poco de estas voces.
Cuando la persona se calcula, la persona se pierde. Y una vez perdida, ningún cálculo la vuelve a producir.
San Salvador, 10 de agosto de 2026
Mario Oliva Mancía
Notas
[1] Jeremy Bentham, An Introduction to the Principles of Morals and Legislation, Londres, T. Payne, 1789, cap. I, § IV. Sobre las tensiones internas del utilitarismo clásico véase Bernard Williams, «A Critique of Utilitarianism», en Utilitarianism: For and Against (con J. J. C. Smart), Cambridge, Cambridge University Press, 1973.
[2] Peter Singer, Practical Ethics, 3ª ed., Cambridge, Cambridge University Press, 2011, cc. 4-7; Helga Kuhse y Peter Singer, Should the Baby Live? The Problem of Handicapped Infants, Oxford, Oxford University Press, 1985; Peter Singer, Rethinking Life and Death: The Collapse of our Traditional Ethics, Nueva York, St. Martin’s Press, 1994.
[3] John Harris, The Value of Life: An Introduction to Medical Ethics, Londres, Routledge, 1985; Enhancing Evolution: The Ethical Case for Making Better People, Princeton, Princeton University Press, 2007.
[4] Julian Savulescu, «Procreative Beneficence: Why We Should Select the Best Children», Bioethics, 15/5-6 (2001), pp. 413-426; Ingmar Persson y Julian Savulescu, Unfit for the Future: The Need for Moral Enhancement, Oxford, Oxford University Press, 2012.
[5] Alberto Giubilini y Francesca Minerva, «After-birth abortion: why should the baby live?», Journal of Medical Ethics, 39/5 (2013), pp. 261-263.
[6] Tom L. Beauchamp y James F. Childress, Principles of Biomedical Ethics, Nueva York, Oxford University Press, primera edición 1979 y sucesivas reediciones. Para una crítica sistemática al principialismo desde una perspectiva iusnaturalista, véase Edmund D. Pellegrino y David C. Thomasma, The Virtues in Medical Practice, Nueva York, Oxford University Press, 1993.
[7] Eduard Verhagen y Pieter J. J. Sauer, «The Groningen Protocol: Euthanasia in Severely Ill Newborns», New England Journal of Medicine, 352 (2005), pp. 959-962. Sobre los protocolos italianos de triaje en la primera oleada del COVID-19, SIAARTI, Raccomandazioni di etica clinica per l’ammissione a trattamenti intensivi e per la loro sospensione, 6 de marzo de 2020.
[8] Juan Pablo II, encíclica Evangelium Vitae, 25 de marzo de 1995 (AAS 87, 1995, pp. 401-522), especialmente §§ 12, 19-22, 57-58, 62-63. La expresión cultura della morte aparece por primera vez en el § 12 del texto original italiano.
[9] Alasdair MacIntyre, Dependent Rational Animals: Why Human Beings Need the Virtues, Chicago, Open Court, 1999; G. E. M. Anscombe, «Modern Moral Philosophy», Philosophy, 33/124 (1958), pp. 1-19; Robert P. George y Christopher Tollefsen, Embryo: A Defense of Human Life, Nueva York, Doubleday, 2008.
