«Dogma igitur, ecclesia, sacrorum cultus, libri, quos ut sanctos veremur, quin etiam fides ipsa, nisi inter mortua haec omnia velimus, evolutionis teneri legibus debent.»
«El dogma, la Iglesia, el culto sagrado, los libros que veneramos como santos, y aun la fe misma, si no queremos que todo ello quede entre las cosas muertas, deben someterse a las leyes de la evolución.»
— Pío X, Pascendi Dominici Gregis, 8 de septiembre de 1907, n. 26.
En la segunda entrega de esta serie analicé el pensamiento del propio Grande Maestre del Grande Oriente Español, Dr. Miguel Morayta, tal como se documenta en el trienio 1908–1910. La presente entrega ofrece el contrapunto europeo continental de ese ideario, a través de un texto que el propio Boletín Oficial estimó digno de reproducir por entregas en tres números consecutivos: el ensayo La Francmasonería y la moral social del h∴ J. M. Lahy, publicado originalmente como discurso de clausura de la Asamblea del Grande Oriente de Francia de 1909 y reproducido en el BOGOE durante 19101.
La selección misma es reveladora: el Boletín español del año 1910 dedica un espacio considerable a difundir una pieza doctrinal francesa. Esto documenta, en sí mismo, la orientación intelectual del GOE tardío: su vocación era continental europea antes que hispanoatlántica, y las categorías morales con las que operaba se importaban directamente del Grand Orient de France, entonces en el vértice de su influencia laicista tras la ley de separación de 1905.
La arquitectura conceptual de la pieza
El ensayo de Lahy propone una arquitectura conceptual que puede sintetizarse en tres tesis nucleares.
Primera tesis: la moral es un fenómeno social y evolutivo. Como todo hecho social, sus normas cambian con el tiempo, se adaptan al medio y responden a las necesidades históricas del grupo. No hay, por tanto, una moral eterna ni universal en sentido metafísico. Hay morales sucesivas que representan grados diversos del desarrollo humano.
Segunda tesis: las religiones positivas —y singularmente el catolicismo— han pretendido fijar la moral en un cuerpo dogmático inmutable. Esta pretensión de «moral fija» es, para Lahy, un obstáculo al progreso, porque impide la adaptación de las normas a las condiciones cambiantes de la vida social. La religión aparece así, en su función moral, como un dispositivo conservador que retiene al hombre en fases superadas de la evolución.
Tercera tesis: la masonería, por su carácter laico, universal y racional, es la institución mejor capacitada para formular una moral acorde con el estadio contemporáneo de la humanidad. Su moral evolutiva es, en la lectura lahyana, la moral del futuro: fundada en la ciencia, ajena al dogma, orientada al bienestar social.
Este esquema no es original de Lahy. Es la matriz conceptual del positivismo francés desde Comte, elaborada sociológicamente por la escuela durkheimiana —cuyas Reglas del método sociológico eran ya obra clásica en 1910— y transferida al programa masónico como su fundamento filosófico natural. Lahy actúa, en su discurso, como voz autorizada de un consenso intelectual que se había construido durante las cuatro décadas precedentes en el ámbito republicano francés.
La réplica desde la teología moral escolástica
La lectura crítica desde la tradición escolástica no puede limitarse a la negación externa de las tesis lahyanas, ni al recurso apologético de la autoridad magisterial. Debe demostrar, con instrumentos filosóficos propios, dónde se rompen las premisas del argumento. Ofrezco a continuación cuatro puntos de tensión conceptual.
Primero: la falsa disyuntiva entre «moral fija» y «moral evolutiva». Lahy presenta como alternativas exclusivas dos posiciones que la tradición escolástica no reconoce como tales. Santo Tomás sostiene, en un texto ampliamente conocido pero pocas veces citado con precisión en este debate, que la ley natural admite mutación quantum ad aliqua secundaria, esto es, en sus determinaciones históricas concretas, pero permanece inmutable quantum ad prima principia2. La distinción entre principio universal y aplicación históricamente contingente permite reconocer, dentro del mismo cuerpo doctrinal, tanto la permanencia sustantiva de la norma moral como su elasticidad práctica. La falsa disyuntiva lahyana desconoce esta distinción y, con ella, dos milenios de reflexión moral clásica.
Segundo: la falacia genética. Del hecho —evidentemente verificable— de que las opiniones morales de la humanidad han cambiado a lo largo de la historia, Lahy infiere que las normas morales deben ser también evolutivas. Pero de la descripción sociológica de un fenómeno no se sigue lógicamente su validez normativa. Es el clásico paso indebido del ser al deber ser, denunciado por Hume dentro de la propia tradición empirista y reformulado por G. E. Moore3 —siete años antes del discurso de Lahy— como falacia naturalista. Que las morales cambien no demuestra que la moral deba cambiar; podría demostrar, con igual solidez lógica, que la humanidad ha errado sucesivamente en su comprensión de una norma que permanece.
Tercero: la autocontradicción performativa. Si toda moral es históricamente relativa, también lo es la moral evolucionista que Lahy propone. Su enunciado no puede sustraerse a la condición que él mismo atribuye a todo enunciado moral. Ahora bien, la fuerza retórica de su discurso descansa precisamente en la pretensión de decir algo verdadero, no meramente contingente. Si Lahy no cree en la validez universal de su propia tesis, no hay razón para atenderla; si cree en ella, ha excepcionado su propio postulado. Es el problema clásico del relativismo, formulado por Aristóteles frente a los sofistas4.
Cuarto: la deserción del fundamento metafísico. Lahy —siguiendo aquí a Comte y a la epistemología positivista— clausura la posibilidad de una fundamentación metafísica de la moral, remitiéndola íntegramente al plano sociológico. Pero, como advertirá Juan Pablo II en Veritatis Splendor5 —texto tardío pero paradigmático—, la disolución del fundamento metafísico no libera a la moral: la subordina a los poderes históricos concretos que en cada momento definen el «bienestar social». Sin un fundamento trascendente, la moral se convierte en el reflejo de la voluntad dominante. La libertad moral que Lahy pretende defender queda, paradójicamente, entregada a las mismas fuerzas sociales de las que quería emancipar al individuo.
La disolución del fundamento metafísico no libera a la moral: la subordina a los poderes históricos concretos que en cada momento definen el «bienestar social».
Estos cuatro puntos no agotan la crítica, pero fijan sus vértices. Permiten leer el discurso de Lahy no como un adversario ideológico a refutar por acumulación de citas, sino como un texto históricamente situado que exhibe, con rigor y elegancia, las limitaciones internas de un proyecto intelectual concreto.
La resonancia centroamericana
Para la investigación centroamericana, el discurso de Lahy tiene un valor específico: sirve como espejo elevado del ideario que los liberal-masones salvadoreños habían defendido dos décadas antes en clave regional. La producción intelectual asociada a La Universidad6 comparte con el discurso de Lahy la misma matriz conceptual: la escuela laica como programa institucional, el positivismo como epistemología de referencia, la crítica de las religiones positivas como programa cultural, el universalismo abstracto como marco jurídico.
No hay, en el estado actual de la investigación, evidencia de una dependencia doctrinal directa: el discurso de Lahy es de 1909 y su publicación en el BOGOE de 1910, mientras que la producción salvadoreña data de 1888. Se trata, más bien, de una participación común en un mismo horizonte doctrinal internacional, con fuentes anteriores que se remontan al positivismo francés de la segunda mitad del siglo XIX y a la sociología naciente. Lahy sistematiza en 1909 lo que dos décadas antes ya circulaba, en forma menos sistemática, entre los redactores centroamericanos.
Esta constatación es historiográficamente productiva. Confirma que la militancia liberal-masónica centroamericana del último tercio del XIX no fue un fenómeno periférico ni derivativo, sino una elaboración local dentro de un ideario internacional, cuya arquitectura conceptual puede reconstruirse con precisión desde textos posteriores como el de Lahy, que la explicitan con mayor coherencia sistemática.
Balance
El discurso de Lahy documenta con precisión la arquitectura filosófica del liberalismo masónico continental europeo en 1909–1910: moral evolucionista fundada en el positivismo científico, crítica de las religiones positivas como obstáculo al progreso, propuesta de la masonería como institución legitimada para formular la moral del estadio contemporáneo. Su lectura desde la teología moral escolástica revela cuatro tensiones conceptuales que comprometen la solidez del argumento: la falsa disyuntiva, la falacia genética, la autocontradicción del relativismo y la deserción del fundamento metafísico.
Estos rasgos no restan valor documental al texto; al contrario, permiten leerlo con la precisión filosófica que su rigor merece, y aprovecharlo como espejo del ideario que la generación liberal centroamericana había asumido, dos décadas antes, en su propia clave regional.
Notas
[1] J. M. Lahy, La Francmasonería y la moral social, BOGOE, núms. 216, 217 y 218, 1910.
[2] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I-II, q. 94, a. 5, sobre la mutabilidad e inmutabilidad de la ley natural.
[3] George Edward Moore, Principia Ethica, Cambridge University Press, 1903, cap. I, sobre la falacia naturalista.
[4] Aristóteles, Metafísica, IV (Γ), 1005b–1012b, sobre el principio de no contradicción y la refutación del relativismo protagórico.
[5] Juan Pablo II, encíclica Veritatis Splendor, 6 de agosto de 1993, sobre las relaciones entre libertad, verdad y ley moral.
[6] La Universidad, San Salvador, 1888. Periódico dirigido por el Dr. Esteban Castro Gavidia, con presencia editorial de Francisco A. Gavidia.
Próxima entrega
La cuarta entrega de la serie abandonará provisionalmente el eje doctrinal y abordará el eje jurídico-institucional: reconstrucción del régimen jurídico interno del GOE tardío en 1908–1910 —Constitución vigente, procedimientos de admisión de logias, cámaras de justicia, disciplina interna—, como modelo tipo con el que contrastar la organización de las obediencias que operaron en El Salvador durante el liberalismo.
Mario Oliva Mancía
