Del ser a la función · Entrada 7 de 11 · Mario Oliva Mancía
Toda descristianización tiene fecha, autor y víctimas. Las tres cosas están registradas.
Entre 1750 y 1815, un proyecto que había nacido en salones parisinos pasó por sucesivas mutaciones —enciclopédica, filantrópica, jacobina, imperial— hasta convertirse en régimen, en ley y finalmente en artillería contra poblaciones enteras. En ese trayecto de sesenta y cinco años quedaron establecidos los procedimientos que la modernidad tardía sigue aplicando: nombrar como enemigo del progreso a lo que se opone al proyecto, sustituir el marco cristiano por un marco naturalista con calendario propio, y —cuando el argumento no basta— eliminar físicamente a quienes se resisten. La Revolución Francesa no fue un accidente ni una explosión espontánea de descontento popular. Fue el primer laboratorio histórico de descristianización militante. Sus responsables tienen nombres. Sus víctimas tienen tumbas.
El taller de las ideas
El proyecto no comenzó en 1789. Comenzó en los salones parisinos del siglo XVIII, en la correspondencia de una red de autores que operaban abiertamente y que se autodesignaron como «los ilustrados». Voltaire firmaba muchas de sus cartas con la abreviatura Écr. l’inf. —abreviatura de Écrasez l’infâme, «aplastad a la infame», siendo «la infame» la Iglesia católica.[1] No es una frase que se le atribuya por reconstrucción tardía: aparece literalmente en decenas de sus cartas a d’Alembert, a Damilaville, a Diderot, entre 1759 y 1768.
Denis Diderot y d’Alembert dirigieron la Encyclopédie (1751-1772) como empresa deliberada de sustitución del marco cristiano por un marco naturalista.[2] El barón d’Holbach en el Système de la nature (1770) formuló el ateísmo materialista más consecuente de su siglo.[3] La Mettrie en L’homme machine (1747) redujo la persona a mecanismo.[4] Rousseau en el Contrato social (libro IV, capítulo 8) diseñó una religión civil que exigía el destierro de todo cristiano que se negara a firmarla.[5] Estos hombres se conocían, se leían, se apoyaban, se coordinaban por correspondencia y por sociabilidad —no clandestinamente, sino a la luz del día en salones parisinos documentados hasta el detalle. Y esa razón afilaba el hacha que los decapitaría, aunque ninguno de ellos alcanzó a verlo.
Las sociétés de pensée: la red que preparó el terreno
Un historiador católico llamado Augustin Cochin, muerto en la primera guerra mundial a los cuarenta años, elaboró la explicación historiográficamente más rigurosa del vínculo entre estos autores y el estallido revolucionario. Su concepto es el de sociétés de pensée: clubes, academias, logias masónicas, círculos literarios que funcionaron como red coordinadora ideológica durante décadas antes de 1789, formando lo que él llamó una «pequeña ciudad» dentro de la ciudad real, con opiniones colectivas propias, sanciones internas y una capacidad creciente de imponer sus consensos al espacio público.[6] Cuando François Furet, historiador secular y anticomunista, reconoció en Penser la Révolution française (1978) el peso decisivo del análisis de Cochin, quedó cerrado el argumento: la genealogía de la Revolución no es narrativa católica reactiva; es historiografía admitida por autores de ambos lados.[7]
Desde el ámbito no confesional, Jonathan Israel documentó en Radical Enlightenment (2001) que una corriente radical de la Ilustración, con conciencia coordinada y proyecto explícito, se propuso derribar el orden cristiano europeo en su totalidad.[8] Autores católicos y autores seculares llegan por rutas independientes a la misma conclusión histórica: no fue azar. Y precisamente porque no fue secreto, sino público, es históricamente demostrable.
La lengua nueva del régimen
Cuando el proyecto pasó de las ideas al poder, sus procedimientos fueron inmediatos y sistemáticos.
La Constitución Civil del Clero (12 de julio de 1790) transformó a los sacerdotes en funcionarios elegidos por el electorado laico, rompiendo la comunión con Roma. El Juramento de fidelidad (27 de noviembre de 1790) dividió al clero francés entre juramentados y refractarios, y ambos grupos serían perseguidos por turnos según la deriva del régimen. Las Masacres de Septiembre de 1792, en cinco días de matanza urbana coordinada, asesinaron a más de doscientos sacerdotes solo en París. El Culto de la Razón, entronizado en Notre-Dame el 10 de noviembre de 1793 por iniciativa de Jacques Hébert, sustituyó la liturgia católica por una liturgia cívica con una actriz vestida de «Razón» en el altar mayor. El Culto del Ser Supremo, instaurado por Robespierre el 8 de junio de 1794, intentó ofrecer una religión deísta de recambio. El Calendario Republicano, diseñado por Fabre d’Églantine y Charles-Gilbert Romme, reemplazó los nombres cristianos del tiempo por décadas paganas y por meses fitomorfos —brumario, ventoso, floreal— para arrancar del vocabulario cotidiano toda memoria del año litúrgico.
Cada uno de estos actos aparece en los archivos con fecha, decreto y firma. No hay ningún misterio.
La Vendée: el primer descarte moderno
Y luego está la Vendée, donde la lógica del proyecto se hizo explícita.
Cuando entre 1793 y 1796 los campesinos católicos de la región occidental de Francia se sublevaron contra las levas forzosas y las persecuciones religiosas, la Convención decretó su exterminio. Las órdenes están escritas. Bertrand Barère, el 1 de agosto de 1793, expuso ante la Convención un plan de destrucción total de la región rebelde. El general Louis-Marie Turreau organizó a partir de enero de 1794 las célebres colonnes infernales —columnas infernales— con la misión explícita de arrasar la región casa por casa, cosecha por cosecha, aldea por aldea. Los métodos incluyeron ahogamientos masivos en el Loira —los tristemente famosos «matrimonios republicanos» de Jean-Baptiste Carrier en Nantes—, incineraciones colectivas, ejecuciones sumarias, destrucción sistemática de cosechas y ganado. Las estimaciones amplias, respaldadas por los trabajos de Reynald Secher, hablan de cerca de doscientos cincuenta mil víctimas en una población de unos ochocientos mil habitantes.[9]
El dato interno más devastador es que el propio Gracchus Babeuf —revolucionario extremo, no reaccionario— escribió durante los mismos acontecimientos, en su panfleto Du système de dépopulation (1795), acusando a la Convención de haber cometido un «populicidio».[10] Secher retomaría dos siglos después ese término y sostendría la aplicabilidad de la categoría de «genocidio» al conjunto del episodio. Su tesis, defendida en la Sorbona en 1985 con Pierre Chaunu presidiendo el tribunal, es hoy referencia académica ineludible aunque no siempre agradecida por la historiografía oficial.[11]
Aquí importa el detalle exacto: la Vendée es la primera vez en la historia moderna en que un Estado declara oficialmente prescindible a una población entera por razones ideológicas y organiza técnicamente su eliminación. En 1793 quedó establecido el procedimiento. El siglo XX no inventaría nada nuevo; solo lo aplicaría a escalas mayores.
El eco magisterial
La Iglesia no guardó silencio. Pío VI condenó la Constitución Civil del Clero en Quod aliquantum (10 de marzo de 1791) y con más severidad en Charitas (13 de abril de 1791).[12] Pero la respuesta magisterial no se limitó a los actos revolucionarios concretos; se extendió al proyecto filosófico que los sostenía. Desde Clemente XII en In Eminenti Apostolatus Specula (28 de abril de 1738) hasta León XIII en Humanum Genus (20 de abril de 1884) —pasando por Benedicto XIV, Pío VII, León XII, Pío VIII, Gregorio XVI y Pío IX— siete pontífices en poco más de siglo y medio documentaron doctrinalmente la incompatibilidad entre la fe católica y el naturalismo antropocéntrico profesado por las sociedades masónicas.[13]
La palabra clave aquí es profesado. León XIII no condena a la masonería por lo que supuestamente hace en secreto, sino por lo que ella misma publica en sus manuales y catecismos: un naturalismo militante que niega toda revelación sobrenatural y toda autoridad divina sobre el orden civil. La condena no depende de revelaciones ocultas ni de teorías conspirativas: depende de textos públicos, firmados y accesibles. Es magisterio pontificio con documentos verificables.
De París a San Salvador
El patrón francés se replicó, con adaptaciones locales, en una cadena continental y transatlántica. Benito Juárez en México promulgó las Leyes de Reforma en 1856-1859, con desamortización de bienes eclesiásticos y expulsión de órdenes religiosas. Bismarck en Alemania lanzó el Kulturkampf contra el catolicismo (1871-1878). Jules Ferry en Francia impuso la escuela laica obligatoria (1881-1882), y Émile Combes coronó el proceso con la ley de separación (1905). Afonso Costa en Portugal desató la persecución religiosa republicana (1910-1911). Plutarco Elías Calles en México desencadenó la Guerra Cristera (1926-1929).[14] La Segunda República española radicalizó el proyecto entre 1931 y 1936, con más de seis mil clérigos asesinados durante la Guerra Civil.[15]
El patrón llegó también a Centroamérica. Justo Rufino Barrios en Guatemala (1873-1885), francmasón declarado, ejecutó la primera descristianización sistemática del istmo: expulsión de los jesuitas, supresión de órdenes religiosas, secularización de la enseñanza, desamortización de bienes eclesiásticos, matrimonio civil obligatorio. En El Salvador, Rafael Zaldívar (1876-1885), aliado ideológico y personal de Barrios, replicó el modelo con firmas propias. Es historia salvadoreña que no está oculta: está en los archivos y en los decretos.
La conclusión del arco
De Voltaire a Barrios, de Diderot a Calles, de la Convención jacobina al aula universitaria contemporánea que enseña que la persona es una función neuronal, se extiende una sola tradición intelectual. Cambia de vestimenta, de vocabulario, de escala. No cambia de proyecto: sustituir el marco cristiano de la dignidad de la persona por un marco naturalista donde la dignidad se calcula y se retira según utilidad, autonomía o consenso.
Sus manifestaciones contemporáneas son inmediatas y visibles: aborto legalizado, eutanasia normalizada, disolución del matrimonio, ingeniería demográfica, educación desritualizada, sustitución del calendario cristiano, cancelación de la disidencia católica en la esfera pública. Cada uno de estos frentes es un descendiente directo de los procedimientos jacobinos de 1793, aplicado con métodos administrativos y no militares —con la eficacia añadida de que el enemigo suele ni siquiera reconocer que está siendo eliminado.
Los últimos fines —los éschata que estructuran toda la existencia humana desde su comienzo hasta su consumación— son el fundamento último de esa insustituibilidad. Un ser humano vale infinitamente porque está ordenado a un fin infinito. Ese es exactamente el anclaje que la modernidad quiere disolver, y por eso perder la escatología es perder la persona. La modernidad quiere una humanidad sin cielo —y por eso termina, coherentemente, produciendo una humanidad prescindible.
No fue azar. Nunca lo es. Y precisamente por eso puede ser combatido.
San Salvador, 9 de agosto de 2026
Mario Oliva Mancía
Notas
[1] Voltaire, correspondencia con Jean Le Rond d’Alembert, 1759-1768. La fórmula Écrasez l’infâme aparece de manera recurrente y llega a ser abreviada como firma («Écr. l’inf.»). Edición de referencia: Theodore Besterman (ed.), Correspondence and Related Documents, Institut Voltaire, 51 vols.
[2] Denis Diderot y Jean Le Rond d’Alembert (dirs.), Encyclopédie ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers, París, 1751-1772.
[3] Paul-Henri Thiry, barón d’Holbach, Système de la nature, publicado anónimamente en 1770 bajo el nombre falso de Jean-Baptiste de Mirabaud.
[4] Julien Offray de La Mettrie, L’homme machine, Leiden, 1747.
[5] Jean-Jacques Rousseau, Du contrat social, libro IV, cap. 8, «De la religion civile», 1762.
[6] Augustin Cochin, Les sociétés de pensée et la Révolution en Bretagne (1788-1789), obra póstuma en dos volúmenes, París, Champion, 1925.
[7] François Furet, Penser la Révolution française, París, Gallimard, 1978, especialmente el cap. 3 sobre Cochin.
[8] Jonathan I. Israel, Radical Enlightenment: Philosophy and the Making of Modernity, 1650-1750, Oxford University Press, 2001.
[9] Reynald Secher, Le génocide franco-français: la Vendée-Vengé, París, PUF, 1986 (tesis doctoral defendida en la Sorbona en 1985, presidida por Pierre Chaunu).
[10] Gracchus Babeuf, Du système de dépopulation, ou La vie et les crimes de Carrier, París, 1795.
[11] Reynald Secher, Vendée: du génocide au mémoricide, París, Cerf, 2011.
[12] Pío VI, Quod aliquantum (10 de marzo de 1791) y Charitas (13 de abril de 1791).
[13] Clemente XII, In Eminenti Apostolatus Specula (1738); Benedicto XIV, Providas Romanorum (1751); Pío VII, Ecclesiam a Jesu Christo (1821); León XII, Quo Graviora (1825); Pío VIII, Traditi Humilitati (1829); Gregorio XVI, Mirari Vos (1832); Pío IX, Qui Pluribus (1846) y Multiplices Inter (1865); León XIII, Humanum Genus (1884). Refrendo reciente en la Declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre las asociaciones masónicas, firmada por el cardenal Joseph Ratzinger el 26 de noviembre de 1983.
[14] Jean Meyer, La Cristiada, México, Siglo XXI, 3 vols., 1973-1974.
[15] Vicente Cárcel Ortí, Mártires españoles del siglo XX, Madrid, BAC, 1995. Cifra corroborada en Antonio Montero Moreno, Historia de la persecución religiosa en España 1936-1939, Madrid, BAC, 1961.
