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La familia o la intemperie

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Del ser a la función · Entrada 4 de 11 · Mario Oliva Mancía

Ninguna persona nace en abstracto. Nace siempre de dos personas concretas, dentro de una estructura que le precede y sin la cual no habría podido comenzar a existir. Esa estructura tiene nombre: se llama familia. Y la familia no es una invención cultural intercambiable con otras. Es la forma natural en que una persona empieza a ser.

La modernidad tardía, que ha diluido primero el concepto de persona, terminará necesariamente diluyendo también las estructuras naturales en las que la persona existe. El orden es inexorable: cuando se pierde la palabra que nombra al ser humano, se pierden después las relaciones que sostienen su existencia concreta. Reconocerlas o negarlas es hoy tan decisivo como reconocer o negar la persona misma.

La familia como célula fundante

Reconocer al ser humano como persona —sustancia individual de naturaleza racional, imagen del Dios trino— no es todavía haberlo reconocido en su forma real de existir. Toda persona humana existe en relaciones, y de todas las relaciones humanas la primera y más constitutiva es la familia. Nadie ha existido jamás sin haber sido concebido, gestado y traído al mundo por una madre; nadie ha existido sin la aportación biológica de un padre; nadie ha comenzado a ser persona en las condiciones concretas de una libertad ejercitable sin haber sido acogido por una unidad familiar que le antecede.

Este dato ontológico tiene consecuencias políticas y jurídicas inmediatas que la doctrina magisterial ha explicitado desde León XIII en Rerum novarum (1891): la familia es anterior al Estado, no en el sentido cronológico banal —que también—, sino en el sentido ontológico decisivo. El Estado no es la matriz que genera a las familias; las familias son la matriz de la sociedad, incluida la sociedad política.[1] Por eso el Estado no puede constituir la familia a discreción, no puede redefinirla, no puede sustituirla en sus funciones esenciales. Puede reconocerla y protegerla, o puede desconocerla y atacarla. Pero no puede recrearla, porque no la creó.

Juan Pablo II en Familiaris consortio (1981) llevó esta doctrina a su formulación más precisa: la familia es la primera y vital célula de la sociedad.[2] Ni el Estado, ni la escuela, ni el mercado, ni ninguna comunidad ampliada tienen frente a la familia el estatuto de fundamento. Todos son estructuras ulteriores que dependen de ella y que, cuando la contradicen o la sustituyen, aceleran el desmantelamiento de la sociedad entera.

La autoridad que nace de dar la vida

Dentro de la familia hay una asimetría irreductible. Los padres no son socios contratantes con sus hijos; son quienes les han dado la vida. Este acto —el más íntimo de todo el orden creado después de la creación misma— fundamenta una autoridad que no procede del Estado, ni del contrato, ni del consenso, sino del orden del ser.

Tomás lo formula sin adorno en la Suma Teológica (II-II, q.101): la piedad hacia los padres es una virtud especial porque a ellos, después de Dios, se les debe el principio del propio ser.[3] La autoridad parental no es un privilegio arbitrario ni una institución cultural revisable a discreción de cada época. Es la respuesta natural al hecho de haber recibido la vida a través de dos personas concretas. Quien da la vida y educa en ella tiene, por esa misma acción ontológica, una autoridad sobre el generado.

El niño no es súbdito de los padres por convención; es hijo por generación, y la filiación establece un vínculo que ningún ordenamiento humano puede sustituir sin desnaturalizar. Cuando la modernidad tardía transfiere al Estado o al mercado las funciones formativas de la familia —educación, alimentación, protección, transmisión de valores—, no está ampliando el bienestar del niño: está sustituyendo la autoridad natural por autoridades funcionales que no le corresponden.

Piedad filial: la deuda natural del hijo

A la autoridad parental le corresponde, en el orden natural, una respuesta simétrica: la piedad filial. El Cuarto Mandamiento —«honra a tu padre y a tu madre»— no es una prescripción culturalmente contingente ni una virtud del mundo antiguo que hoy pueda considerarse superada. Tiene raíz en la ley natural antes que en la Revelación, y por eso lo encontramos como estructura común de las grandes civilizaciones humanas, incluidas las no cristianas: los mandatos de honra a los padres aparecen en la sabiduría confuciana, en el hinduismo védico, en el mundo greco-romano, en las tradiciones semíticas, en el orden ancestral de los pueblos originarios de todos los continentes.

La razón es sencilla y precede a toda cultura particular: honrar a quien nos ha dado la vida es la respuesta natural al hecho de haberla recibido. Y la piedad filial no es solo una virtud del niño frente a los padres jóvenes y sanos; es una virtud que se extiende a toda la existencia y que alcanza su forma más exigente cuando los padres envejecen y necesitan de sus hijos lo que en su día les dieron a ellos. La sociedad que corta este vínculo —transfiriendo el cuidado del anciano a instituciones ajenas al hogar como sustitución sistemática y no como ayuda ocasional— no está liberando a los hijos: está haciendo imposible que devuelvan lo recibido.

Varón y mujer: dos modos personales

El matrimonio no es la unión de dos funciones intercambiables; es la unión de dos modos personales de existir la humanidad, ordenados el uno al otro y a la generación de la vida. Génesis 1, 27 lo dice con la brevedad esencial: «varón y mujer los creó». Ni un solo modo neutro y otro derivado, ni dos versiones de la misma cosa: dos, distintos y complementarios, cada uno insustituible en su especificidad.

Esta doctrina, hoy la más atacada, es también la más rigurosamente naturalista. No apela primero a preceptos revelados: apela a la biología, a la generación, al hecho evidente de que hacen falta un varón y una mujer para engendrar un ser humano y, después, dos figuras personales distintas —paternal y maternal— para acompañarlo hasta su madurez. Cuando el proyecto contemporáneo pretende que ambas figuras son intercambiables, o que ninguna es necesaria, o que la generación misma puede ser realizada por medios que prescinden de la unión personal, no está ampliando la libertad: está negando la estructura natural en la que las personas realmente existen. Y esa negación tiene siempre víctimas concretas, normalmente los niños.[4]

La reverencia al anciano

Y llegamos al punto donde la civilización de la función revela su brutalidad con más claridad. En el orden natural, el anciano ocupa un lugar de reverencia particular. No porque conserve capacidades productivas —de ordinario no las conserva—, no porque acumule autonomía funcional —de ordinario la ha perdido—, sino porque encarna la memoria del linaje, ha recorrido el camino que los demás aún tienen por delante, y su sola presencia recuerda a los jóvenes que la vida tiene comienzo, extensión y término. Cicerón dedicó a esta reverencia todo un tratado, Cato Maior de senectute, y no lo hizo desde la fe cristiana: lo hizo desde la razón natural que reconoce en la vejez una dignidad propia.[5]

La civilización de la función invierte este orden con eficacia devastadora. El anciano ya no produce, ya no acumula riqueza intelectual ni material medible, sus operaciones se han reducido, algunas se han perdido. En la lógica funcionalista su valor decrece hasta hacerse negativo: se convierte en costo, en carga, en obstáculo al desarrollo. De ahí la eutanasia como «muerte digna», el abandono del anciano como norma sociológica silenciosa, la sustitución progresiva del cuidado familiar por instituciones que gestionan la despedida con eficacia técnica pero sin memoria.

Cualquier lector puede verificarlo en su observación cotidiana: en el hogar contemporáneo, el hijo exitoso —el que produce riqueza medible— empieza a mandar en la casa antes que el padre; la abuela demente pierde no solo autoridad funcional (comprensible) sino autoridad simbólica (grave); el orden de veneración se invierte y quien más gana pasa a ser el centro. Es la aplicación exacta al hogar de lo que la civilización del descarte hace en escala mayor.

Cuando el mercado sustituye al padre

Este es el nombre exacto del fenómeno. Cuando la dignidad de una persona pasa a medirse por su capacidad de crear riqueza material o intelectual, la estructura natural de la familia se subvierte inevitablemente. El padre, si no produce lo suficiente, pierde autoridad. La madre, si no acumula logros públicos, pasa a segundo plano. El anciano, cuya producción es cero, es tratado como carga. El hijo con discapacidad, cuya productividad futura es incierta o nula, se convierte en candidato al aborto eugenésico. La complementariedad varón-mujer, cuando se lee en clave meramente funcional, pierde su fundamento y se sustituye por combinaciones intercambiables. Todo el orden natural se desestructura simultáneamente.

Y aquí es preciso decirlo sin rodeos: no es un accidente sociológico. Es la consecuencia lógica de un descenso filosófico que atraviesa toda la modernidad tardía. Cuando persona significa función ejercida, el hogar deja de ser el lugar donde la persona existe en su verdad y se convierte en escenario donde las funciones se calculan. Los talentos que un miembro pueda tener no son ilegítimos, y las oportunidades del mercado no son malas en sí. Pero ningún talento ni ninguna oportunidad puede desplazar el orden que la generación misma inscribió en la carne. La estructura natural no depende del rendimiento; sostiene al miembro que rinde y al que ha dejado de rendir en igual dignidad.

La estructura o el vacío

Reconocer la persona en su ser exige reconocer las estructuras en las que la persona existe. Familia, autoridad natural de los padres, piedad filial, complementariedad varón-mujer, reverencia al anciano. No son opciones culturales entre otras. Son la forma real en la que las personas humanas nacen, crecen, envejecen y mueren. Negarlas no es liberar a la persona: es dejarla a la intemperie.

Quien niega la estructura natural en la que la persona existe no libera a la persona: la abandona.

San Salvador, 9 de agosto de 2026
Mario Oliva Mancía


Notas

[1] León XIII, encíclica Rerum novarum (15 de mayo de 1891), especialmente §§ 9-14, sobre la anterioridad natural de la familia respecto del Estado y la inviolabilidad del hogar doméstico.

[2] Juan Pablo II, exhortación apostólica Familiaris consortio (22 de noviembre de 1981), especialmente §§ 42-48. La expresión «primera y vital célula de la sociedad» procede del Concilio Vaticano II, decreto Apostolicam actuositatem (18 de noviembre de 1965), § 11.

[3] Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q. 101, aa. 1-4, sobre la virtud de la piedad. Véase también II-II, q. 26, aa. 6-9, sobre el orden de la caridad respecto de los padres.

[4] Sobre la complementariedad varón-mujer y su fundamento antropológico véase Juan Pablo II, catequesis del ciclo Hombre y mujer los creó (1979-1984), Madrid, Cristiandad, 2000; y Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los obispos sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y en el mundo (31 de mayo de 2004).

[5] Cicerón, Cato Maior de senectute, redactado hacia el año 44 a. C. Sobre la reverencia al anciano en la tradición clásica véase también Séneca, Epistulae morales ad Lucilium, ep. 12 y ep. 26.

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