Dos Sicilias y El Salvador: liberalismo, despojo y destrucción del orden católico


Proyecto: La pedagogía del exterminio
Modernidad anticatólica, propaganda y destrucción de los pueblos tradicionales

Entrada 10 | Dos Sicilias y El Salvador: liberalismo, despojo y destrucción del orden católico
Después de Vendée, México cristero y la huella de la Comintern, esta entrada mira hacia el sur italiano. No para confundir el Reino de las Dos Sicilias con El Salvador, sino para reconocer un mecanismo moderno: presentar el progreso como liberación mientras se desmontan tierra, memoria, autoridad religiosa y comunidad.

Entradas anteriores del proyecto: 1. Prensa, higienismo y deshumanización · 2. Feliciano Ama · 3. Farabundo Martí, Sandino y Mérida · 4. Sonsonate y Santa Ana · 5. Monseñor Belloso · 6. La prensa de 1932 · 7. El Salvador y la Vendée · 8. México cristero y El Salvador · 9. Rusia, Comintern y 1932.

El Reino de las Dos Sicilias y El Salvador de 1932 parecen, a primera vista, escenarios demasiado lejanos. Uno pertenece al sur italiano del siglo XIX; el otro, al occidente cafetalero centroamericano del siglo XX. Pero ambos permiten estudiar una lógica de fondo: el desmantelamiento de órdenes tradicionales en nombre de la modernización, la unidad política, el progreso, la seguridad o la incorporación a una nueva nación.

En el sur italiano, la unificación liberal implicó la derrota del reino borbónico, la incorporación del Mezzogiorno al nuevo Estado italiano, la reconfiguración de la relación entre Iglesia, monarquía, élites locales y administración estatal, y una dura conflictividad posterior que fue leída muchas veces bajo la palabra brigantaggio. En El Salvador, la modernización liberal y cafetalera había alterado desde el siglo XIX la propiedad, la vida indígena, la relación Iglesia-Estado y las formas comunitarias. En ambos casos, la modernidad se presentó como liberación; pero para muchos pueblos concretos produjo también despojo, pérdida de mediaciones y subordinación.

La tesis de esta entrada puede formularse así: cuando el progreso destruye las mediaciones que sostienen a un pueblo, no libera necesariamente a la persona; puede dejarla más sola frente al Estado, el mercado y la ideología. Esa soledad moderna no siempre se ve en las proclamas. Se ve en la tierra perdida, en la parroquia debilitada, en la cofradía arrinconada, en el campesino convertido en fuerza laboral y en el resistente convertido en criminal.

Entrada de Garibaldi en Nápoles en 1860
Entrada de Garibaldi en Nápoles, 1860. Imagen de dominio público vía Wikimedia Commons.

Comparar sin confundir

El sur italiano no es El Salvador. El Reino de las Dos Sicilias no es una comunidad indígena del occidente salvadoreño. Garibaldi no es Maximiliano Hernández Martínez. La unificación italiana no es la matanza de 1932. La comparación sería irresponsable si pretendiera borrar esas diferencias. Pero sería igualmente pobre negarse a ver que ambos procesos muestran el modo en que una modernidad política puede deslegitimar un orden tradicional y luego presentar su destrucción como necesidad histórica.

El método correcto no busca identidad total, sino analogía estructural. La pregunta no es si los hechos son iguales. La pregunta es qué mecanismos se repiten: una élite modernizadora, un lenguaje de progreso, una comunidad tradicional presentada como atraso, una intervención estatal o militar, una relectura de la resistencia como criminalidad, y una memoria posterior administrada por vencedores, liberales, nacionalistas o ideólogos.

En esta serie, Vendée mostró el pueblo católico frente a la Revolución; México cristero mostró el altar atacado por el Estado anticlerical; Rusia y la Comintern mostraron la gramática internacional de la revolución. Dos Sicilias permite observar otro aspecto: la modernización liberal como conquista de un territorio católico y como reordenamiento del sur en nombre de la nación nueva.

La modernización como conquista

El liberalismo del siglo XIX no fue solo doctrina parlamentaria. Fue también fuerza de reorganización territorial, económica, cultural y religiosa. En el caso italiano, la unificación arrastró secularización, confiscaciones, debilitamiento de autonomías locales, centralización estatal y transformación del sur en región problemática dentro del nuevo Estado nacional. Muchos habitantes del antiguo reino no experimentaron la unidad como liberación inmediata, sino como derrota, ocupación, imposición fiscal, reclutamiento o ruptura del viejo mundo.

El Salvador vivió otra modalidad de ese proceso. La expansión del café exigió tierra, control laboral, reforma institucional y subordinación de comunidades campesinas e indígenas. La modernización económica produjo crecimiento para unos y desarraigo para otros. La nación liberal se construyó sobre una fractura social profunda. En ambos casos, el discurso del progreso ocultó una operación de poder sobre comunidades concretas.

La modernización como conquista tiene una estructura reconocible: primero declara atrasado el orden anterior; luego lo deslegitima moralmente; después reorganiza la propiedad, la autoridad y la memoria; finalmente presenta la resistencia como criminalidad, fanatismo o subversión. No siempre se trata de la misma violencia, pero sí de una misma gramática: destruir lo heredado para instalar un orden nuevo.

La palabra “liberación” exige por tanto una pregunta: ¿liberación de quién y para quién? Puede liberar a una élite de las restricciones del viejo orden, al mercado de tierras de las formas comunitarias, al Estado de las mediaciones religiosas, al individuo de sus vínculos tradicionales. Pero también puede dejar al pobre sin defensa, al campesino sin tierra, al creyente sin reconocimiento público y a la comunidad sin memoria.

Garibaldi, mito moderno y sur derrotado

Garibaldi ocupa un lugar simbólico inmenso en el relato nacional italiano. Para la memoria liberal y patriótica, representa la épica de la unidad, el heroísmo revolucionario, la campaña de los Mil y la caída del viejo régimen. Pero todo mito nacional tiene reverso. Desde el sur, la entrada de Garibaldi en Nápoles y el colapso del reino borbónico pueden ser leídos también como el comienzo de una incorporación conflictiva, de una nueva subordinación y de una disputa profunda por la legitimidad.

Esta serie no necesita demonizar a Garibaldi para hacer una crítica seria. Lo que necesita es leer la unificación italiana sin aceptar únicamente la liturgia del vencedor. Allí donde la historiografía nacional celebra unidad, hay que preguntar qué ocurrió con pueblos, campesinos, clero local, redes de autoridad tradicional, economía regional y memorias vencidas. La historia no está completa hasta que habla también el derrotado.

El paralelo con El Salvador aparece precisamente en ese punto. La modernización cafetalera también tuvo su relato de progreso: exportación, orden, civilización, trabajo, nación, propiedad. Pero bajo ese relato se produjo una reconfiguración de tierra, trabajo y autoridad que dejó a muchas comunidades indígenas y campesinas expuestas a una nueva forma de dependencia. El problema no es que todo orden antiguo fuera justo; el problema es que su destrucción tampoco produjo automáticamente justicia.

Catolicismo, tierra y comunidad

En las Dos Sicilias, el catolicismo no era solo religión privada. Era parte del orden político, cultural y comunitario. En El Salvador, las cofradías indígenas y la vida parroquial cumplían funciones semejantes en otro contexto: sostenían memoria, autoridad, fiesta, caridad, pertenencia y mediaciones concretas. La fe organizaba formas de vida, no solo creencias individuales.

Cuando el Estado liberal o la economía modernizante golpean esas mediaciones, no destruyen únicamente estructuras externas. Alteran el modo en que un pueblo se reconoce a sí mismo. Se produce una ruptura antropológica: el hombre deja de ser miembro de una comunidad orgánica y pasa a ser individuo administrable, trabajador disponible, votante abstracto o masa peligrosa.

La tierra es aquí un punto decisivo. Para una comunidad tradicional, la tierra no es solo valor de mercado. Es continuidad familiar, memoria, cementerio, fiesta, parroquia, autoridad y sustento. Cuando la tierra se convierte exclusivamente en mercancía o en instrumento de modernización, el pueblo pierde una parte de su cuerpo histórico. El despojo material suele ser también despojo espiritual.

Por eso El Salvador de 1932 no puede leerse solo desde el levantamiento inmediato. Debe leerse desde una larga historia de reformas, propiedad, café, ruptura de mediaciones indígenas y debilitamiento de formas comunitarias. Del mismo modo, el sur italiano posunitario no puede leerse solo desde la palabra “bandidaje”; debe leerse desde la derrota de un mundo y desde la imposición de un nuevo orden estatal, fiscal, militar y cultural.

Del brigante al subversivo

Después de la unificación italiana, muchos resistentes del sur fueron llamados bandidos o briganti. En El Salvador, los campesinos indígenas fueron llamados comunistas, cabecillas, indios levantados, amenaza social o subversivos. La palabra cumple una función parecida: convertir la resistencia en criminalidad y la represión en restauración del orden.

El viejo reino católico y el occidente salvadoreño no son idénticos. Pero ambos revelan la violencia del lenguaje moderno cuando clasifica como atraso todo aquello que no cabe en su proyecto de Estado, mercado o revolución. El brigante y el subversivo son figuras distintas, pero ambas pueden ser usadas para despojar al vencido de legitimidad moral.

Ese lenguaje no solo persigue personas. Reescribe la memoria. El resistente deja de ser defensor de un mundo; se vuelve criminal. El campesino deja de ser víctima de agravios; se vuelve amenaza. El católico tradicional deja de ser miembro de una comunidad histórica; se vuelve obstáculo del progreso. Así opera la conquista simbólica después de la conquista política.

Esta es una clave para toda la serie: antes de destruir a un pueblo, se le cambia el nombre. El nombre nuevo permite que la sociedad lo mire sin compasión. Allí comienza la pedagogía del exterminio: no en el disparo, sino en la palabra que convierte al prójimo en residuo histórico.

Redes liberales, masonería y prudencia documental

El caso italiano exige estudiar cuidadosamente el papel de redes liberales, carbonarias, patrióticas y masónicas en la preparación de la unificación. El caso salvadoreño exige una labor parecida: reconstruir logias, prensa, militares, cafetaleros, intelectuales, teósofos, círculos liberales y redes ideológicas. No para explicar todo por conspiración, sino para comprender cómo circulaban ideas, alianzas, recursos y estrategias de poder.

Las redes discretas no sustituyen a las causas materiales. Las articulan. Donde hay hambre, despojo o resentimiento, una red ideológica puede dar lenguaje, dirección y legitimación. Donde hay poder económico, puede ofrecer sociabilidad, alianzas y justificación moral para reordenar la sociedad. El problema histórico no es elegir entre estructura material o red ideológica. Es saber cómo se encuentran.

La prudencia documental es indispensable. No toda red liberal es logia; no toda logia conduce directamente la política; no toda coincidencia de nombres prueba conspiración. Pero tampoco se puede estudiar la modernidad anticatólica ignorando sus formas de sociabilidad. La historia de las ideas viaja por personas, reuniones, periódicos, sociedades, archivos, amistades y juramentos. Es ahí donde debe trabajar el investigador.

La regla del proyecto se mantiene: archivo primero, sentencia después. Donde haya documentos, se afirma. Donde haya indicios, se formula hipótesis. Donde falte prueba, se deja pendiente. Esta disciplina protege la investigación tanto de la ingenuidad como de la exageración.

El sur italiano y el occidente salvadoreño

El sur italiano y el occidente salvadoreño permiten pensar una cuestión mayor: qué ocurre cuando una élite modernizadora reorganiza un territorio sin asumir la densidad espiritual de sus pueblos. En ambos casos, el viejo orden podía tener injusticias y límites reales; pero su destrucción no produjo automáticamente justicia. Muchas veces produjo concentración de poder, pérdida de mediaciones comunitarias y subordinación cultural.

El liberalismo se presentó como liberación de los viejos vínculos. Pero esos vínculos no eran siempre cadenas. A veces eran defensas: parroquia, cofradía, municipio, familia, tierra comunal, reino histórico, autoridad local. Al destruirlos, la modernidad dejó al individuo más solo frente al Estado, el mercado y la ideología.

Esta comparación no busca nostalgia política simplista. Busca una verdad más profunda: los pueblos no pueden ser tratados como material para proyectos de ingeniería nacional. Cuando se les arranca su raíz espiritual y comunitaria, no se vuelven automáticamente libres; con frecuencia se vuelven administrables.

En El Salvador, esta soledad histórica se percibe en 1932: el campesino-indígena queda atrapado entre la economía cafetalera, el comunismo que traduce su dolor en revolución, la prensa que lo convierte en amenaza y el Estado que lo reprime. En Dos Sicilias, la población del sur queda atrapada entre la épica nacional del Risorgimento, el viejo mundo derrotado, la administración del nuevo Estado y una memoria que durante mucho tiempo redujo la resistencia a delincuencia rural.

La cuestión del progreso

La palabra progreso debe ser interrogada. El progreso técnico, administrativo o comercial puede coexistir con destrucción moral. Puede haber ferrocarriles y desarraigo; leyes modernas y pérdida de comunidad; mercado nacional y campesino sin protección; Estado fuerte y persona debilitada. La modernidad no debe ser juzgada solo por sus proclamas, sino por lo que hace con los pobres, con la fe y con los vencidos.

La pregunta católica no es si un orden antiguo debe conservarse intacto. Ningún orden histórico es absoluto. La pregunta es si una reforma respeta la dignidad de la persona, la justicia social, la libertad religiosa, la memoria local y las mediaciones comunitarias. Cuando la reforma destruye todo eso, puede llamarse progreso y seguir siendo una forma de violencia.

Por eso la analogía Dos Sicilias–El Salvador no es arqueología política. Es una advertencia. Cada vez que una élite declara que un pueblo debe ser modernizado contra su propia memoria, se abre la puerta al desprecio. Y cuando el desprecio se institucionaliza, el paso hacia la represión se vuelve más corto.

Lo probado, lo probable y lo pendiente

Lo probado es que el Reino de las Dos Sicilias fue absorbido por el proceso de unificación italiana; que el sur italiano vivió una conflictividad posterior leída bajo la categoría de brigantaggio; y que El Salvador vivió desde el siglo XIX una modernización liberal y cafetalera que alteró la propiedad, la relación Iglesia-Estado y las comunidades indígenas. También es claro que ambos procesos generaron lenguajes de progreso que ocultaron costos humanos y comunitarios.

Lo probable es que ambos casos compartan una lógica de desmantelamiento de órdenes tradicionales católicos en nombre de proyectos modernos. También es probable que redes liberales, masónicas o discretas hayan jugado papeles importantes en la circulación de ideas y alianzas, aunque cada caso requiere pruebas propias y no analogías mecánicas.

Lo pendiente es profundizar en archivos italianos y salvadoreños: legislación, prensa, correspondencia política, archivos eclesiásticos, registros de propiedad, documentación de logias y testimonios locales. Falta precisar qué actores concretos, qué redes y qué mecanismos conectaron el discurso modernizador con el despojo real de comunidades.

La tradición como defensa del hombre

La lectura católica de este paralelo no consiste en idealizar todo orden antiguo. Consiste en recordar que la tradición puede ser defensa del hombre frente a la abstracción moderna. La comunidad, la tierra, la parroquia, la cofradía y la memoria no son simples obstáculos del progreso. Son mediaciones por las que la persona concreta vive su pertenencia, su deber y su esperanza.

Dos Sicilias y El Salvador, cada uno a su modo, muestran el peligro de una modernidad que promete liberar al hombre mientras destruye las condiciones reales de su arraigo. Cuando la persona se queda sin comunidad, el Estado la administra, el mercado la explota y la ideología la usa. Frente a eso, la tradición católica recuerda que el hombre no es individuo flotante, sino persona en relación, criatura de Dios y miembro de un pueblo concreto.

Fuentes primarias, directas y archivísticas

  • Archivio di Stato di Napoli. Ruta primaria para fondos del Reino de Nápoles, Reino de las Dos Sicilias, periodo borbónico y documentación vinculada al proceso posunitario.
  • Portale Antenati. Registros civiles italianos y documentación útil para reconstruir familias, territorios y continuidad social en el sur italiano.
  • Portale storico della Camera dei deputati. Ruta institucional para debates, figuras políticas y documentación parlamentaria italiana del siglo XIX.
  • Gazzetta Ufficiale / archivos normativos italianos. Ruta para legislación y documentación normativa del Estado italiano, con cotejo histórico necesario.
  • Wikimedia Commons, “Garibaldi entra a Napoli.JPG”. Fuente visual de dominio público para contextualizar la entrada de Garibaldi en Nápoles.
  • Prensa italiana del periodo de unificación y posunificación. Fuente primaria necesaria para estudiar lenguaje liberal, nacional, anticlerical y representación del sur.
  • Archivos eclesiásticos del sur italiano y documentación pontificia del siglo XIX. Fuentes necesarias para reconstruir la relación entre Iglesia, Estado liberal y comunidades católicas.
  • Archivo Digital del Diario Oficial de El Salvador. Fuente estatal para legislación, decretos y marco institucional salvadoreño de los siglos XIX y XX.
  • Registros de propiedad, archivos municipales, parroquiales, cofradiales, notariales, judiciales y militares de El Salvador. Fuentes primarias indispensables para seguir tierra, comunidad, café y represión.
  • Prensa salvadoreña de época: El Día, Patria, Diario Latino, La Prensa y prensa católica. Fuente primaria para lenguaje de progreso, orden, anticomunismo, higienismo y representación del campesino-indígena.

Fuentes secundarias principales

  • Duggan, Christopher. The Force of Destiny: A History of Italy Since 1796. Estudio de síntesis sobre Italia moderna, Risorgimento y construcción nacional.
  • Mack Smith, Denis. Italy and Its Monarchy. Referencia clásica para monarquía, unificación y tensiones del Estado italiano.
  • Davis, John A. Naples and Napoleon: Southern Italy and the European Revolutions, 1780–1860. Obra relevante para comprender el sur italiano antes de la unificación.
  • Riall, Lucy. Garibaldi: Invention of a Hero. Estudio sobre Garibaldi, mito político y construcción de memoria nacional.
  • Riall, Lucy. Sicily and the Unification of Italy: Liberal Policy and Local Power, 1859–1866. Investigación sobre Sicilia, liberalismo, poder local y proceso unitario.
  • Pinto, Carmine. La guerra per il Mezzogiorno: Italiani, borbonici e briganti 1860–1870. Referencia contemporánea sobre conflicto posunitario, sur italiano y brigantaggio.
  • Moe, Nelson. The View from Vesuvius: Italian Culture and the Southern Question. Estudio sobre cultura italiana y construcción de la cuestión meridional.
  • Gould, Jeffrey L., y Aldo A. Lauria-Santiago. To Rise in Darkness: Revolution, Repression, and Memory in El Salvador, 1920–1932. Duke University Press, 2008.
  • Gould, Jeffrey L., y Aldo Lauria-Santiago. 1932: rebelión en la oscuridad. San Salvador: Museo de la Palabra y la Imagen, 2008.
  • Anderson, Thomas. El Salvador 1932. Los sucesos políticos. Biblioteca de Historia Salvadoreña.
  • Ching, Erik. Authoritarian El Salvador: Politics and the Origins of the Military Regimes, 1880–1940. University of Notre Dame Press, 2014.
  • Ching, Erik, y Virginia Tilley. “Indians, the Military and the Rebellion of 1932 in El Salvador”. Journal of Latin American Studies, Cambridge Core.
  • Alvarenga, Patricia. Cultura y ética de la violencia: El Salvador 1880–1932. San José: EDUCA, 1996.
  • Lauria-Santiago, Aldo A. An Agrarian Republic: Commercial Agriculture and the Politics of Peasant Communities in El Salvador, 1823–1914. University of Pittsburgh Press, 1999.

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