Proyecto: La pedagogía del exterminio
Modernidad anticatólica, propaganda y destrucción de los pueblos tradicionales
Entrada 6 | Prensa, censura y fabricación del enemigo interno
Después de revisar la prensa higienista, Feliciano Ama, Farabundo Martí, el occidente cafetalero y Monseñor Belloso, esta entrada vuelve al taller donde una nación aprende a nombrar a sus muertos: la prensa bajo presión política, censura, miedo social y Estado militar.
Entradas anteriores del proyecto: 1. 1932: prensa, higienismo social y deshumanización del campesino indígena · 2. Feliciano Ama: cofradía, liderazgo indígena y captura revolucionaria · 3. Farabundo Martí, Sandino y Mérida · 4. Sonsonate y Santa Ana: logias, café y poder regional · 5. Monseñor Belloso: anticomunismo católico y guerra de memoria.
La prensa salvadoreña de 1932 no puede leerse como espejo transparente de los hechos. Debe leerse como campo de batalla. En sus páginas se decidió en gran medida cómo debía ser comprendido el levantamiento campesino-indígena: si como protesta social, rebelión comunista, amenaza racial, crisis de orden público o enfermedad del cuerpo nacional.
En contextos de miedo, censura y militarización, el periódico deja de ser simple informador. Se convierte en tribunal. Nombra culpables, selecciona silencios, crea categorías y ofrece al poder una gramática para justificar sus actos. En 1932, esa gramática fue dura: comunista, indio, cabecilla, amenaza, subhombre. No basta estudiar los fusiles si no se estudian también las palabras que hicieron tolerable su uso.
Esta entrada se sitúa en una zona decisiva del proyecto: la fábrica pública del sentido. La violencia física necesita previamente una violencia de lenguaje. Antes de disparar contra una población, una sociedad debe aprender a no verla como prójimo. La prensa puede colaborar en esa operación cuando sustituye persona por masa, rostro por categoría, pueblo por amenaza y dolor por expediente de orden público.

Censura y relato oficial
Después del golpe de diciembre de 1931 y durante los sucesos de enero de 1932, la prensa funcionó bajo presión política. Las versiones publicadas no deben tratarse como crónica inocente, sino como material sometido a vigilancia, alineamiento o autocensura. Esto no significa que todo fuera falso; significa que todo debe ser leído dentro de una estructura de poder.
La censura no solo prohíbe. También orienta. Permite que ciertas palabras circulen y que otras desaparezcan. Amplifica el peligro comunista y reduce la pregunta por salarios, tierras, abusos patronales, cofradías indígenas, justicia social y responsabilidad de las élites. Al controlar el lenguaje, el poder controla el horizonte moral desde el cual el lector juzga la violencia.
La documentación hemerográfica mencionada por Carlos Cañas Dinarte en su estudio sobre El Día como diario intelectual salvadoreño permite ubicar a ese periódico dentro de un ambiente letrado, modernizador y políticamente sensible. Después del golpe de diciembre de 1931, la prensa no podía operar como si el régimen militar y la vigilancia estatal fueran datos marginales. El periódico entra allí en una relación delicada con el poder: informa, interpreta y puede terminar legitimando.
En un ambiente de censura, el silencio importa tanto como el titular. Si se habla del “cabecilla” pero no de la cofradía; si se habla del “comunista” pero no del salario; si se habla del “orden” pero no de los muertos; si se habla de “pacificación” pero no de exterminio, la prensa ya no solo describe: fabrica una memoria políticamente útil.
Fabricar al enemigo interno
El enemigo interno no aparece solo por sus actos. Aparece por la forma en que una sociedad aprende a nombrarlo. En 1932, el campesino indígena fue desplazado de su condición de persona concreta hacia una identidad peligrosa: masa, indio, comunista, amenaza colectiva. Esa simplificación facilitó que la represión pareciera defensa del orden antes que eliminación de una población vulnerable.
La función de la prensa fue decisiva porque fijó una interpretación moral. Al lector urbano se le ofreció una imagen del occidente como territorio contaminado por la subversión. En esa imagen, la violencia estatal podía aparecer como cirugía necesaria. El sufrimiento campesino quedaba fuera del centro de la narración; lo que aparecía era el miedo del orden ante una masa supuestamente amenazante.
Este mecanismo tiene una lógica profunda. Para que una matanza sea tolerada, el vencido debe dejar de ser visto como prójimo. La prensa puede participar en esa operación mediante adjetivos, titulares, repeticiones, omisiones y asociaciones. La imagen del enemigo no nace de una frase aislada, sino de una serie constante de marcas que van cerrando la compasión.
Thomas Anderson, en El Salvador 1932. Los sucesos políticos, sigue siendo una referencia clásica para reconstruir el marco político de los acontecimientos. Pero esta entrada añade una pregunta complementaria: no solo qué ocurrió en el nivel del Estado y los actores políticos, sino cómo se enseñó al público a leer lo ocurrido. Esa pedagogía del relato es inseparable de la pedagogía del exterminio.
Del comunista al “subhombre”
Una cosa es que la prensa denunciara el comunismo. Otra, mucho más grave, es que incorporara lenguajes de degradación antropológica. Cuando aparece la categoría del “subhombre”, el adversario deja de ser solo peligro político y se convierte en inferioridad humana. La discusión ya no gira únicamente en torno a orden público, partido, insurrección o ideología, sino en torno a una supuesta jerarquía de humanidad.
El artículo de Carlos Flores Manzano, “1932, los medios y la legitimación de la deshumanización indígena”, resulta especialmente importante para esta serie porque documenta la circulación periodística de discursos que legitimaban la deshumanización indígena. Allí aparece el hilo que conecta prensa, biologismo social, miedo político y degradación del campesino indígena. Esta línea debe ser contrastada con ejemplares originales de época, pero ya ofrece una pista documental de enorme valor.
Ahí se abre la distancia entre la tradición católica y el biologismo moderno. La Iglesia podía condenar el comunismo, pero no podía llamar “subhombre” al campesino. La antropología cristiana no permite reducir al pobre a residuo biológico ni al indígena a amenaza racial. El hombre puede errar, pecar, rebelarse o ser manipulado, pero no pierde su condición de criatura de Dios.
Por eso el análisis de la prensa de 1932 debe distinguir cuidadosamente entre anticomunismo doctrinal, propaganda estatal, miedo social, discurso higienista y racialización del conflicto. Mezclar todo bajo la palabra “anticomunismo” impide ver que algunas formas de lenguaje moderno fueron mucho más deshumanizantes que la condena católica del error marxista.
El Día, Patria, Diario Latino, La Prensa y Diario Oficial
El trabajo pendiente debe bajar de la tesis general al expediente concreto. No basta decir “la prensa”. Hay que distinguir periódicos, propietarios, directores, línea editorial, vínculos políticos, fechas, titulares y condiciones de censura. El Día, Patria, Diario Latino, La Prensa y el Diario Oficial no cumplen la misma función ni tienen la misma naturaleza documental.
El Día interesa por su perfil intelectual y modernizante, y por la pista directa de “La amenaza del sub-hombre”. Patria debe revisarse por su relación con el clima anticomunista y las posiciones públicas de la época. Diario Latino exige análisis por sus transformaciones internas y su circulación dentro del periodo. La Prensa debe observarse por su relación con el régimen y con la opinión urbana. El Diario Oficial no es prensa privada: es voz estatal, y por eso debe servir para contrastar decretos, nombramientos, estados de excepción y lenguaje institucional.
El Archivo Digital del Diario Oficial es una ruta primaria imprescindible, pero no suficiente. La verdad histórica exige comparar el lenguaje estatal con prensa privada, prensa católica, correspondencia diplomática, archivos militares, archivos eclesiásticos y testimonios. Solo así se puede saber si la prensa describía hechos, reproducía consignas, operaba bajo censura, amplificaba miedo o aportaba una gramática propia de deshumanización.
Lo que la prensa no dijo
Una investigación seria debe preguntar tanto por lo publicado como por lo omitido. ¿Qué se dijo de los muertos? ¿Qué se dijo de la condición indígena? ¿Qué se dijo del salario agrícola? ¿Qué se dijo de la responsabilidad de los cafetaleros? ¿Qué espacio recibieron las voces católicas que denunciaban injusticias sociales junto con el comunismo?
La memoria histórica suele formarse más por silencios que por titulares. Si la prensa ocultó la complejidad social y privilegió el relato del orden amenazado, entonces participó en la fabricación de una memoria mutilada. Lo no dicho pudo ser tan grave como lo dicho: las familias, los entierros, el miedo, las cofradías, las parroquias, las autoridades indígenas, el trabajo rural, el hambre y la humillación cotidiana.
También debe preguntarse qué prensa habló desde la fe y qué prensa habló desde la modernidad secular. No es lo mismo una pastoral católica que advierte contra el comunismo y llama a corregir injusticias, que una hoja de prensa que presenta al indígena como amenaza inferior. Esa diferencia debe estar en el centro del análisis porque separa dos antropologías: una ve persona; la otra puede terminar viendo residuo social.
Una pedagogía de obediencia
La prensa no solo narró la represión. Enseñó cómo mirarla. Enseñó a separar al campesino rebelde del prójimo, a disolver al indígena concreto en la masa peligrosa, a transformar el dolor social en amenaza comunista y a aceptar que el Estado armado tenía derecho a purgar el desorden.
Esa pedagogía es una de las dimensiones más graves de 1932. La violencia necesita aprendizaje social. Una nación aprende qué muertos deben doler y qué muertos pueden justificarse. Aprende qué rostros merecen duelo y cuáles pueden convertirse en estadística. La prensa, cuando se somete al poder o comparte su imaginación, participa en esa escuela del desprecio.
Por eso volver a los periódicos de 1932 no es una tarea secundaria. Es entrar al taller donde se fabricó una parte de la legitimidad moral de la matanza. Allí se debe leer cada titular, cada omisión, cada adjetivo, cada imagen, cada nota editorial y cada referencia a la autoridad.
Lo probado, lo probable y lo pendiente
Lo probado es que la prensa salvadoreña de 1932 operó en un contexto de militarización, censura o presión política; que ciertos periódicos participaron en la construcción del levantamiento como amenaza comunista; y que circularon lenguajes de deshumanización particularmente graves, como el de “La amenaza del sub-hombre”, documentado en la discusión historiográfica y periodística reciente sobre El Día.
Lo probable es que esa construcción periodística haya contribuido a legitimar la represión ante sectores urbanos y élites nacionales. También es probable que el relato periodístico haya ocultado o minimizado los factores sociales, indígenas, religiosos y económicos que explican la crisis occidental. Esa probabilidad debe medirse con series completas de periódicos, no con ejemplos aislados.
Lo pendiente es revisar series completas de El Día, Patria, Diario Latino, La Prensa y Diario Oficial entre diciembre de 1931 y febrero de 1932; identificar propietarios, directores, censores y vínculos políticos; localizar ejemplares originales de “La amenaza del sub-hombre”; y comparar esa prensa con fuentes eclesiásticas, militares, diplomáticas y testimoniales.
La palabra persona contra la palabra masa
La lectura católica de esta entrada se resume en una palabra: persona. Donde la prensa ideológica ve masa, la fe ve persona. Donde el Estado ve amenaza, la doctrina social ve justicia pendiente. Donde el biologismo ve inferioridad, el cristianismo ve una criatura de Dios. Esa diferencia no es retórica: es el muro moral que impide justificar el exterminio.
La prensa de 1932 debe ser revisada porque allí se jugó una parte de la batalla por el alma pública del país. Si las palabras degradan al hombre, preparan la violencia. Si las palabras devuelven rostro y dignidad, pueden abrir camino a la justicia. El archivo periodístico, por tanto, no es simple papel viejo: es el lugar donde una nación puede descubrir cómo aprendió a mirar a sus propios muertos.
Fuentes primarias, directas y hemerográficas
- Ejemplares de El Día, San Salvador, enero-febrero de 1932, especialmente la serie vinculada a “La amenaza del sub-hombre”. Fuente primaria hemerográfica pendiente de cotejo directo en ejemplar completo.
- Ejemplares de Patria, Diario Latino, La Prensa y prensa local occidental, diciembre de 1931-febrero de 1932. Fuentes primarias necesarias para reconstruir censura, titulares, editoriales, omisiones y tratamiento del levantamiento.
- Archivo Digital del Diario Oficial de El Salvador. Fuente estatal para decretos, disposiciones, nombramientos, estado de sitio, lenguaje oficial y marco institucional del periodo.
- Prensa católica salvadoreña de época: hojas pastorales, boletines, periódicos católicos y publicaciones eclesiásticas. Fuente primaria para contrastar anticomunismo doctrinal con justicia social y defensa de la persona.
- Archivos eclesiásticos, municipales, militares y diplomáticos relativos a enero-febrero de 1932. Fuentes de contraste para verificar lo que la prensa dijo, omitió o deformó.
- Wikimedia Commons, “Printing press, Plantin-Moretus Museum”. Fuente visual simbólica para representar imprenta, prensa y fabricación pública del relato.
Fuentes secundarias principales
- Flores Manzano, Carlos. “1932, los medios y la legitimación de la deshumanización indígena”. La Prensa Gráfica, 2025. Fuente clave para rastrear la circulación del lenguaje de deshumanización indígena en prensa.
- Cañas Dinarte, Carlos. “El Día 1923–1934: centenario de la fundación de un diario intelectual salvadoreño”. El Diario de Hoy. Referencia sobre historia, perfil intelectual y trayectoria de El Día.
- Anderson, Thomas. El Salvador 1932. Los sucesos políticos. Biblioteca de Historia Salvadoreña.
- Gould, Jeffrey L., y Aldo A. Lauria-Santiago. To Rise in Darkness: Revolution, Repression, and Memory in El Salvador, 1920–1932. Duke University Press, 2008.
- Gould, Jeffrey L., y Aldo Lauria-Santiago. 1932: rebelión en la oscuridad. San Salvador: Museo de la Palabra y la Imagen, 2008.
- Ching, Erik. Authoritarian El Salvador: Politics and the Origins of the Military Regimes, 1880–1940. University of Notre Dame Press, 2014.
- Ching, Erik, y Virginia Tilley. “Indians, the Military and the Rebellion of 1932 in El Salvador”. Journal of Latin American Studies, Cambridge Core.
- Alvarenga, Patricia. Cultura y ética de la violencia: El Salvador 1880–1932. San José: EDUCA, 1996.
- Chanta Martínez, René. “El pensamiento social cristiano de monseñor José Alfonso Belloso y Sánchez”. Repositorio UDB. Útil para contrastar lenguaje católico de justicia social y anticomunismo doctrinal.
