Proyecto: La pedagogía del exterminio
Modernidad anticatólica, propaganda y destrucción de los pueblos tradicionales
Entrada 4 | Geografía del poder regional
Después de revisar la prensa deshumanizadora, la figura indígena-cofrade de Feliciano Ama y la zona bisagra de Farabundo Martí, esta entrada desciende al territorio: Sonsonate, Santa Ana, Ahuachapán, café, tierra, élites regionales, logias, ejército, prensa y autoridad local.
Entradas anteriores del proyecto: 1. 1932: prensa, higienismo social y deshumanización del campesino indígena · 2. Feliciano Ama: cofradía, liderazgo indígena y captura revolucionaria del descontento · 3. Farabundo Martí, Sandino y Mérida: antiimperialismo, comunismo y filomasonería.
El levantamiento de 1932 no puede separarse del occidente salvadoreño. Allí se cruzaban el café, la población indígena, las jerarquías locales, la memoria de tierras comunales, las cofradías, el Estado militar y una élite regional que había convertido la economía cafetalera en centro de poder. Sonsonate, Ahuachapán y Santa Ana no eran simple paisaje. Eran la geografía social de la crisis.
La pregunta no es solamente dónde ocurrió la rebelión, sino qué redes existían en esa región. En el occidente cafetalero operaban fincas, alcaldías, comandancias, juzgados, prensa, comerciantes, abogados, militares, asociaciones culturales, círculos de élite y logias. La investigación debe mirar ese ecosistema completo, sin convertir la existencia de una red en prueba automática de conducción política. La seriedad está precisamente en distinguir presencia, influencia, mediación y participación comprobada.
Esta entrada debe leerse como una cartografía preliminar del poder. No pretende demostrar que una logia haya ordenado la rebelión o la represión. Pretende formular una pregunta más fina: ¿qué instituciones, sociabilidades y circuitos de prestigio conectaban a las élites regionales con la economía cafetalera, con el Estado militar, con la prensa y con los lenguajes modernos de orden, progreso, anticlericalismo o higienismo social?

El café como arquitectura de poder
El café reorganizó el territorio salvadoreño. No fue solo un cultivo: fue una forma de propiedad, de disciplina laboral, de relación entre Estado y élites, y de subordinación campesina. En Occidente, esa reorganización tuvo especial intensidad. La población indígena y campesina quedó cada vez más expuesta a una economía que exigía tierra, brazos, vigilancia y obediencia.
La expansión cafetalera no puede entenderse únicamente como modernización agrícola. Supuso una transformación antropológica y política: comunidades antiguas fueron empujadas hacia una economía de finca; la tierra dejó de ser memoria colectiva y defensa comunitaria para convertirse en recurso productivo; el campesino pasó a ser medido por su utilidad laboral; y el Estado se convirtió en garante del orden requerido por esa economía.
El estudio de Jeffery M. Paige, Coffee and Power: Revolution and the Rise of Democracy in Central America, es útil para comprender cómo el café no solo produjo riqueza, sino estructuras de dominación, élites propietarias y formas específicas de poder rural. Para el caso salvadoreño, Jeffrey L. Gould y Aldo Lauria-Santiago, en To Rise in Darkness: Revolution, Repression, and Memory in El Salvador, 1920–1932, obligan a leer 1932 como una crisis donde economía, etnicidad, memoria, organización local y represión se cruzan de manera inseparable.
Por eso la insurrección no puede tratarse como explosión irracional. La violencia social tenía raíces materiales. El problema es que esas raíces fueron interpretadas por lenguajes distintos: el comunismo habló de lucha de clases, el Estado habló de subversión, la prensa habló de amenaza social y ciertos círculos modernizantes pudieron leer la crisis como oportunidad de reordenamiento. La misma herida fue disputada por varios lenguajes de poder.
Occidente: territorio de convergencia
El occidente salvadoreño no era una periferia pasiva. En esa región se concentraban riqueza cafetalera, población indígena, jerarquías locales y tensiones sociales acumuladas. Sonsonate, Ahuachapán y Santa Ana formaban parte de un sistema regional donde la finca, el comercio, la alcaldía, el cuartel, el juzgado, la parroquia, la prensa y las asociaciones de élite podían comunicarse de manera más estrecha que en la política nacional abstracta.
Ese dato es central. Las crisis históricas no se producen en el aire. Necesitan caminos, plazas, relaciones personales, autoridades reconocidas, canales de información y redes de confianza. La rebelión campesino-indígena tuvo una base territorial. La represión también. Y la interpretación pública de los hechos dependió de quiénes tenían capacidad de nombrar lo ocurrido y hacerlo circular como verdad social.
El trabajo de Erik Ching y Virginia Tilley, Indians, the Military and the Rebellion of 1932 in El Salvador, resulta clave para no borrar el componente indígena bajo una lectura exclusivamente partidaria. La rebelión debe comprenderse territorialmente: pueblos, comunidades, vínculos locales, autoridades tradicionales, redes políticas y respuesta militar.
Por eso no basta con estudiar al Partido Comunista Salvadoreño, ni basta con estudiar al Estado militar, ni basta con estudiar a los cafetaleros. Hay que reconstruir el tejido regional. En ese tejido, las logias y sociedades discretas pueden aparecer como una pieza más: no necesariamente como centro oculto de todo, pero sí como espacios de sociabilidad, prestigio, ascenso y circulación ideológica.
Sonsonate: una pista masónica que exige método
La presencia masónica en Sonsonate es una pista de alto valor, pero debe ser tratada con método. El estudio de REHMLAC “Élites militares y masonería. El caso de El Salvador (1931–1953)” documenta la relación entre masonería y élites militares en el periodo, y cita la revista masónica Shittah como fuente para listar logias de la Gran Logia Cuscatlán, incluyendo la logia Reforma n.º 4 en Sonsonate. Esa referencia no prueba participación en el levantamiento ni en la represión. Prueba, con más modestia pero con relevancia, que había sociabilidad masónica documentable en una región decisiva para la crisis.
Una logia podía funcionar como espacio de fraternidad, ascenso social, intercambio intelectual, beneficencia, liberalismo, anticlericalismo, sociabilidad masculina de élite o articulación política. Su sola existencia no demuestra conspiración; pero en una región donde confluyeron café, ejército, prensa, crisis indígena y poder local, sería metodológicamente irresponsable ignorarla. La pregunta correcta es quiénes pertenecían a esas redes, qué cargos ocupaban, qué prensa leían o financiaban, qué alianzas políticas tenían y cómo interpretaban la crisis social.
La investigación debe cruzar nombres. Alcaldes, diputados, jueces, militares, periodistas, cafetaleros, abogados, maestros, comerciantes y miembros de logias. Solo así se puede pasar de la sospecha a una sociología histórica documentada. El problema no es “demostrar masonería” en abstracto, sino establecer si la sociabilidad masónica influyó en el modo en que las élites regionales leyeron, administraron o aprovecharon la crisis.
La regla metodológica es sencilla: una logia en el mapa no equivale a una orden secreta; pero una logia ignorada por comodidad empobrece el mapa. Entre la imaginación conspirativa y la ceguera académica hay un camino más serio: archivo, nombres, cargos, fechas y cruces documentales.
Santa Ana: una línea abierta, no una conclusión cerrada
Santa Ana debe tratarse con cautela. La Gran Logia Cuscatlán enumera actualmente logias simbólicas en distintos valles del país, incluyendo referencias institucionales vinculadas a Santa Ana y Sonsonate. Ese dato sirve como referencia institucional masónica contemporánea, pero no prueba por sí mismo actividad específica en 1931–1932. Para el periodo que nos interesa hay que verificar continuidad, miembros, cargos, actas y presencia pública.
Santa Ana, por su peso económico y cultural, no puede quedar fuera del análisis. Aunque el corazón de la rebelión haya estado en otras localidades occidentales, la región no se explica por municipios aislados. Hay una ecología del poder occidental: familias, fincas, mercados, carreteras, comandancias, juzgados, sociedades, periódicos y parroquias. Las logias, cuando existían, formaban parte de esa ecología, aunque su papel preciso debe probarse documentalmente.
El método debe ser paciente: padrones, actas municipales, protocolos notariales, periódicos locales, archivos eclesiásticos, correspondencia privada, registros de asociaciones, documentación militar, registros de propiedad e indicios en prensa católica o anticlerical. La historia de redes no se escribe con intuiciones, sino con acumulación de huellas.
Prensa, alcaldías, comandancias y circuito de autoridad
La estructura regional de poder no estaba compuesta por una sola institución. En el occidente cafetalero, el poder funcionaba como circuito. La finca necesitaba orden laboral. La alcaldía administraba vida local. El juzgado formalizaba conflictos. La comandancia imponía fuerza. La prensa nombraba al enemigo. La parroquia conservaba memoria y mediación espiritual. Las asociaciones de élite construían prestigio y redes de confianza.
Por eso conviene estudiar el periodo no solo desde el acontecimiento violento, sino desde los mediadores de poder. ¿Quiénes podían escribir? ¿Quiénes podían publicar? ¿Quiénes podían presionar a una autoridad? ¿Quiénes tenían acceso a armas, telégrafo, imprenta, juzgado, banco, finca, iglesia o logia? Esas preguntas permiten reconstruir el subsuelo real de la crisis.
El Archivo Digital del Diario Oficial resulta indispensable para rastrear disposiciones estatales, nombramientos, decretos y lenguaje oficial. Pero el Diario Oficial no basta. Hay que contrastarlo con prensa privada, prensa católica, archivos municipales, registros de propiedad, protocolos notariales y archivos parroquiales. Solo el cruce permite ver si los mismos apellidos aparecen en fincas, cargos, asociaciones, periódicos y redes discretas.
Occidente como laboratorio de crisis
El occidente salvadoreño fue laboratorio de una crisis total: económica, étnica, religiosa, política y militar. En él convivían cofradías indígenas católicas, redes comunistas jóvenes, élites cafetaleras, masonería regional, prensa modernizante y Estado armado. El resultado no puede explicarse desde un solo expediente.
La pregunta más fecunda no es si una logia “ordenó” el levantamiento. La pregunta es si existió un ecosistema de poder en el que algunas redes discretas contribuyeron a interpretar, canalizar o aprovechar la crisis. Esa diferencia protege la investigación de la propaganda y la obliga a buscar documentos verificables.
Desde una lectura católica, este punto tiene una dimensión mayor. Cuando las comunidades tradicionales pierden tierra, autoridad y defensa espiritual, quedan expuestas a dos formas de reducción: la reducción económica, que las convierte en fuerza de trabajo, y la reducción ideológica, que las convierte en masa revolucionaria o amenaza estatal. En ambos casos se pierde la persona concreta y se destruye la comunidad orgánica.
Lo probado, lo probable y lo pendiente
Lo probado es que el occidente cafetalero fue el escenario principal de la crisis de 1932; que Sonsonate, Ahuachapán y Santa Ana tenían enorme relevancia económica, social y política; y que existen referencias documentales a logias vinculadas a la sociabilidad masónica salvadoreña, incluida la pista de Reforma n.º 4 en Sonsonate citada desde la revista masónica Shittah en el estudio de REHMLAC.
Lo probable es que las logias y sociedades de élite hayan formado parte del ambiente cultural y político de sectores dirigentes regionales. También es probable que esos espacios influyeran en lenguajes de modernización, liberalismo, anticlericalismo, beneficencia, orden social y prestigio público. Pero eso no equivale a probar conducción directa de la rebelión ni de la represión.
Lo pendiente es reconstruir listados de miembros, cargos públicos, vínculos familiares, relaciones con prensa, propiedad cafetalera y mandos militares. Falta cruzar archivos de la Gran Logia, prensa local, protocolos notariales, actas municipales, archivos eclesiásticos, registros de propiedad y documentación militar para saber qué papel real jugaron estas redes en el occidente salvadoreño.
El mapa moral de 1932
Estudiar Sonsonate y Santa Ana no es un detalle regionalista. Es reconstruir el mapa moral de 1932. Allí se ve cómo la tierra, el café, la autoridad indígena, el Estado militar, la prensa y las redes de élite se tocaron en un momento de extrema tensión. Allí también se ve cómo la modernidad liberal podía hablar de progreso mientras dejaba comunidades enteras sin defensa real.
La tarea histórica consiste en no simplificar. Ni todo fue conspiración secreta, ni todo fue espontaneidad social, ni todo fue orden estatal. Hubo heridas, redes, intereses, lenguajes e instituciones. La mirada católica añade una exigencia: detrás del mapa económico y político estaba el destino de personas concretas, pueblos concretos y almas concretas. Cuando eso se olvida, la historia se convierte en estadística del poder.
Fuentes primarias, directas e institucionales
- Wikimedia Commons, “Drying coffee on a plantation in El Salvador (GN03500)”. Fuente visual para contextualizar la economía cafetalera salvadoreña.
- Gran Logia Cuscatlán, “Logias simbólicas”. Fuente institucional masónica contemporánea; útil como punto de partida, no como prueba suficiente sobre actividad exacta en 1931–1932.
- Shittah, revista masónica de la Gran Logia Cuscatlán, n.º 1, 1937, citada por el estudio de REHMLAC. Fuente primaria masónica pendiente de cotejo directo en ejemplar físico o digital completo.
- Archivo Digital del Diario Oficial de El Salvador. Fuente estatal para rastrear decretos, disposiciones, nombramientos y lenguaje oficial del periodo.
- Prensa salvadoreña de época: El Día, Patria, Diario Latino, La Prensa y prensa local occidental. Fuente primaria pendiente de revisión sistemática para reconstruir representación pública de la crisis.
- Archivos municipales de Sonsonate, Santa Ana, Ahuachapán, Izalco y Nahuizalco: actas municipales, acuerdos, nombramientos, comunicaciones y registros administrativos.
- Archivos parroquiales y cofradiales de Occidente: registros sacramentales, documentación de cofradías, correspondencia pastoral y vida comunitaria.
- Protocolos notariales y registros de propiedad: compraventas, hipotecas, herencias, fincas, vínculos familiares y concentración de tierra.
- Documentación militar y judicial del periodo 1931–1932: expedientes, bandos, partes militares, procesos, listas y comunicaciones oficiales.
Fuentes secundarias principales
- “Élites militares y masonería. El caso de El Salvador (1931–1953)”. REHMLAC+, SciELO Costa Rica. Estudio clave para vincular masonería, élites militares y Gran Logia Cuscatlán en el periodo.
- Gould, Jeffrey L., y Aldo A. Lauria-Santiago. To Rise in Darkness: Revolution, Repression, and Memory in El Salvador, 1920–1932. Duke University Press, 2008.
- Gould, Jeffrey L., y Aldo Lauria-Santiago. 1932: rebelión en la oscuridad. San Salvador: Museo de la Palabra y la Imagen, 2008.
- Ching, Erik, y Virginia Tilley. “Indians, the Military and the Rebellion of 1932 in El Salvador”. Journal of Latin American Studies, Cambridge Core.
- Ching, Erik. Authoritarian El Salvador: Politics and the Origins of the Military Regimes, 1880–1940. University of Notre Dame Press, 2014.
- Paige, Jeffery M. Coffee and Power: Revolution and the Rise of Democracy in Central America. Harvard University Press, 1997.
- Alvarenga, Patricia. Cultura y ética de la violencia: El Salvador 1880–1932. San José: EDUCA, 1996.
- Lauria-Santiago, Aldo A. An Agrarian Republic: Commercial Agriculture and the Politics of Peasant Communities in El Salvador, 1823–1914. University of Pittsburgh Press, 1999.
- Anderson, Thomas. El Salvador 1932. Los sucesos políticos. Biblioteca de Historia Salvadoreña.
- Lindo-Fuentes, Héctor. Weak Foundations: The Economy of El Salvador in the Nineteenth Century, 1821–1898. University of California Press, 1990.
- Browning, David. El Salvador: Landscape and Society. Oxford University Press, 1971.
