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«No hay más que una raza humana verdadera: aquella que Dios creó a su imagen y semejanza. Toda ciencia que pretenda dividir esa unidad en categorías de mayor y menor dignidad natural construye, bajo apariencia de saber, una nueva forma de idolatría.»

Síntesis del contenido doctrinal implícito en la antropología cristiana clásica, formulada aquí como clave de lectura del corpus positivista racial estudiado en esta serie (cf. Gn 1, 27; Gaudium et Spes 24, para la formulación conciliar posterior del mismo principio).

«Se calcula que entre 10,000 y 40,000 personas fueron asesinadas en el curso de pocas semanas, la mayoría campesinos indígenas del occidente del país, bajo la acusación genérica e indiferenciada de comunismo.»

Síntesis historiográfica consolidada sobre la matanza de enero de 1932 en El Salvador, según Erik Ching, Authoritarian El Salvador, y Lauria-Santiago y Gould, To Rise in Darkness.

§1. Ocho entradas después: qué hemos reconstruido

Esta Serie III comenzó con una tesis simple, formulada en la Entrada 1: Fernando Poo fue la isla que España inventó para no tener que fusilar. Un dispositivo administrativo que permitía al Estado liberal español eliminar poblaciones declaradas peligrosas sin comprometer su legitimación humanitaria, delegando la ejecución material en la distancia, el clima y la enfermedad.

Las siete entradas siguientes reconstruyeron ese dispositivo con precisión documental creciente. La Entrada 2 mostró su origen conceptual en la figura del emancipado de 1862, donde la palabra libertad ya servía a la deportación. La Entrada 3 fijó su realización fundacional en el vapor San Francisco de Borja del 21 de marzo de 1869. La Entrada 4 recuperó la literatura de los deportados —Balmaseda, Valdés Infante— como la resistencia que el sistema no pudo silenciar. La Entrada 5 analizó la fabricación antropológica del ñáñigo como sujeto irrecuperable, y mostró cómo Fernando Ortiz, discípulo de Lombroso, consolidó esa fabricación en manual científico en 1906. La Entrada 6 identificó en la Guerra Chiquita de 1880 el momento en que el sistema se volvió preventivo, no solo reactivo. La Entrada 7 documentó su última gran oleada en 1897, en la agonía final del Imperio. La Entrada 8 comparó el modelo cubano-fernandino con sus equivalentes en México, Argentina, Chile, Brasil y la Guayana francesa, y mostró que la estructura no era una peculiaridad hispánica sino una tecnología política de la modernidad occidental como tal.

Esta Entrada 9 cierra la serie y, al hacerlo, abre la puerta que ya estaba entreabierta desde la Entrada 5: la conexión directa, documentable, no meramente analógica, entre el sistema Fernando Poo y la matanza salvadoreña de enero de 1932.

§2. El puente que no es metáfora: Fernando Ortiz

Retrato de Fernando Ortiz Fernández, 1919
Fernando Ortiz Fernández, hacia 1919. Su obra de 1906 fue el puente documentable entre la fabricación del ñáñigo cubano y la antropología liberal centroamericana. Wikimedia Commons, dominio público.

La tentación historiográfica más fácil, y la que esta serie ha querido evitar en cada una de sus ocho entradas previas, es la analogía suelta: «lo de Fernando Poo se parece a lo de 1932». Esa afirmación, sin más, sería impresionista. Lo que esta serie ha intentado construir es distinto: una genealogía documentable, con nombres, fechas y textos que efectivamente viajaron de un lugar a otro.

El puente tiene un nombre propio: Fernando Ortiz. Su libro de 1906, Los negros brujos, construyó al ñáñigo cubano como tipo criminal racial, religioso y políticamente irrecuperable, aplicando de manera sistemática la criminología lombrosiana al caso afrocubano. Ese libro no quedó confinado a Cuba. Circuló por las bibliotecas jurídicas y policiales de toda América Latina durante las primeras décadas del siglo XX, en el momento exacto en que las nuevas repúblicas centroamericanas —entre ellas El Salvador— estaban construyendo sus propios aparatos de criminología positivista, sus escuelas de derecho penal, sus manuales de antropología social aplicada a la gobernabilidad.

La entrada anterior de esta misma serie ya lo señaló: la antropología liberal salvadoreña —los estudios de David J. Guzmán y de Darío González, examinados en el arco S4 de este blog— se construyó dentro de ese mismo circuito intelectual continental, alimentado por Comte, Spencer y Lombroso, del que Ortiz es la bisagra cubana hacia Centroamérica. No hace falta demostrar que Guzmán o González leyeron literalmente a Ortiz —aunque es plausible, dada la circulación editorial de la época— para establecer la genealogía. Basta con mostrar que ambos bebieron de la misma fuente europea que Ortiz sistematizó para el caso cubano: el positivismo criminológico que fabrica al sujeto racialmente peligroso como categoría científica.

§3. Cuatro rasgos, un solo cuerpo: del ñáñigo al indio occidental

La Entrada 5 de esta serie identificó los cuatro rasgos con los que la ciencia colonial cubana fabricó al ñáñigo como sujeto irrecuperable: superstición religiosa, asociación secreta, inferioridad racial, peligrosidad política. Es el momento de mostrar, con la misma disciplina analítica, que esos cuatro rasgos reaparecen, casi sin modificación estructural, en la construcción del campesino indígena del occidente salvadoreño durante las décadas de 1920 y 1930.

Superstición religiosa. Las cofradías indígenas, las prácticas religiosas sincréticas del occidente cafetalero —Izalco, Nahuizalco, Juayúa, Tacuba—, fueron leídas por la administración liberal salvadoreña, igual que la Abakuá lo había sido por la cubana, como paganismo residual incompatible con la modernidad católica y cívica que el Estado quería proyectar.

Asociación secreta. Donde el ñáñigo cubano tenía la Abakuá, el indígena salvadoreño de 1932 tuvo el soviet local y la organización campesina del Socorro Rojo Internacional, vinculada al incipiente Partido Comunista salvadoreño fundado en 1930. La estructura organizativa real —sindicatos campesinos, ligas agrarias— fue leída administrativamente con la misma sospecha que un siglo antes se había aplicado a los cabildos afrocubanos: sociabilidad no controlada, por tanto conspirativa.

Inferioridad racial. La antropología liberal salvadoreña, heredera del mismo positivismo racial que Ortiz sistematizó para Cuba, clasificó al indígena occidental como racialmente atrasado, biológicamente predispuesto a la superstición y a la violencia primitiva, necesitado de blanqueamiento cultural y étnico mediante la migración y el mestizaje dirigido —exactamente la misma operación que el arco S4 de este blog documentó en la Entrada 3 sobre Guzmán y González.

Peligrosidad política. El levantamiento campesino de enero de 1932, real en su indignación pero exagerado sistemáticamente en su alcance y coordinación por la propaganda oficial posterior, fue suficiente para activar la cuarta y última pieza de la construcción: el indígena occidental salvadoreño se convirtió, en el vocabulario administrativo martinato, en comunista, del mismo modo que el ñáñigo cubano se había convertido, en el vocabulario administrativo colonial español, en insurrecto.

Los cuatro rasgos son los mismos. El cuerpo que los recibe ha cambiado de continente, de idioma, de religión concreta y de color de piel. La operación conceptual que los ensambla es idéntica.

§4. Por qué El Salvador no necesitó una isla

La Entrada 8 dejó planteada la pregunta que esta sección responde. El Salvador de enero de 1932 no tenía geografía insular disponible. El pequeño territorio centroamericano, densamente poblado, no ofrecía la posibilidad material de replicar el modelo Fernando Poo: no había archipiélago propio hacia el cual deportar a treinta mil campesinos.

Esa ausencia geográfica no detuvo la operación. La aceleró y la volvió más letal. Donde el sistema Fernando Poo requería barco, travesía, escala canaria, desembarco, semanas de espera para que la malaria hiciera su trabajo administrativo, el Estado martinato salvadoreño disponía de un territorio nacional compacto, de un ejército y de cuerpos paramilitares desplegables en horas, y de una geografía cafetalera occidental donde la población señalada como peligrosa ya estaba concentrada, sin necesidad de embarque alguno.

La distancia jurídica que en Fernando Poo se lograba mediante el océano, en El Salvador de 1932 se logró mediante el estado de sitio decretado el 22 de enero y la suspensión de garantías constitucionales. El verdugo delegado que en Fernando Poo era el clima ecuatorial, en El Salvador de 1932 fueron las patrullas civiles armadas y las unidades del Ejército actuando con la misma lógica impersonal de ejecución sin proceso judicial individualizado. La categoría previa a la conducta que en Cuba era ñáñigo, en El Salvador fue indio-comunista: el criterio de identificación no era la participación probada en el levantamiento, sino el fenotipo indígena, el idioma náhuat, la vestimenta tradicional, la mera pertenencia geográfica a las zonas cafetaleras occidentales.

El resultado material fue, en proporción demográfica, muchísimo más letal que cualquier oleada de deportación a Fernando Poo. En cuestión de semanas murieron, según las estimaciones historiográficas más citadas, entre diez mil y cuarenta mil personas. Ningún envío cubano a Fernando Poo, ni siquiera acumulando las cifras de todas las oleadas documentadas entre 1862 y 1898, se acerca a esa magnitud concentrada en tan poco tiempo.

§5. La antropología cristiana frente a las dos operaciones

Conviene, al cerrar esta serie, formular con precisión doctrinal lo que ambas operaciones —Fernando Poo y enero de 1932— niegan conjuntamente, y que constituye el criterio último desde el cual esta serie las ha juzgado.

La antropología cristiana sostiene, desde el relato mismo de la creación, que todo ser humano —sin excepción de raza, religión, asociación o convicción política— es imago Dei: portador de una dignidad que no depende de su utilidad social, de su adecuación a un modelo de ciudadano productivo, ni de su clasificación dentro de ninguna taxonomía científica, por refinada que ésta se presente. La criminología positivista que Ortiz sistematizó para el ñáñigo cubano, y que sus herederos intelectuales latinoamericanos aplicaron al indígena centroamericano, invierte exactamente ese principio: hace depender la dignidad —y, en el límite extremo, el derecho mismo a la vida— de una clasificación científica que el propio poder produce y que el propio poder puede, en cualquier momento, revocar.

Ésa es la operación que el Hospital Rosales, estudiado en la entrada gemela de esta serie sobre el arco salvadoreño, simboliza en su forma más ambivalente: el mismo aparato administrativo capaz de curar es capaz de clasificar, y el mismo aparato capaz de clasificar es capaz, en su extremo, de eliminar. Fernando Poo mostró esa operación en su forma insular y colonial. Enero de 1932 la mostró en su forma territorial y republicana. Ninguna de las dos requería, en última instancia, odio personal hacia las víctimas. Requería, solamente, un sistema de clasificación previamente construido y una autoridad dispuesta a activarlo.

§6. El cierre de un arco, la apertura de otro

Con esta Entrada 9 se cierra la Serie III de este proyecto. Ocho entradas antes, en la Entrada 1, formulamos la hipótesis de que Fernando Poo fue la isla que España inventó para no tener que fusilar. Ocho entradas después, esa hipótesis ha quedado documentada en su cronología, en su literatura, en su antropología fundacional, en su comparación continental y, finalmente, en su descendencia intelectual directa hacia el caso que el arco S4 de este mismo blog ha venido reconstruyendo desde el Hospital Rosales hasta el martinato.

Los dos arcos —Fernando Poo y El Salvador liberal-positivista— no son, como advertimos desde la primera entrada de esta serie, la demostración de una conspiración única y continua desde Madrid hasta San Salvador. Son algo históricamente más importante y más inquietante: la evidencia de que una misma operación conceptual, una vez producida en un lugar del mundo hispánico, puede viajar —en libros, en manuales, en categorías científicas, en universidades— hasta reaparecer, sesenta y tres años después y a miles de kilómetros de distancia, con una letalidad todavía mayor.

La investigación de este blog debe continuar ahora hacia adelante en el tiempo: hacia la crisis del martinato, hacia abril de 1944, hacia las décadas de 1950 y 1960, hacia la guerra civil y la reconstrucción de posguerra, tal como anuncia la nota metodológica del arco S4. Pero también debe, en algún momento futuro, completar hacia atrás la propia genealogía de Fernando Poo: seguir a los descendientes de los ñáñigos deportados que hoy forman parte de la memoria viva de Guinea Ecuatorial, y preguntar qué fue de aquella isla cuando dejó de ser española.

Por ahora, el hilo que unía un vapor en el puerto de La Habana con un occidente cafetalero centroamericano ha quedado, esperamos, documentalmente trazado.


Mario Oliva Mancía


Fuentes fundamentales

Ortiz, Fernando. Los negros brujos: apuntes para un estudio de etnología criminal, con carta-prólogo de Cesare Lombroso, Madrid, Librería de Fernando Fé, 1906.

Oliva Mancía, Mario Daniel Ernesto. Ciudadanía e higienismo social en El Salvador, 1880–1932, tesis doctoral, Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, 2011.

Ching, Erik. Authoritarian El Salvador: Politics and the Origins of the Military Regimes, 1880–1940, University of Notre Dame Press.

Lauria-Santiago, Aldo, y Jeffrey L. Gould. To Rise in Darkness: Revolution, Repression, and Memory in El Salvador, 1929–1932, Duke University Press.

Aranzadi, Isabela de. «El legado cubano en África. Ñáñigos deportados a Fernando Poo. Memoria viva y archivo escrito», Afro-Hispanic Review, vol. 31, núm. 1 (Spring 2012), pp. 29–60.

Documentación sobre la fundación del Partido Comunista Salvadoreño, 1930, y su vinculación con el Socorro Rojo Internacional.

Guzmán, David J. Escritos de antropología social y estadística sobre la población indígena salvadoreña, finales del siglo XIX.

Concilio Vaticano II. Gaudium et Spes, Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, 7 de diciembre de 1965, § 24, sobre la dignidad de la persona humana.

Mbembe, Achille. Necropolítica, trad. española, Melusina, 2011, marco conceptual retrospectivo empleado en esta serie.

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