«No basta con que un error sea antiguo para que deje de ser combatido; pero conviene advertir que los errores modernos, revestidos de ciencia y de sociabilidad respetable, penetran con más facilidad en las almas que los antiguos, precisamente porque no se presentan como errores sino como instrumentos neutrales al servicio del progreso.»
Síntesis del argumento doctrinal de León XIII sobre la neutralidad aparente de las instituciones modernas, según el corpus de Humanum genus (1884) y Aeterni Patris (1879).
«De padre francés y madre italiana, Andrés Cassard llegó a ser, sin proponérselo como doctrina sino como oficio, el tejedor de los ritos que la masonería de lengua española repetiría durante más de un siglo.»
Síntesis biográfica a partir del prólogo editorial a Manual de la Masonería, o sea El Tejador de los Ritos Antiguo Escocés, Francés y de Adopción, Andrés Cassard, 1868.
§1. Tres hombres que nunca se sentaron a la misma mesa
La entrada anterior de este Proyecto 1 —«Font y Guillot y la fractura antropológica»— presentó al médico y alcalde de Mayagüez Eliseo Font y Guillot como figura de bisagra entre la medicina, la masonería y la administración liberal caribeña de finales del siglo XIX. Aquella entrada mostraba una persona concreta ocupando simultáneamente varios roles. Esta entrada muestra algo distinto y complementario: no una persona que ocupa varios roles, sino tres personas que, sin haberse conocido entre sí ni haber coordinado jamás sus proyectos, construyeron piezas separadas de una misma infraestructura.
Andrés Cassard, nacido de padre francés y madre italiana, afincado sucesivamente en Cuba y en Nueva York, publicó en 1868 el manual ritual que la masonería de lengua española repetiría, con variaciones menores, durante el siglo siguiente. Ricardo Palma, limeño, iniciado en la logia Cruz Austral del Callao, dirigió desde 1883 la Biblioteca Nacional del Perú, reconstruyéndola tras su destrucción tras la Guerra del Pacífico, y fijó mediante sus Tradiciones peruanas el canon literario nacional de su país. Fernando Ortiz, habanero, discípulo de Cesare Lombroso, publicó en 1906 Los negros brujos, el manual antropológico que la Entrada 5 de la Serie III de este blog ya analizó como fundación científica de la categoría del «negro peligroso».
Ninguno de los tres se propuso fabricar un arma. Cassard quiso ordenar un ritual disperso. Palma quiso salvar una biblioteca y fijar una literatura nacional. Ortiz quiso fundar una ciencia. Los tres, sin embargo, produjeron piezas de infraestructura —ritual, institucional, científica— sin las cuales la operación reconstruida en la Serie III de este blog no habría podido ejecutarse con la eficiencia administrativa que efectivamente tuvo. Esta entrada reconstruye cómo tres oficios aparentemente inocentes —tejer rituales, ordenar bibliotecas, clasificar razas— convergieron en un mismo instrumental.
§2. Cassard: el tejedor que estandarizó la sociabilidad
El Manual de la Masonería de Andrés Cassard, publicado en 1868 y reeditado sucesivamente hasta bien entrado el siglo XX —incluida una edición malagueña de 1872, editada por José Soto—, no es un texto doctrinal en sentido estricto. Es, como su propio subtítulo indica, un tejador de los ritos: un manual de ceremonias, decoraciones, marchas, aperturas, oraciones, exequias, banquetes y discursos, acompañado de un diccionario razonado de términos masónicos.
Su importancia para esta serie no reside en su contenido doctrinal —relativamente convencional dentro del Rito Escocés Antiguo y Aceptado— sino en su función estandarizadora. Antes de Cassard, cada logia hispanoamericana improvisaba sus ceremonias a partir de traducciones parciales, fragmentarias y con frecuencia contradictorias de manuales franceses, ingleses y estadounidenses. Cassard, hombre de tres culturas —francesa por su padre, italiana por su madre, formado y activo entre Cuba y Nueva York—, ofreció por primera vez un ritual unificado y en español correcto, reproducible en cualquier logia desde Montevideo hasta Málaga.
Esa estandarización tuvo una consecuencia que trasciende lo puramente ceremonial. Permitió que un masón formado en Lima reconociera instantáneamente los signos, palabras y procedimientos de una logia en Santiago de Cuba o en Montevideo. Convirtió la masonería hispanoamericana, hasta entonces un archipiélago de prácticas locales, en una red operativamente homogénea. Sin esa homogeneización ritual, la circulación de hombres, ideas y proyectos que las entradas anteriores de este blog han documentado —entre Zaldívar y el Supremo Consejo Centro-Americano, entre Osorio y la logia Víctor Hugo de México, entre Font y Guillot y las redes caribeñas— habría sido mucho más difícil de sostener con la fluidez que efectivamente tuvo.
El «Cassard», como se le conoce coloquialmente en la literatura masónica hasta el día de hoy, no fabricó una doctrina racial ni una técnica de exterminio. Fabricó la infraestructura ritual sobre la cual pudo montarse, después, cualquier otra cosa. Es, en el sentido más literal, el tejedor: quien provee el textil sobre el que otros bordarán figuras que él nunca imaginó.
§3. Palma: la biblioteca como instrumento de la nación liberal

Ricardo Palma representa una pieza distinta del mismo instrumental. Escritor, iniciado en la masonería peruana —vinculado a la logia Cruz Austral del Callao, según el propio testimonio recogido por la historiografía masónica peruana en relación con el almirante Miguel Grau—, Palma fue nombrado en 1883 director de la Biblioteca Nacional del Perú, prácticamente destruida durante la ocupación chilena de Lima en la Guerra del Pacífico. Dedicó las tres décadas siguientes a reconstruirla mediante donaciones, adquisiciones y correspondencia con instituciones de toda Hispanoamérica y Europa.
Simultáneamente, sus Tradiciones peruanas —publicadas en sucesivas series desde 1872— fijaron un canon literario nacional de tono costumbrista, irónico hacia la herencia colonial española y favorable a una lectura liberal, anticlerical en su vertiente moderada, de la historia peruana. La combinación de ambas tareas —bibliotecario reconstructor y literato canonizador— convirtió a Palma en arquitecto de la memoria institucional liberal del Perú de la segunda mitad del siglo XIX.
La conexión con el resto de esta serie es estructural, no anecdótica. Las bibliotecas nacionales liberales que hombres como Palma reconstruyeron o fundaron en toda Hispanoamérica durante ese mismo período —México, Argentina, Chile, Cuba, El Salvador— fueron precisamente los depósitos institucionales donde circularon, se archivaron y se legitimaron los manuales de criminología positivista que esta serie ha venido documentando. Sin biblioteca nacional que lo recibiera, catalogara y prestara a estudiantes de derecho y de medicina, un libro como Los negros brujos de Ortiz habría tenido una circulación mucho más limitada. Palma no escribió antropología racial. Construyó el edificio —literal y simbólico— donde esa antropología encontraría su lugar de conservación y transmisión generacional.
§4. Ortiz: el tercer eslabón, ya documentado
Sobre Fernando Ortiz esta serie ya ha trabajado con detenimiento. La Entrada 5 de la Serie III («El delito de tener otro dios») reconstruyó cómo, discípulo directo de Cesare Lombroso, publicó en Madrid en 1906 Los negros brujos: apuntes para un estudio de etnología criminal, fabricando al ñáñigo cubano como tipo criminal racial, religioso y políticamente irrecuperable. La Entrada 9 de esa misma serie («De Fernando Poo a San Salvador») mostró cómo esa fabricación circuló por las bibliotecas jurídicas y policiales de toda América Latina hasta alimentar, en El Salvador de las décadas de 1920 y 1930, la construcción antropológica del indígena occidental como comunista y prescindible.
Lo que esta entrada añade a ese análisis ya realizado es el contexto infraestructural que hizo posible su circulación. Ortiz no publicó en el vacío. Publicó dentro de un mundo hispanoamericano cuya sociabilidad masónica había sido homogeneizada por el ritual de Cassard, y cuyas instituciones de memoria y conservación bibliográfica habían sido reconstruidas y fortalecidas por bibliotecarios liberales como Palma. El libro de Ortiz pudo viajar, ser catalogado, ser citado, ser enseñado en las nuevas facultades de derecho centroamericanas precisamente porque existía ya una red de sociabilidad e instituciones capaz de recibirlo y distribuirlo.
§5. La neutralidad aparente del instrumental
Aquí conviene formular con precisión doctrinal la tesis que esta entrada defiende, y que el epígrafe inicial ya anticipaba. Ni el ritual masónico estandarizado, ni la biblioteca nacional liberal, ni la ciencia criminológica positivista se presentaron nunca, en su momento histórico, como instrumentos de una operación letal. Se presentaron —y en gran medida así fueron vividos por sus propios artífices— como instrumentos neutrales al servicio del progreso: orden ceremonial, memoria nacional, ciencia objetiva.
León XIII, en el corpus doctrinal que va de Aeterni Patris (1879) a Humanum genus (1884), advirtió precisamente contra esa neutralidad aparente. El naturalismo moderno no se presenta como error frontal, señalaba el pontífice, sino revestido de ciencia y de sociabilidad respetable: precisamente por eso penetra con mayor facilidad que los errores antiguos, que al menos se presentaban como lo que eran. Un ritual, una biblioteca, un manual de etnología no son, en sí mismos, ni buenos ni malos. Son instrumentos. Su moralidad depende enteramente del uso al que se les destine y de la antropología que presupongan.
El problema doctrinal que esta red Cassard–Palma–Ortiz ilustra no es, por tanto, que tres hombres conspiraran para fabricar un dispositivo de exterminio. Es que tres instrumentos aparentemente neutrales —ceremonia, memoria, ciencia— pudieron, sin que ninguno de sus artífices lo previera ni lo deseara, quedar disponibles para una antropología que terminaría clasificando seres humanos según su utilidad, su raza y su peligrosidad, y que en su extremo desembocaría en la matanza que las Entradas 5 a 9 de la Serie III de este blog ya han documentado.
§6. Cierre: lo que esta entrada añade al arco
Con esta entrada se cierra el backlog original de este Proyecto 1 que comenzó con Font y Guillot. La red Cassard–Palma–Ortiz no añade un nuevo eslabón causal a la cadena que va de la masonería liberal decimonónica a la matanza salvadoreña de 1932. Añade algo distinto y necesario: la comprensión de que esa cadena no fue transportada únicamente por decretos, presidentes y generales, sino también —y quizás sobre todo— por manuales rituales, bibliotecas nacionales y tratados científicos que sus propios autores consideraron, de buena fe, contribuciones neutrales al progreso de sus naciones.
Ésa es, precisamente, la advertencia doctrinal más incómoda y más necesaria de formular: los instrumentos que hacen posible la fractura antropológica raramente se presentan a sí mismos como armas. Se presentan como orden, como memoria, como ciencia. Sólo la genealogía paciente —la que este blog ha venido reconstruyendo entrada por entrada— permite ver, retrospectivamente, cómo convergieron.
Mario Oliva Mancía
Fuentes fundamentales
Cassard, Andrés. Manual de la Masonería, o sea El Tejador de los Ritos Antiguo Escocés, Francés y de Adopción, Nueva York, 1868; edición de Málaga, Casa Editorial de José Soto, 1872.
Palma, Ricardo. Tradiciones peruanas, series sucesivas, Lima, 1872 y ediciones posteriores.
Documentación sobre la dirección de Ricardo Palma en la Biblioteca Nacional del Perú, 1883–1912.
Testimonio masónico sobre la logia Cruz Austral del Callao y su relación con el almirante Miguel Grau, recogido en fuentes de historiografía masónica peruana.
Ortiz, Fernando. Los negros brujos: apuntes para un estudio de etnología criminal, con carta-prólogo de Cesare Lombroso, Madrid, Librería de Fernando Fé, 1906.
León XIII. Aeterni Patris, carta encíclica sobre la restauración de la filosofía cristiana, 4 de agosto de 1879.
León XIII. Humanum genus, carta encíclica sobre las sociedades secretas, 20 de abril de 1884.
Entrada previa de este blog: «Font y Guillot y la fractura antropológica».
Entradas 5 y 9 de la Serie III de este blog, sobre Fernando Ortiz y la conexión Fernando Poo–San Salvador.