Del ser a la función · Entrada 3 de 11 · Mario Oliva Mancía
Toda tradición intelectual tiene una cumbre. La del pensamiento occidental sobre la persona humana lleva un solo nombre, escribió en un solo idioma —el latín escolástico— y dejó escritas cuatro páginas breves de la Suma Teológica que ningún autor posterior ha logrado superar. El nombre es Tomás de Aquino. Las páginas son la cuestión 29 de la primera parte. Y la frase que las corona sostiene todavía, aunque el mundo lo haya olvidado, la civilización que llamamos Occidente.
La cuestión 29 de la Suma
Tomás dedica un tratado breve pero denso al concepto de persona en la primera parte de la Suma Teológica (I, q.29). Cuatro artículos que muchos filósofos leen deprisa, sin advertir que ahí queda decidida la estructura entera de una antropología. En el artículo primero recibe y defiende la definición de Boecio contra las objeciones que se le habían acumulado en cinco siglos. En el segundo distingue con precisión los términos afines —hipóstasis, subsistencia, esencia— para evitar confusiones que en teología cristológica resultan fatales. En el tercero da su formulación propia, la que lleva la definición boeciana a su máxima altura. Y en el cuarto, atendiendo al lenguaje trinitario, precisa que persona en Dios significa relación subsistente.[1]
Cada artículo es una operación filosófica rigurosa que responde a objeciones concretas. Pero es en el cuerpo del artículo tercero donde se encuentra la fórmula que atraviesa desde entonces toda la teología y filosofía de la persona.
La afirmación decisiva
Persona significat id quod est perfectissimum in tota natura, scilicet subsistens in rationali natura.[2]
Persona significa lo más perfecto que existe en toda la naturaleza, es decir, un subsistente de naturaleza racional.
Conviene detenerse en el scilicet —«es decir»— porque en él se juega el argumento. Tomás no dice: «persona significa lo más perfecto que existe, y además subsistente en naturaleza racional», como si fueran dos afirmaciones yuxtapuestas. Dice: persona significa lo más perfecto precisamente porque significa un subsistente de naturaleza racional. La perfección máxima está en la subsistencia. Ser en sí mismo, y ser en modo racional, es la cima del orden creado. Toda la argumentación posterior descansa sobre esta identificación entre subsistencia racional y perfección ontológica máxima.
Esto no es piedad ni entusiasmo religioso. Es una tesis metafísica sostenida con argumentos. Y solo puede sostenerse porque Tomás dispone de una herramienta conceptual que ni Boecio ni los capadocios habían articulado con plena claridad: la distinción real entre esencia y acto de ser.
El acto de ser: la clave metafísica
Aquí Tomás introduce su aportación más original y más incomprendida. En toda realidad creada, sostiene, la esencia —lo que algo es— se distingue realmente del acto de ser —el hecho de que sea. Un caballo tiene una esencia caballuna; pero la esencia caballuna no incluye el hecho de existir. Puede haber esencias que jamás se realicen en un individuo concreto. En Dios, en cambio, esencia y ser son idénticos: Dios es su mismo ser, ipsum esse subsistens. Toda criatura tiene una esencia que participa, en modo limitado, del acto puro de ser divino.[3]
Cuando esta metafísica se aplica al concepto de persona, el resultado es decisivo. Una persona no es simplemente una esencia individual; es una esencia individual que subsiste, es decir, que posee su propio acto de ser. La persona es. No en el sentido banal de estar ahí, sino en el sentido pleno: es sujeto de su propio existir, no participa del existir de otra, no depende de un sustrato ajeno para existir. Por eso Tomás puede decir que la persona es lo más perfecto: porque en ella el acto de ser —lo más precioso que hay en el orden creado— alcanza su modo más pleno, el modo del subsistente racional.
De aquí se sigue lo que es preciso captar con toda claridad: la dignidad de la persona no procede de sus capacidades ejercidas, de sus talentos, de sus logros, ni siquiera de su racionalidad en acto. Procede de su acto de ser en cuanto acto de ser de un subsistente racional. Por eso el embrión, el demente, el moribundo y el anciano sumido en el sueño más profundo tienen la misma dignidad que el genio en plena actividad: todos comparten el mismo acto de ser subsistente en naturaleza racional. Todos son igualmente lo más perfecto que existe en toda la naturaleza.
Dueña de sus actos
De este fundamento ontológico se deriva la característica que define a la persona en el orden operativo. Tomás lo formula en el primer artículo de la Prima secundae: solo el agente racional dominium sui actus habet —tiene dominio sobre sus propios actos; solo él es fuente de sus acciones y no meramente cauce de una necesidad natural.[4]
Un mineral se comporta según la necesidad de sus propiedades físicas. Una planta crece según su forma vegetativa. Un animal actúa según sus instintos y estímulos. La persona sola actúa por libre elección, por conocimiento del fin y adhesión a él. Solo ella puede prometer, comprometerse, obligarse, arrepentirse, elegir su propia vocación. Es, en sentido pleno, agente moral.
Y aquí conviene una precisión que la modernidad borra sistemáticamente: esta capacidad de ser dueña de los propios actos no es una función que la persona ejerza; es la consecuencia natural de subsistir en naturaleza racional. Cuando el ejercicio queda impedido —en el niño no nacido, en el enfermo mental, en el anciano demente, en el paciente en coma— la capacidad radical persiste porque persiste la naturaleza. La dignidad y la responsabilidad no se hunden ni se elevan con el ejercicio: se poseen o no se poseen con el ser.
Cuerpo y alma en unidad sustancial
Tomás toma después una decisión antropológica que separa el tomismo de todos los dualismos anteriores y posteriores. La persona humana no es un alma que habita un cuerpo, como sostuvo Platón y como repetirá Descartes. Tampoco es un cuerpo con procesos mentales, como sostiene el materialismo contemporáneo. La persona humana es la unidad sustancial de cuerpo y alma, en la cual el alma es la forma sustancial del cuerpo.[5]
Esto tiene consecuencias inmediatas. Este cuerpo, con su sexo determinado, con su herencia genética, con su historia vivida, con sus marcas y sus cicatrices, no es un vehículo del que la persona pudiera despojarse. Es la manera concreta en que esta persona existe. El transhumanismo contemporáneo —que sueña con replicar la mente en otro sustrato, cambiar de cuerpo como se cambia de traje— rompe con esta antropología en su raíz. No es una nueva posibilidad tecnológica: es la vieja tentación gnóstica reciclada.
Para la medicina esto tiene una consecuencia práctica que conviene enunciar sin rodeos. El médico no atiende cuerpos, no atiende funciones, no atiende sistemas orgánicos. Atiende personas. La dignidad del paciente no se degrada porque su sistema nervioso central se degrade; su cuerpo enfermo o disminuido es el cuerpo de esta persona, y como tal debe ser tratado hasta el último acto de su existencia. La conclusión eutanásica y la conclusión abortiva se derivan siempre del mismo error antropológico: haber pensado el cuerpo como accidente separable de la persona, o haber pensado la persona como función separable del ser.
La analogía trinitaria
El concepto tomista de persona, elevado hasta esta altura, tiene finalmente un último rasgo que corona la construcción. Tomás sostiene que persona no es un concepto que primero se aplique al ser humano y luego, por analogía o por préstamo devocional, se atribuya a Dios. Es al revés. En Dios, persona significa relación subsistente: el Padre es Padre por su relación al Hijo, el Hijo es Hijo por su relación al Padre, el Espíritu procede por su relación a ambos.[6] Cada Persona divina es una relación que subsiste absolutamente.
En el orden creado, persona significa por analogía subsistencia en naturaleza racional. La persona humana no es persona por relación subsistente —solo Dios lo es—, pero es persona porque su ser mismo está ordenado a la relación: al conocimiento, al amor, a la comunión. Está hecha a imagen de la Persona divina.
Este orden de fundamentación es esencial. La dignidad del ser humano no es una dignidad autofundada ni una dignidad concedida por consenso. Es participación de la dignidad absoluta del Dios trino. Perder este anclaje no significa quedarse con «los mismos valores en versión secular», como afirma cierta apologética optimista de la modernidad. Significa quedarse sin fundamento, con valores que solo se sostienen mientras dure la inercia semántica de la tradición que los pensó.
La altura y el descenso
Con esta síntesis, Tomás cierra un ciclo. La palabra que en Roma designaba una máscara, y que en Calcedonia había sido consagrada para nombrar la subsistencia divina y humana en Cristo, alcanza en la Suma su formulación filosófica más rigurosa y más alta. Lo más perfecto que existe en toda la naturaleza es un subsistente de naturaleza racional. Y esta afirmación queda sostenida no por autoridad ni por sentimiento, sino por una metafísica del acto de ser que muestra por qué no puede ser de otro modo.
Después de Tomás, el pensamiento occidental no ha superado esta cumbre. La fórmula de la cuestión 29 es la conclusión rigurosa de una metafísica del ser. En ella queda establecida la altura filosófica más alta que la reflexión occidental sobre el ser humano ha alcanzado jamás.
Todo lo que vino después —el nominalismo, el racionalismo, el empirismo, el idealismo, el positivismo, la fenomenología aplicada a la persona— o bien se apoya secretamente en esta base, o bien la contradice sin sustituirla. En setecientos años, nadie ha ido más allá. Ha habido sobre todo descensos, unos con conciencia clara y otros sin advertirlo.
La cumbre no se supera. Solo se abandona. Y quien la abandona no siempre sabe hacia dónde desciende.
San Salvador, 9 de agosto de 2026
Mario Oliva Mancía
Notas
[1] Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I, q. 29, aa. 1-4. La q. 29 forma parte del Tratado de la Trinidad y establece la doctrina general sobre la persona antes de aplicarla a las Personas divinas.
[2] Summa Theologiae, I, q. 29, a. 3, in corpore.
[3] Sobre la distinción real entre esencia y acto de ser (esse), véase De ente et essentia, esp. caps. 4-5, y Summa Theologiae, I, q. 3, aa. 3-4. La expresión ipsum esse subsistens aplicada a Dios aparece en ST I, q. 4, a. 2.
[4] Summa Theologiae, I-II, q. 1, a. 1, in corpore: «differentia hominis ab aliis irrationabilibus creaturis est quod est dominus suorum actuum».
[5] Sobre la unidad sustancial de cuerpo y alma véase Summa Theologiae, I, q. 76, a. 1: unicidad de la forma sustancial en el ser humano, siendo el alma racional la forma del cuerpo.
[6] Sobre la persona en Dios como relación subsistente véase Summa Theologiae, I, q. 29, a. 4 y I, q. 40, aa. 1-2.
