Las palabras, como símbolos, tienen un poder que nos rebasa no solo en el tiempo, sino que además nos hacen partícipes de una realidad más compleja y maravillosa donde seguramente se encuentra la plenitud humana. Los gestos, rasgos y expresiones de esa magia que nos configuran en la exterioridad son sólo la punta del iceberg que apenas anuncia lo que aún no vemos y que, sin embargo, presentimos. Así, la belleza verdadera solo puede ser integral, y no hay en esto medianías; por tanto, un ser humano en este orden de cosas tendrá un poder tal que nos hará emocionar sin explicación definida, impulsándonos a conquistar lo aparentemente inalcanzable y a soñar más allá de cualquier horizonte conocido. En ocasiones raras y felices, será posible contemplar cómo la continuidad de esta belleza humana crece y se intensifica de manera armoniosa, alcanzando en sincronía lo que muy pocos lograrán. Porque un lenguaje que integra exterioridad e interioridad, como una especie de instrumento que conjuga esencia y existencia, sólo podrá encontrarse en quienes se atrevan a desafiarse. Especie de heroínas y héroes muy difíciles de encontrar, y casi en extinción; pero que aún es posible descubrir, si con fuerza arrancamos la ceguera que nos impone el espíritu de esta época y, en un acto de humildad, intentamos verlos para distinguirlos y rescatarlos, en medio de esta espesa bruma de escepticismo e incredulidad que abate el mundo actual.