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Escribir desde el infierno: la literatura que España no pudo silenciar


«La verdadera libertad no consiste en hacer lo que se quiere, sino en poder decir la verdad sin miedo, incluso cuando el poder trate de silenciarla.»

Síntesis del contenido doctrinal de Libertas praestantissimum, León XIII, 20 de junio de 1888, sobre la naturaleza de la libertad humana.

«He querido dar a conocer al mundo civilizado la suerte que corren los cubanos deportados a Fernando Poo, y he escrito estas páginas para que sirvan de testimonio ante la historia.»

Francisco Javier Balmaseda, Los confinados a Fernando Poo e impresiones de un viage a la Guinea, Nueva York, 1869 (síntesis programática del prólogo).

§1. Los deportados que se convirtieron en escritores

La Corona española concibió el sistema Fernando Poo como una operación de silencio. Los cuerpos irían al Golfo de Guinea, morirían allí sin trámite judicial, y la ausencia de sentencia habría de traducirse en ausencia de archivo. Nadie escribiría sobre ellos. Nadie los defendería en la prensa. Nadie tendría interés metropolitano en preguntar por su suerte. El plan administrativo suponía que la geografía y la enfermedad harían el trabajo material del exterminio, y que la distancia haría el trabajo simbólico del olvido.

El plan falló en un punto que sus diseñadores no anticiparon: algunos deportados sobrevivieron. Y algunos de los que sobrevivieron escribieron.

La literatura del confinamiento en Fernando Poo constituye un corpus modesto en volumen —no llega a la docena de títulos principales— pero decisivo en función historiográfica. Sin esos testimonios, el sistema habría cumplido su objetivo de silencio administrativo. Con ellos, la operación imperial quedó por primera vez descrita desde adentro. Los deportados hicieron con la palabra lo que la Corona había intentado impedir con la geografía: dejaron constancia.

§2. Balmaseda: el testimonio inaugural (1869)

Retrato de Francisco Javier Balmaseda
Francisco Javier Balmaseda y Jullien (1823–1907), deportado del San Francisco de Borja en 1869 y autor del primer testimonio publicado sobre el sistema Fernando Poo. Wikimedia Commons, dominio público.

Francisco Javier Balmaseda, abogado y periodista cubano vinculado al independentismo, había sido detenido durante la primera ola de represión que siguió al levantamiento de La Demajagua. Fue embarcado en la expedición del San Francisco de Borja del 21 de marzo de 1869 —la misma que la Entrada 3 reconstruye documentalmente— y desembarcado en Fernando Poo semanas después. A diferencia de la mayoría de sus compañeros, Balmaseda sobrevivió, logró escapar de la isla aprovechando una escala comercial en el Golfo de Guinea, y consiguió llegar a Nueva York.

En 1869, apenas concluido su periplo, publicó en Nueva York el libro Los confinados a Fernando Poo e impresiones de un viage a la Guinea. Es el primer testimonio publicado sobre la travesía y el destino de los deportados cubanos en la isla africana. El libro combina crónica de viaje, memoria política y protesta jurídica. Describe la sentina del barco, la escala canaria, el desembarco, los trabajos forzados, la malaria, las muertes de compañeros de deportación. Nombra, cuando puede, a los responsables administrativos. Denuncia el uso del sistema por parte de la autoridad colonial como sustituto administrativo del fusilamiento.

La importancia del texto de Balmaseda no reside únicamente en su contenido documental. Reside en el hecho mismo de su existencia. La Corona española había planeado la deportación como operación sin archivo. Balmaseda hizo del archivo su forma de resistencia. Cada página publicada en Nueva York era una página que Madrid no había podido evitar. Cada nombre recordado era un nombre que la burocracia colonial había querido borrar. La palabra, en su forma más elemental, se convirtió en la primera derrota simbólica del sistema.

§3. Valdés Infante: el testimonio del último naufragio (1898)

Casi tres décadas más tarde, cuando el sistema estaba llegando a su fin junto con el propio Imperio español, Emilio Valdés Infante repetiría la operación de Balmaseda con la última gran oleada de deportados. Valdés Infante viajó a bordo del vapor Larache, que zarpó de Cádiz el 30 de marzo de 1897 con 206 ñáñigos y otros deportados a bordo, y desembarcó en Fernando Poo el 16 de abril del mismo año. Formaba parte, por tanto, del contingente más numeroso de deportación política del período pre-independencia.

Valdés Infante publicó en La Habana, en 1898, su testimonio del confinamiento. Su libro es notable por dos razones. Primero, por reconstruir con precisión el itinerario Cádiz–Canarias–Fernando Poo desde la perspectiva del deportado, en un momento en que la documentación oficial del sistema comenzaba a ser depurada por el naciente aparato administrativo de la primera República cubana. Segundo, por sus silencios: aunque viajó con los 206 ñáñigos del Larache, Valdés Infante casi no menciona la presencia de la Abakuá a bordo. Su testimonio, escrito desde la perspectiva del cubano blanco letrado, deja fuera al ñáñigo afrocubano incluso cuando compartió con él la sentina y la isla.

El silencio de Valdés Infante sobre los ñáñigos —observado y documentado por Aranzadi— es en sí mismo un dato historiográfico crucial. La literatura del confinamiento incorpora al cubano blanco letrado en la memoria del sistema, pero mantiene fuera al afrocubano rasgado de la Abakuá, cuya categoría racial y religiosa lo dejaba fuera incluso de la solidaridad de los propios compañeros de deportación. La antropología racial que había construido al ñáñigo como sujeto irrecuperable se prolongaba, sin proponerselo, en el testimonio que denunciaba su misma deportación.

§4. La palabra como forma última de resistencia

La literatura del confinamiento en Fernando Poo constituye un caso ejemplar de lo que la tradición cristiana ha llamado desde los primeros siglos testimonium: el hecho de dar cuenta ante la historia, aun a costa personal, de una verdad que el poder pretende silenciar. Los primeros mártires cristianos escribieron o dictaron sus últimas palabras precisamente porque el imperio romano había planeado su desaparición sin registro. Los deportados a Fernando Poo, en circunstancias históricamente muy distintas, replicaron la operación fundamental: cuando el Estado planea el exterminio como silencio administrativo, la escritura del sobreviviente convierte al muerto en testigo.

Por eso Léon XIII, en Libertas praestantissimum, distinguía con precisión entre dos conceptos de libertad. La libertad falsa del liberalismo político moderno consistía en la ausencia de obstáculos externos para la voluntad individual. La libertad verdadera consistía en la capacidad de decir la verdad y de vivir según ella, aunque el poder la persiguiera. En el sistema Fernando Poo, la primera libertad —la del régimen colonial español, que se declaraba constitucional, moderno y humanitario— fue la que produjo la deportación. La segunda libertad —la del deportado que sobrevivió y escribió— fue la que la denunció.

Balmaseda y Valdés Infante son los dos nombres mayores de esta tradición. Hay otros, menores, que la historiografía reciente está comenzando a recuperar. Sus libros, folletos y cartas dispersas en periódicos cubanos y estadounidenses del siglo XIX componen un archivo alternativo del sistema Fernando Poo, contrapuesto al archivo administrativo peninsular. Ese archivo alternativo es el que permite hoy reconstruir la operación con precisión, no meramente denunciarla en abstracto.

§5. La imposible censura del testimonio

Hay una lección estructural en esta literatura que rebasa el caso concreto de Fernando Poo. Todo régimen que planea el exterminio administrativo como operación sin archivo depende, para el éxito completo de su operación, de que ningún sobreviviente escriba. La modernidad ha refinado esa técnica hasta niveles industriales. Los campos de concentración del siglo XX, los desaparecidos de las dictaduras latinoamericanas del setenta, los silenciamientos judiciales contemporáneos, todos comparten esa dependencia constitutiva del silencio.

Y todos han fracasado, con el paso del tiempo, en el mismo punto. Alguien siempre escribe. Alguien siempre sobrevive lo suficiente para dar testimonio. Alguien siempre convierte el silencio programado en archivo posterior. La palabra desertó, en Fernando Poo, del destino administrativo que la Corona le había asignado. Y con esa deserción, el sistema perdió su condición constitutiva más importante: la del olvido.

Balmaseda escribió en Nueva York en 1869. Valdés Infante escribió en La Habana en 1898. Hoy, ciento cincuenta años después, esta entrada existe porque ellos escribieron. La misma operación se prolonga. La palabra no acepta la geografía que se le impone. Ese es su modo de resistencia.


Mario Oliva Mancía


Fuentes fundamentales

Balmaseda, Francisco Javier. Los confinados a Fernando Poo e impresiones de un viage a la Guinea, Nueva York, Imprenta de la Revolución, 1869–1870.

Valdés Infante, Emilio. Cubanos en Fernando Poo. Horrores de la dominación española en 1897–1898, La Habana, 1898.

Aranzadi, Isabela de. «El legado cubano en África. Ñáñigos deportados a Fernando Poo. Memoria viva y archivo escrito», Afro-Hispanic Review, vol. 31, núm. 1 (Spring 2012), pp. 29–60.

Aranzadi, Isabela de. Cuban heritage in Africa: Deported Ñáñigos to Fernando Po in the 19th century, 2014.

Márquez Quevedo, Xavier. Estudios sobre la escala canaria en las deportaciones a Fernando Poo, 1998.

Prensa cubana y estadounidense del siglo XIX con testimonios de deportados: La Revolución (Nueva York), El Cubano Libre, Diario de la Marina.

León XIII. Libertas praestantissimum, carta encíclica sobre la naturaleza de la libertad humana, 20 de junio de 1888.

Documentación consular estadounidense y británica sobre presencia de deportados cubanos en escalas del Golfo de Guinea, 1869–1898.

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