«…las exigencias de la religión y los bienes de las almas de los proletarios.»

León XIII, Rerum Novarum: sobre la condición de los obreros, 15 de mayo de 1891.

«…cuya religión es trabajar, y cuya recompensa es VIVIR.»

Alberto Masferrer, El Mínimum Vital, en Cuadernos Masferrerianos, núm. 4, San Salvador: Ministerio de Educación, 1975 [1929].

Nota metodológica inicial

El ensayo publicado con anterioridad en este blog reconstruyó el marco doctrinal dentro del cual debe leerse el caso salvadoreño de Alberto Masferrer y Francisco Gavidia: la mutación del positivismo biologicista hacia el vitalismo teosófico después de 1907, la difusión centroamericana del circuito esotérico-liberal, y los datos biográficos que sitúan a ambos autores dentro de ese campo. El presente ensayo no repite esa reconstrucción; la presupone. Su objeto es distinto y más específico: examinar el contenido doctrinal concreto de la obra mayor de Masferrer —El Mínimum Vital— confrontado palabra por palabra con lo que la encíclica social católica de referencia, Rerum Novarum (1891), exige. No se trata de comparar redes sino de comparar textos.


§1. La cuestión social hacia 1891 y su eco centroamericano tardío

El 15 de mayo de 1891 León XIII publicó Rerum Novarum, respuesta magisterial a la miseria obrera producida por la industrialización europea. El texto no defendía el orden económico existente ni proponía el socialismo como remedio; trazaba una tercera vía que la propia encíclica articula con precisión: propiedad privada como derecho natural pero con función social, salario justo no reducido al acuerdo libre de las partes, papel subsidiario del Estado, y un fin último que ninguna de las otras disposiciones puede eclipsar: el cuidado del alma del trabajador. La encíclica fue, en el juicio de la propia tradición eclesial posterior, la Carta Magna del movimiento obrero católico, retomada explícitamente medio siglo después por Pío XI en Quadragesimo Anno (1931) y conmemorada en cada aniversario redondo por los pontífices sucesivos.

El Salvador no produjo una respuesta articulada a la cuestión social hasta casi cuarenta años después. El Mínimum Vital de Alberto Masferrer, escrito entre 1928 y 1929, es el primer texto salvadoreño de ambición comparable: un ensayo que, como Rerum Novarum, parte de la constatación de que la mayoría de la población no puede satisfacer sus necesidades básicas, y que, como la encíclica, propone una arquitectura de derechos mínimos que el orden social debe garantizar. La comparación no es forzada por el ensayista de este blog: es el propio Masferrer quien, en el título y en la estructura de su obra, invita a leerla como programa de justicia social frente a la miseria del proletariado agrario y urbano salvadoreño.

El desfase de cuatro décadas no es casual. La matriz liberal-positivista que gobernaba El Salvador desde 1876 —examinada en los ensayos anteriores de este blog— no tenía, mientras permaneció fiel a su fundamento biologicista, lenguaje disponible para nombrar la cuestión social sin recurrir al catolicismo que su propio proyecto rechazaba. Sólo cuando esa matriz muta hacia el vitalismo teosófico después de 1907 —proceso reconstruido en la entrada anterior— aparece un lenguaje capaz de hablar de justicia, de dignidad y de necesidades humanas sin apelar al Magisterio. Ese lenguaje es el que Masferrer articula en 1929. La pregunta que este ensayo formula es si ese lenguaje, pese a compartir vocabulario y hasta preocupaciones con la doctrina social católica, ofrece lo mismo que ella exige.

Retrato del papa León XIII a finales del siglo XIX
León XIII, retrato publicado en 1898. Fuente: Wikimedia Commons; dominio público.

§2. Los cuatro fundamentos de Rerum Novarum

La encíclica de León XIII no es un catálogo de reivindicaciones materiales; es una arquitectura moral con cuatro pilares que se sostienen mutuamente.

El primero es la propiedad privada como derecho natural, pero no absoluto: la propiedad existe para que el hombre pueda «ser libre y cuidar de su familia», no como acumulación sin límite ni como instrumento de dominación sobre quien carece de ella. El segundo es el salario justo, y aquí la encíclica es explícita en negar que el acuerdo libre entre patrono y obrero baste para calificar un salario de justo: si el salario es insuficiente para sostener dignamente a una familia, la injusticia subsiste aunque el trabajador lo haya aceptado por necesidad. La formulación de León XIII no deja margen de ambigüedad: defraudar a alguien en el salario debido es un gran crimen. El tercero es la subsidiariedad: el Estado tiene deberes reales hacia los más débiles, pero no sustituye a la familia, a la asociación obrera ni a la responsabilidad personal del empresario. El cuarto —y es el que aquí importa más— es el fin último que da sentido a los tres anteriores: el cuidado del alma del trabajador. La encíclica ordena expresamente que se tengan en cuenta «las exigencias de la religión y los bienes de las almas de los proletarios», y por eso exige tiempo para la piedad, protección contra las ocasiones de pecado, y descanso dominical no como concesión laboral sino como necesidad espiritual.

Este cuarto fundamento no es un añadido devoto a un programa por lo demás secular. Es la clave que organiza los otros tres. La propiedad, el salario y la subsidiariedad del Estado importan, en la lógica de Rerum Novarum, porque sirven a un fin que los trasciende: el trabajador no es primariamente una unidad de producción ni siquiera primariamente un ciudadano con derechos económicos, es un alma llamada a un destino eterno, y el orden temporal debe organizarse de manera que no obstruya ese destino sino que lo sirva.

Retrato de Alberto Masferrer hacia 1915
Alberto Masferrer, ca. 1915. Autor desconocido. Fuente: Wikimedia Commons; dominio público.

§3. Los nueve mínimos de Masferrer y su arquitectura inmanente

El Mínimum Vital formula con precisión casi administrativa las necesidades que, en palabras del propio autor, son «primordiales, vitales, supremas, sin cuya satisfacción no hay más que debilidad, degeneración y aniquilamiento». La lista, tal como Masferrer la enumera, comprende: trabajo higiénico, perenne, honesto y remunerado en justicia; alimentación suficiente, variada, nutritiva y saludable; habitación amplia, seca, soleada y aireada; agua buena y bastante; vestido limpio, correcto y buen abrigo; asistencia médica y sanitaria; justicia pronta, fácil e igual; educación primaria plenamente eficiente; y descanso.

La comparación con Rerum Novarum es instructiva precisamente por su cercanía superficial. Masferrer, como León XIII, habla de trabajo justo, de salud, de descanso, incluso de justicia. Pero la lista de Masferrer es, en su estructura misma, un catálogo cerrado de bienes materiales y funcionales. No hay en los nueve puntos una sola referencia a un fin que los exceda: ni al alma, ni a la religión, ni a un destino que se prolongue más allá de la vida biológica que los nueve mínimos buscan proteger y sostener. La justicia que Masferrer reclama —«pronta, fácil e igual»— es justicia procesal y social, no la justicia que en Rerum Novarum se funda en la dignidad de una persona creada a imagen de Dios. El descanso que cierra la lista no es, como en la encíclica, tiempo reservado a la piedad; es recuperación fisiológica de las fuerzas gastadas en el trabajo.

Esto no convierte la lista de Masferrer en trivial ni en falsa. Cada uno de los nueve mínimos es, tomado en sí mismo, una reivindicación legítima que la propia doctrina social católica también sostendría. El problema no está en lo que la lista afirma, sino en lo que omite: no hay en ella lugar estructural para el cuarto fundamento de Rerum Novarum. El vitalismo de Masferrer no niega explícitamente el alma ni la vida futura; simplemente construye su arquitectura de justicia social sin necesitarlas, y ese silencio estructural es, en los términos que este blog ha venido desarrollando desde la entrada anterior, la firma del campo esotérico-liberal: una antropología completa que puede prescindir de la trascendencia sin declararlo como tesis.

§4. La inversión del vocabulario religioso

Lo que en los nueve mínimos aparece como ausencia se vuelve declaración explícita en otro pasaje de la misma obra, y es aquí donde el análisis textual deja de ser inferencia y se convierte en lectura literal. Masferrer describe, hablando en nombre de los vitalistas, un programa que rechaza explícitamente las abstracciones políticas y reclama en su lugar bienes concretos —niños bien alimentados, familias en vivienda digna, trabajadores bien nutridos— para un pueblo que él mismo caracteriza como aquel «cuya religión es trabajar, y cuya recompensa es VIVIR».

La frase final no es retórica ornamental. Es una sustitución doctrinal completa, formulada con el mismo vocabulario que usaría un catecismo y con el contenido exactamente invertido. En la doctrina católica, el trabajo es medio y la salvación del alma es fin; aquí, el trabajo mismo ocupa el lugar estructural de la religión —«cuya religión es trabajar»— y la recompensa, que en toda teología cristiana remite a la vida eterna, se identifica sin mediación con la vida biológica presente —«cuya recompensa es VIVIR», en mayúsculas, como para que no quede duda de que no hay nada detrás de esa palabra que la trascienda—. Masferrer no ataca al cristianismo ni lo menciona; hace algo doctrinalmente más eficaz: ocupa su forma verbal —religión, recompensa— y vacía el contenido trascendente que esas palabras llevaban durante diecinueve siglos de uso cristiano.

Este procedimiento es exactamente el que el ensayo anterior de este blog describió como mecanismo general del campo esotérico-liberal: no la negación frontal de la fe, sino la sustitución de su contenido bajo conservación de su forma. Lo que allí se demostró para la teosofía en general —Cristo reducido a un Maestro entre otros, la resurrección sustituida por la reencarnación, la gracia sustituida por el auto-perfeccionamiento— se verifica aquí en el terreno concreto del lenguaje social salvadoreño: la religión sustituida por el trabajo, la vida eterna sustituida por la vida biológica. El Mínimum Vital no es un tratado teosófico explícito, pero opera con la misma gramática de sustitución que la teosofía formalizó como sistema.

§5. Gavidia frente al mismo estándar

Francisco Gavidia no dejó, como Masferrer, un tratado programático equivalente al Mínimum Vital. Su aportación al problema examinado en este ensayo es puntual pero significativa: el discurso que pronunció en 1933 cuando el régimen de Hernández Martínez le rindió homenaje parlamentario, en el que —según consta en la historiografía disponible— habló a favor de la democracia y en contra del autoritarismo, invocando la oposición clásica entre Atenas y Esparta.

Sometido al mismo estándar que se ha aplicado a Masferrer, el discurso de Gavidia no articula en ningún punto un fundamento trascendente de la dignidad humana frente al autoritarismo que denuncia. Su defensa de la democracia se apoya en la tradición cívica helénica, no en la creación del hombre a imagen de Dios ni en ningún principio que exceda el orden político mismo. Es, en su género, un discurso valioso y valiente —pronunciado, no hay que olvidarlo, ante el propio régimen que había ejecutado la matanza dos años antes—; pero permanece, como el Mínimum Vital, dentro del registro inmanente que caracteriza al campo esotérico-liberal descrito en la entrada anterior. La crítica al autoritarismo no equivale a una ruptura con la matriz antropológica que ese mismo campo comparte con el régimen criticado.

§6. Por qué «desafectos» es la etiqueta equivocada

El proyecto de este blog había previsto originalmente presentar a Masferrer y Gavidia como voces desafectas del higienismo salvadoreño, en diálogo con Rerum Novarum como si esta encíclica fuera el fundamento doctrinal que ellos representaban. El análisis textual realizado en este ensayo obliga a corregir esa formulación.

Rerum Novarum no es el par armónico del Mínimum Vital; es la medida frente a la cual el Mínimum Vital se revela incompleto en su fundamento, no en sus reivindicaciones concretas. Masferrer y Gavidia disienten, con sinceridad y con costo personal, de la brutalidad higienista y del autoritarismo militar. Pero no ofrecen la respuesta católica a la cuestión social que su desacuerdo parecía anunciar; ofrecen una respuesta paralela, construida con vocabulario emparentado, que reproduce en el terreno social el mismo mecanismo de sustitución antropológica que el ensayo anterior de este blog documentó en el terreno doctrinal general del circuito esotérico-liberal centroamericano.

Esto no disminuye el valor literario ni el compromiso social de ninguno de los dos autores, cuya obra sigue mereciendo lectura y reconocimiento en la cultura salvadoreña. Lo que este ensayo sostiene es más preciso: que la pregunta correcta frente a Masferrer y Gavidia no es si fueron fieles o desleales al higienismo que precedió su generación, sino si su respuesta a la miseria social salvadoreña restituyó al trabajador la dignidad trascendente que Rerum Novarum exige, o si —como el análisis textual aquí realizado sugiere— construyó, con la mejor intención, una dignidad sin ese fundamento. La respuesta que este ensayo documenta es la segunda.

Cierre y puente

El presente ensayo ha confrontado, texto contra texto, la arquitectura moral de Rerum Novarum con la arquitectura material de El Mínimum Vital, y ha mostrado que la cercanía de vocabulario entre ambos documentos encubre una diferencia de fundamento que el análisis superficial de redes intelectuales —objeto de un ensayo anterior de este blog— no basta para revelar. Sobre esta base, el arco continuará examinando el caso de Manuel Enrique Araujo, presidente entre 1911 y 1913, cuya vía política —interrumpida por su asesinato— representa una alternativa distinta dentro del mismo período que este ensayo y el anterior han comenzado a reconstruir.


Mario Oliva Mancía


Bibliografía

Fuentes primarias — Magisterio pontificio

León XIII. Rerum Novarum: Carta Encíclica sobre la condición de los obreros. 15 de mayo de 1891.

Pío XI. Quadragesimo Anno. 15 de mayo de 1931.

Fuentes primarias — Corpus contrastado

Masferrer, Alberto. El Mínimum Vital. En Cuadernos Masferrerianos, núm. 4. San Salvador: Ministerio de Educación, Dirección de Publicaciones, 1975 [1929].

Masferrer, Alberto; Trigueros de León, Ricardo (ed.). Leer y escribir; El Mínimum Vital. San Salvador: Dirección de Publicaciones e Impresos, 2000.

Gavidia, Francisco. Discursos, estudios y conferencias. San Salvador: Biblioteca Universitaria, Universidad de El Salvador, 1941.

Fuentes secundarias

Casaús Arzú, Marta Elena. «El vitalismo teosófico como discurso alternativo de las élites intelectuales centroamericanas en las décadas de 1920 y 1930. Principales difusores: Porfirio Barba Jacob, Carlos Wyld Ospina y Alberto Masferrer». REHMLAC, vol. 3, núm. 1 (mayo-noviembre 2011), pp. 82-120.

Oliva Mancía, Mario. Ciudadanía e higienismo social en El Salvador, 1880-1932. Tesis doctoral, Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, 2011.

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