Serie «Al este del Edén: crítica desde el cristianismo». Entrada XVII.

Revistas, festivales y fabricación del prestigio cinematográfico

Antes de vender una ruptura como entretenimiento, hubo que consagrarla como cultura. La taquilla podía demostrar que una película había sido vista; la crítica, los festivales y las revistas especializadas podían conseguir algo más duradero: declarar que aquella obra debía ser admirada, estudiada y recordada.

El dinero decidía qué películas podían rodarse. El distribuidor decidía cuáles llegarían a las salas. La publicidad decidía cuáles serían visibles. Pero todavía faltaba una autoridad capaz de transformar la novedad en prestigio y el escándalo en signo de modernidad.

La crítica no proyectaba la película, pero enseñaba al público culto cómo debía mirarla y a la posteridad cuáles debía conservar.

Esto no significa que todo crítico obedeciera a una ideología única ni que cada premio formara parte de una conspiración. Significa algo más comprobable: una revista, una selección oficial, una reseña influyente o un galardón internacional concedían capital simbólico. Podían abrir mercados, legitimar directores, atraer nuevas inversiones y volver académicamente respetable aquello que antes parecía marginal o moralmente perturbador.

Sellos, premios y reseñas que fabrican prestigio cinematográfico.
Ilustración editorial original para «La crítica consagró la ruptura».

La historia no comenzó con una exclusión de lo católico

Una investigación seria debe empezar por un hecho que impide las simplificaciones. En 1949, Cielo sobre el pantano participó en la décima Mostra Internacional de Arte Cinematográfico de Venecia. El archivo histórico de la Bienal conserva su presencia en aquella edición y también su posterior recuperación en retrospectivas.

La película de Augusto Genina no fue relegada automáticamente por narrar la vida y el martirio de María Goretti. Recibió reconocimiento en Venecia y fue tomada en serio por críticos de primera línea. André Bazin escribió sobre ella un ensayo que la Cineteca de Bolonia ha recuperado: elogió precisamente que Genina evitara la estampita fácil y representara la santidad mediante un realismo exigente.

El dato es crucial. Una obra católica podía ser artísticamente rigurosa, innovadora y reconocida. La oposición real no era entre fe y arte, como después repetiría cierta propaganda cultural. Era entre obras logradas y obras fallidas; entre una representación que penetraba la verdad humana y otra que utilizaba la religión como adorno retórico.

Cielo sobre el pantano prueba que el cine cristiano no estaba condenado a elegir entre verdad y belleza. Su posterior marginación no puede explicarse por una supuesta inferioridad estética inevitable.

Por eso el cambio de los años cincuenta no debe describirse como la sustitución instantánea de un sistema católico por otro completamente secular. Fue una disputa gradual por los criterios de consagración. La pregunta dejó de ser solamente qué película era buena y comenzó a incluir otra: ¿quién tenía autoridad para definir lo moderno?

El prestigio fue una segunda red de distribución

Una película circula materialmente mediante copias, contratos y salas. Pero también circula simbólicamente mediante palabras, premios y jerarquías. Esa segunda distribución determina si una obra será recordada como entretenimiento pasajero, propaganda, escándalo o clásico.

InstituciónActo visibleEfecto cultural
Revista especializadaPublica una reseña o ensayoProporciona vocabulario para admirar o despreciar
Crítico prestigiosoInterpreta la obraConvierte una preferencia en juicio autorizado
FestivalSelecciona una películaLa separa de miles de obras no escogidas
JuradoConcede un premioTransforma la selección en jerarquía
Distribuidor internacionalPromociona el galardónTraduce prestigio en salas y público
Cinemateca o universidadPrograma, restaura o enseñaConvierte la obra en memoria canónica

Ninguno de estos agentes controla por completo el resultado. Un jurado puede premiar una película que el público rechaza; una obra atacada por la crítica puede triunfar en taquilla; un éxito comercial puede desaparecer pocos años después. Sin embargo, cuando revista, festival, distribución y academia convergen, el prestigio comienza a reproducirse a sí mismo.

El premio genera publicidad. La publicidad aumenta la circulación. La circulación produce nuevas reseñas. Las reseñas facilitan retrospectivas. Las retrospectivas convierten el título en materia de estudio. Al final, la obra ya no parece una elección discutible de determinadas instituciones: parece haber ocupado naturalmente su lugar en la historia.

Cahiers du cinéma: el crítico que preparó al autor

Cahiers du cinéma nació en 1951, fundado por André Bazin, Jacques Doniol-Valcroze y Joseph-Marie Lo Duca. La historia preparada por la propia revista recuerda que surgió como heredera de Revue du cinéma y como testigo exigente de los mejores esfuerzos del nuevo arte.

Su importancia no consistió únicamente en recomendar películas. En sus páginas se consolidó una nueva forma de autoridad: el director comenzó a ser contemplado como autor, dueño de una visión reconocible que podía atravesar géneros, estudios y argumentos.

La reivindicación del autor corrigió una injusticia real. El cine no era un producto anónimo y el director no era un simple técnico. Pero el nuevo criterio contenía un riesgo: si la personalidad del autor se convertía en la medida principal, la coherencia de su estilo podía recibir más atención que la verdad de su antropología.

Una obra podía ser celebrada por su lenguaje, su ruptura narrativa o su firma visual aunque ofreciera una imagen degradada de la libertad, la sexualidad o la familia. El juicio moral no era refutado; era desplazado hacia una zona considerada exterior al arte.

Cuando el autor se vuelve soberano, la pregunta “¿qué visión del hombre transmite?” corre el peligro de parecer menos inteligente que “¿qué innovación formal introduce?”.

No todos los colaboradores de Cahiers pensaban igual y sería absurdo convertir la revista entera en un órgano anticristiano. El propio Bazin mostró, al estudiar Cielo sobre el pantano, que el rigor estético podía reconocer la profundidad religiosa. Lo decisivo fue el desplazamiento institucional: el crítico especializado adquirió la capacidad de ordenar el canon y varios críticos terminaron convirtiéndose en directores de la nueva ola francesa.

Cinema Nuovo: la crítica como batalla de ideas

Italia tuvo su propia arena. Cinema Nuovo fue fundada en Milán por Guido Aristarco el 15 de diciembre de 1952. La Enciclopedia del Cine de Treccani documenta su aparición, su red internacional de colaboradores y su papel en el debate cinematográfico de posguerra.

Aristarco, de formación marxista, entendía la crítica como intervención cultural. La revista promovió una cultura cinematográfica realista y discutió cómo superar la simple crónica neorrealista para alcanzar una interpretación histórica y social más estructurada.

Cahiers du cinéma y Cinema Nuovo no defendían el mismo programa. Una enfatizaba progresivamente la política de los autores; la otra examinaba el realismo desde categorías vinculadas al marxismo. Pero ambas demostraban algo común: la crítica ya no aceptaba el modesto papel de informar al espectador. Aspiraba a definir el sentido del cine y, a través de él, a intervenir en la cultura.

La revista se convirtió así en un pequeño parlamento sin sufragio universal. Sus redactores no eran elegidos por el público, pero podían decidir qué director encarnaba el futuro, qué película representaba una regresión y qué innovación merecía convertirse en acontecimiento.

Esto no invalida sus análisis. Muchos fueron intelectualmente brillantes. Pero obliga a reconocer el poder que ejercían. Quien controla el vocabulario de la admiración no obliga físicamente a nadie; hace algo más sutil: vuelve honorable una preferencia y vergonzosa otra.

1960: el jurado corrigió al público

El Festival de Cannes de 1960 ofrece dos casos extraordinarios. La aventura, de Michelangelo Antonioni, fue recibida con abucheos durante su estreno. Sin embargo, el jurado le concedió un premio. El propio archivo del Festival de Cannes afirma que aquella decisión influyó positivamente en el destino posterior de la película.

El dato revela la verdadera función de un festival. El jurado no se limitó a registrar la reacción inmediata de la sala. La contradijo. Declaró que una obra incomprendida o rechazada podía representar, no obstante, una dirección superior del arte cinematográfico. La ficha oficial de Cannes conserva el premio del jurado concedido a Antonioni.

La operación podía ser legítima. El público también se equivoca y una obra difícil no debe ser condenada por el primer abucheo. Pero el episodio muestra que el festival no es un espejo neutral del gusto: es una autoridad que interviene contra el gusto presente para formar el gusto futuro.

En la misma edición, La dolce vita recibió por unanimidad la Palma de Oro. La ficha oficial registra el máximo galardón y la retrospectiva del festival reconoce que la película había provocado en Italia un escándalo moral y ataques desde el periódico vaticano.

De nuevo conviene evitar la caricatura. La película de Fellini no es un anuncio sencillo de la decadencia. Puede leerse como diagnóstico de una sociedad vacía, incapaz de escuchar la inocencia que la llama desde la otra orilla. Precisamente por eso su poder es mayor: denuncia el vacío mediante imágenes que, separadas de la estructura moral del relato, podían convertirse en emblemas fascinantes de aquello mismo que mostraban como enfermedad.

Fellini pudo filmar una autopsia espiritual; la cultura de masas aprendió a vender como estilo de vida algunos de los síntomas del cadáver.

La crítica y el premio no inventaron esa ambivalencia, pero la protegieron bajo la categoría de gran arte. A partir de entonces, objetar el impacto moral de ciertas imágenes podía ser presentado como incapacidad para comprender la complejidad de la obra.

Cuando el escándalo recibió una corona

El enfrentamiento público favoreció paradójicamente a La dolce vita. La condena produjo noticia; la noticia despertó curiosidad; la curiosidad alimentó la taquilla; la Palma de Oro otorgó legitimidad internacional. El escándalo dejó de ser un obstáculo y se convirtió en parte del valor comercial y simbólico de la película.

Una crónica británica de febrero de 1960, conservada por The Guardian, documentó la dura ofensiva de L’Osservatore Romano y la petición de Acción Católica para retirar la obra de circulación. La disputa no se desarrolló en secreto: fue pública, intensa y capaz de multiplicar la atención.

Esto no demuestra que la oposición católica estuviera calculada para promover la película. Demuestra un mecanismo más incómodo: dentro de una cultura que ya empieza a identificar prohibición con oscurantismo, la censura moral puede convertirse involuntariamente en campaña publicitaria para aquello que combate.

El premio internacional completa la inversión. Lo que una autoridad religiosa denuncia como peligro moral, una autoridad cultural lo presenta como obra maestra. El espectador recibe entonces dos mensajes enfrentados: uno habla de responsabilidad; el otro, de prestigio. En una sociedad fascinada por la modernidad, el segundo puede sonar más atractivo incluso antes de examinar la película.

Pío XII comprendió el poder de la crítica

La Iglesia no ignoró este terreno. En Miranda prorsus, de 1957, Pío XII dedicó una sección específica a la crítica cinematográfica. Afirmó que los críticos católicos podían ejercer gran influencia y les exigió iluminar la dimensión moral de las tramas, evitando que el juicio artístico se transformara en coartada para una moral relativa. El texto completo puede consultarse en el archivo del Vaticano.

La advertencia era intelectualmente más profunda que una lista de prohibiciones. Pío XII comprendía que el espectador necesitaba formación para juzgar y que la belleza técnica podía convivir con una antropología destructiva. También rechazaba el extremo contrario: una película moralmente correcta pero artísticamente incompetente no cumplía por ello la misión del cine.

En su discurso sobre El film ideal, había admitido la representación del mal, la culpa y la corrupción. El criterio cristiano no exigía ocultar la noche, sino impedir que la noche fuera presentada como amanecer.

La crítica cristiana no pregunta solamente si el mal aparece en la pantalla. Pregunta desde qué verdad se lo muestra, qué deseo despierta y hacia qué comprensión del hombre conduce.

El fracaso posterior no estuvo en carecer de doctrina. Estuvo, muchas veces, en no conseguir que esa doctrina produjera un lenguaje crítico tan penetrante, atractivo y culturalmente prestigioso como el de las corrientes rivales. Una clasificación podía advertir al creyente; rara vez bastaba para disputar el canon internacional.

Dos maneras de juzgar una película

Crítica cristiana integralTendencia crítica secularizada
Une forma, verdad y bien humanoTiende a autonomizar la forma respecto del juicio moral
Juzga al autor y al espectador bajo una verdad comúnConcede centralidad creciente a la soberanía del autor
Admite representar el mal sin glorificarloPuede identificar transgresión con lucidez o valentía
Pregunta por la dignidad de la persona y el destino de la libertadPrivilegia innovación, ruptura, autenticidad o función política
Forma la conciencia para una elección responsableForma el gusto para reconocer lo nuevo y prestigioso
Considera el efecto sin reducir la obra a propagandaPuede tratar el efecto moral como asunto exterior al arte

La columna derecha describe una tendencia, no a cada crítico ni a toda obra moderna. Hubo críticos seculares capaces de reconocer la grandeza de un film religioso y católicos incapaces de comprender una innovación legítima. La frontera decisiva no coincide perfectamente con las etiquetas institucionales.

Pero la disputa antropológica existió. Cuando la autonomía del arte se interpreta como independencia respecto de toda verdad moral, el crítico termina otorgando indulgencias estéticas: cuanto más reconocible sea la firma del autor, menos pertinente parece preguntar qué hace la obra con el cuerpo, la familia, la culpa o la esperanza.

La fabricación del prestigio no anula la libertad

Hablar de fabricación del prestigio no significa que los espectadores fueran manipulados sin remedio. Podían rechazar una película premiada, amar una obra despreciada por los expertos o interpretar de modo distinto aquello que veían.

Tampoco significa que los premios fueran falsos. La aventura y La dolce vita contienen logros cinematográficos reales. La cuestión no es negar su arte por decreto, sino impedir que el arte funcione como salvoconducto moral.

La fabricación consiste en seleccionar, repetir y jerarquizar. Miles de películas compiten por atención; unas pocas reciben el foco. De esas pocas, algunas son proclamadas acontecimientos. Después, la historia escrita por las instituciones presenta esa selección como si hubiera sido inevitable.

El canon no es una mentira, pero tampoco cae del cielo: lo construyen personas e instituciones que poseen criterios, intereses, convicciones y puntos ciegos.

En 1949, el sistema todavía podía consagrar Cielo sobre el pantano y reconocer una representación austera de la santidad. En 1960, ese mismo espacio internacional coronaba obras que convertían la alienación, la incomunicación y la decadencia en el nuevo lenguaje prestigioso de Europa.

La comparación no demuestra una sustitución mecánica ni permite declarar inmoral todo cine moderno. Demuestra un cambio de centro. La santidad dejó de funcionar como una posibilidad humana culturalmente central; la ruptura, la ambigüedad y el deseo sin hogar comenzaron a ocupar su lugar privilegiado.

Veredicto

La crítica no destruyó por sí sola la antropología cristiana. Tampoco los festivales ejecutaron un plan único. Pero revistas, críticos y jurados participaron en la selección de los relatos que una generación aprendería a llamar modernos.

Su poder no consistió principalmente en imponer una película. Consistió en otorgar nombres: “obra maestra” a una ruptura, “valentía” a una transgresión, “complejidad” a una ambigüedad y “atraso” a determinadas objeciones morales.

Al mismo tiempo, el caso de Bazin y Cielo sobre el pantano demuestra que la respuesta cristiana no puede refugiarse en el antiintelectualismo. Necesita críticos capaces de reconocer la forma, comprender la innovación y juzgar la totalidad de la obra sin arrodillarse ante el prestigio.

La ruptura triunfó culturalmente cuando dejó de parecer una elección antropológica discutible y comenzó a presentarse como la única forma adulta de mirar el mundo.

Pero el prestigio sólo preparó el terreno. La siguiente fase sería más íntima y más profunda: convertir el deseo en fuente de identidad, criterio de autenticidad y promesa de salvación. De la autoridad del crítico se pasaría a la soberanía del impulso.

Ese será el tema de la próxima entrada: “La liberación del deseo”.

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