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La liberación del deseo

Figura humana que rompe límites alrededor del deseo.

Serie «Al este del Edén: crítica desde el cristianismo». Entrada XVIII.

La revolución sexual no comenzó en 1968. Para entonces ya llevaba dos décadas aprendiendo a hablar con el vocabulario de la ciencia, la libertad, la privacidad, la técnica, el cine y el mercado. Mayo del 68 no encendió la primera chispa: convirtió en programa político y estilo generacional un cambio antropológico que había sido preparado mucho antes.

La secuencia puede verse con extraordinaria claridad. El joven rebelde de 1955 todavía pedía un padre verdadero. Un año después, Brigitte Bardot encarnó en la pantalla un deseo que ya no solicitaba ser educado, sino reconocido como expresión inmediata de autenticidad. En 1960 la píldora hizo técnicamente imaginable separar de modo habitual la unión sexual de la fecundidad. En 1965 la discusión entró en el lenguaje jurídico de la privacidad. Y en 1968 la industria cinematográfica estadounidense sustituyó el antiguo código de prohibiciones por un sistema de clasificación que permitía producir y vender contenidos distintos a públicos segmentados.

La rebeldía juvenil discutía quién debía gobernar la vida. La revolución sexual avanzó un paso más: declaró que el deseo no debía obedecer a ninguna verdad anterior a sí mismo.

Contraste entre deseo inmediato, verdad del cuerpo y fecundidad.
Ilustración editorial original para «La liberación del deseo».

No fue una fecha: fue una convergencia

Reducir la revolución sexual a una conspiración dirigida por una sola institución sería históricamente insostenible. Reducirla a una evolución espontánea de las costumbres sería igualmente ingenuo. Fue una convergencia de fuerzas distintas que no necesitaban compartir una dirección central para reforzarse mutuamente.

MomentoTransformaciónEfecto cultural
1948–1953Publicación de los informes KinseyLa conducta íntima se convierte en dato científico y espectáculo público
1955Rebelde sin causaLa conciencia herida del joven adquiere autoridad frente al mundo adulto
1956–1957Y Dios creó a la mujer y expansión de la “Bardomanía”El deseo visible aparece como naturalidad, juventud y modernidad
1960Aprobación anticonceptiva de EnovidLa fecundidad parece quedar bajo administración técnica
1965Griswold v. ConnecticutLa anticoncepción matrimonial entra en el lenguaje constitucional de la privacidad
1968Nuevo sistema de clasificación cinematográficaLa prohibición moral cede terreno a la elección del consumidor por edades
1968Humanae vitaeLa Iglesia responde con una visión integral del amor, el cuerpo y la transmisión de la vida

Ninguno de estos acontecimientos explica por sí solo el proceso. Juntos cambiaron las condiciones de lo imaginable. La conducta fue medida, el cuerpo fue exhibido, la fecundidad fue tecnificada, la intimidad fue juridificada y la transgresión fue comercializada.

Cuando la ciencia describió la intimidad

Los dos grandes informes de Alfred Kinsey —Sexual Behavior in the Human Male, de 1948, y Sexual Behavior in the Human Female, de 1953— trasladaron a la esfera pública prácticas de las que la sociedad hablaba poco o hablaba en secreto. La propia historia institucional del Kinsey Institute reconoce la magnitud del impacto: el primer volumen alcanzó el segundo lugar en la lista de libros más vendidos de The New York Times, superó los 200 000 ejemplares en dos meses y convirtió a Kinsey en celebridad nacional.

Investigar empíricamente la conducta humana no es en sí mismo inmoral. La ignorancia tampoco es una virtud. El problema aparece cuando se desliza, casi sin advertirlo, desde una proposición descriptiva hacia una conclusión normativa: “esto ocurre” comienza a significar “esto es normal”; y “es frecuente” termina interpretándose como “es bueno” o “no puede ser juzgado”.

La estadística puede decir cuántas personas declaran una conducta. No puede decidir por sí sola si esa conducta perfecciona o degrada a la persona. Una encuesta mide frecuencias; no descubre el fin del cuerpo, la naturaleza del amor ni la dignidad del otro.

Cuando el número sustituye a la verdad moral, la mayoría deja de ser un dato y comienza a funcionar como absolución.

Bardot: el deseo recibió un rostro

En 1956, Et Dieu… créa la femme —Y Dios creó a la mujer— convirtió a Brigitte Bardot en un fenómeno internacional. El British Film Institute describe a Juliette como una figura cinematográfica nueva: una joven que manifiesta su propio deseo sexual, presentado como natural y no como desviación, mientras la actuación y la vida pública de Bardot parecían fundirse en una sola personalidad.

La novedad no consistía simplemente en mostrar belleza femenina. El arte cristiano llevaba siglos celebrando la belleza del cuerpo sin confundirlo con mercancía. El desplazamiento estaba en otra parte: el deseo dejaba de recibir significado de la alianza, la fidelidad, la maternidad posible y el bien del otro. Su espontaneidad comenzaba a funcionar como prueba de autenticidad.

Juliette no aparecía sólo como objeto de la mirada masculina. También deseaba, elegía y desordenaba el mundo a su alrededor. Esa afirmación contenía una protesta legítima contra la doble moral que excusaba al varón y castigaba únicamente a la mujer. Pero la corrección de una injusticia fue capturada por una antropología insuficiente: para liberar a la mujer del dominio masculino se la entregó progresivamente al mercado, que descubrió cuánto podía vender utilizando su cuerpo y su imagen.

La estrella no sustituyó al santo únicamente porque recibió admiración. Lo sustituyó porque ofreció un modelo de imitación separado de la virtud. Ya no era necesario preguntar “¿qué clase de persona debo llegar a ser?”, sino “¿qué debo mostrar para ser deseado?”.

La técnica separó lo que el cuerpo mantenía unido

La aprobación de la píldora anticonceptiva no inventó las prácticas anticonceptivas. Lo nuevo fue su eficacia, facilidad y capacidad para convertir la fecundidad en una variable sometida a administración farmacológica cotidiana.

La historia regulatoria de la Food and Drug Administration precisa que Enovid fue presentado en 1957 para trastornos menstruales e infertilidad y que sólo en 1960 recibió aprobación específica como anticonceptivo oral. La distinción es moralmente importante. Una misma sustancia puede emplearse con intención terapéutica o con intención directamente anticonceptiva; la química del comprimido no agota el juicio sobre el acto humano.

Pero culturalmente ocurrió algo mayor que la llegada de un medicamento. La técnica prometió hacer posible una relación sexual desligada de la posibilidad ordinaria de engendrar. El hijo dejó de presentarse necesariamente como fruto potencial del acto y comenzó a aparecer como resultado que podía programarse, evitarse o aplazarse mediante control técnico.

La técnica es un instrumento formidable cuando sirve a la persona. Se vuelve ideología cuando induce a creer que todo lo técnicamente controlable carece ya de significado moral propio. Poder impedir una consecuencia no demuestra que sea bueno separar voluntariamente los significados que la realidad corporal mantiene unidos.

La privacidad no crea la verdad

En 1965, la Corte Suprema de Estados Unidos resolvió Griswold v. Connecticut. El fallo declaró inconstitucional la prohibición del uso de anticonceptivos por matrimonios y reconoció un ámbito de privacidad conyugal protegido frente a la intromisión estatal.

Conviene no falsificar el caso. La sentencia no proclamó que toda conducta sexual fuese moralmente buena, ni abolió el matrimonio como realidad jurídica. Protegió a los esposos frente a una ley penal extraordinariamente invasiva. La tradición cristiana puede reconocer el valor de la intimidad familiar y rechazar que el Estado irrumpa arbitrariamente en el hogar.

El problema posterior fue la ampliación cultural de la categoría. La privacidad comenzó a utilizarse no sólo como límite al poder estatal, sino como si fuera fuente de moralidad. Pero que una conducta no deba ser perseguida penalmente no significa que sea justa; y que una decisión pertenezca al fuero íntimo no significa que quede fuera de la verdad.

La ley puede reconocer un espacio privado. No puede convertir ese espacio en un universo sin bien, sin mal y sin víctimas.

Del código moral al menú clasificado

El cambio de 1968 en Hollywood expresó la nueva lógica con singular nitidez. El sistema anterior pretendía excluir ciertas representaciones por juzgarlas contrarias a un orden moral común. El nuevo sistema clasificó las películas por edades y trasladó una parte decisiva de la responsabilidad a padres y consumidores.

El documento original del sistema de clasificación cinematográfica de 1968 todavía hablaba de dignidad humana, responsabilidad y autocontrol. Incluso afirmaba que el mal, el pecado y el delito no debían justificarse. Sin embargo, el mecanismo industrial había cambiado: el contenido que antes podía quedar excluido del circuito principal encontraba ahora una categoría, una publicidad y un público específico.

No se abolió toda responsabilidad; se transformó su gramática. La pregunta dejó de ser principalmente “¿debe una industria poderosa presentar esto como entretenimiento?” y pasó a ser “¿qué clasificación permite venderlo y a quién?”. La conciencia moral común fue reemplazada progresivamente por la administración del acceso.

La clasificación podía proteger a menores y orientar a los padres. Pero también permitía al mercado absorber la transgresión, etiquetarla y convertirla en segmento rentable. El escándalo dejó de ser obstáculo y se volvió estrategia publicitaria.

La Iglesia no declaró la guerra al deseo

La caricatura más persistente sostiene que la revolución sexual liberó el cuerpo de una Iglesia enemiga del placer. Los documentos dicen otra cosa.

En su discurso de 1951 a las obstétricas católicas, Pío XII insistió en la dignidad de la cooperación humana con la naturaleza y con Dios en el origen de una nueva vida. Reconoció también, bajo condiciones moralmente serias, el recurso a los períodos naturalmente infecundos. No propuso ignorancia biológica, sino ciencia sometida a una visión integral de la persona.

En 1968, Humanae vitae describió el amor conyugal como plenamente humano —sensible y espiritual—, total, fiel, exclusivo y fecundo. Enseñó que la paternidad responsable exige conocimiento de los procesos biológicos, consideración de las condiciones físicas, económicas, psicológicas y sociales, y dominio de la razón y la voluntad sobre las tendencias del instinto.

El mismo documento declara que un acto conyugal impuesto sin considerar la condición y los deseos legítimos del otro no es verdadero acto de amor. Esa afirmación destruye la falsa alternativa entre moral cristiana y dignidad femenina. La Iglesia no bendice la violencia doméstica, la coerción sexual ni el egoísmo masculino. Los condena desde una verdad del amor que juzga tanto al deseo como al poder.

La diferencia esencial no está entre placer y ausencia de placer. Está entre recibir el cuerpo como lenguaje de donación y tratarlo como material disponible para la voluntad.

Libertad cristianaDeseo emancipado de la verdad
El cuerpo expresa a la personaEl cuerpo funciona como material de elección
La libertad incluye dominio de síLa libertad se mide por la eliminación de límites
El placer se integra en el don recíprocoEl placer tiende a legitimarse por su intensidad o consentimiento
La intimidad posee significado unitivo y fecundoLa intimidad se separa de la fecundidad y del vínculo estable
El hijo es don y responsabilidadEl hijo corre el riesgo de aparecer como fallo de planificación
La técnica sirve al bien integral de la personaLo técnicamente posible tiende a presentarse como moralmente disponible
La privacidad protege la dignidadLa privacidad se convierte en argumento contra todo juicio moral

Las injusticias que facilitaron la ruptura

La revolución sexual no habría avanzado con tanta fuerza si no hubiera podido denunciar pecados reales: matrimonios sin ternura, silencio educativo, hipocresía social, violencia contra la mujer, doble moral masculina, maternidades abandonadas y autoridades religiosas incapaces de explicar la belleza de aquello que defendían.

Negar esos abusos sería deshonesto. Pero utilizarlos para abolir la norma moral repite el error que ya vimos en la crisis de la paternidad. Del hecho de que algunos esposos convirtieran el matrimonio en dominación no se sigue que el vínculo sea opresivo. Del hecho de que la castidad fuera enseñada de modo torpe no se sigue que el dominio de sí sea enfermedad. Del hecho de que muchas mujeres fueran reducidas a la maternidad como función social no se sigue que la maternidad carezca de grandeza.

La respuesta cristiana no podía consistir en defender cada costumbre de la sociedad burguesa como si fuera Evangelio. Debía purificarla. Pero la cultura eligió con frecuencia otro camino: confundió la crítica de la hipocresía con la emancipación respecto de toda verdad objetiva.

La profecía incómoda de Pablo VI

Humanae vitae advirtió tres peligros: mayor facilidad para la infidelidad y la degradación moral, reducción de la mujer a instrumento de satisfacción y entrega a los poderes públicos de instrumentos capaces de intervenir en la transmisión de la vida.

Estas advertencias no deben leerse como una ecuación mecánica según la cual cada uso anticonceptivo produce inmediatamente todos esos males. Son un diagnóstico de la lógica cultural que aparece cuando la fecundidad se interpreta como accidente controlable y el cuerpo como territorio de soberanía ilimitada.

El primer beneficiario de esa separación no fue necesariamente la mujer. También lo fue el varón que deseaba placer sin paternidad, el productor que vendía el cuerpo femenino, el publicista que convertía la inseguridad corporal en consumo y el Estado que podía tratar la natalidad de los pobres como problema administrativo.

La promesa era liberar a la persona de las consecuencias no elegidas. El resultado podía ser liberar al más fuerte de la responsabilidad hacia el más vulnerable: el cónyuge abandonado, la mujer utilizada y, finalmente, el hijo considerado inoportuno.

El mercado aprendió a excitar y absolver

La sexualidad posee una fuerza comercial incomparable porque toca deseo, identidad, soledad, belleza, inseguridad y necesidad de pertenencia. El mercado no necesitaba demostrar una filosofía. Le bastaba asociar consumo con emancipación y presentar todo límite como represión.

La industria vendió imágenes de espontaneidad fabricadas con precisión: vestuario, iluminación, fotografía, rumores, revistas, carteles y acceso calculado al escándalo. La estrella aparecía libre mientras su libertad era empaquetada, reproducida y distribuida por empresas.

Así nació una paradoja que sigue gobernando nuestra época: el individuo cree afirmar su singularidad mediante deseos, cuerpos y estilos que han sido industrialmente anticipados. La transgresión se ofrece en serie. La rebeldía compra entrada.

La llamada “liberación del deseo” fue también la liberación del mercado para estudiar, estimular y rentabilizar el deseo humano.

Veredicto

La revolución sexual no fue simplemente el triunfo de la libertad sobre la represión. Fue la sustitución gradual de una antropología por otra.

La visión cristiana afirma que el deseo es bueno en su origen, herido en su ejercicio y llamado a ser educado por la razón, la virtud, el amor y la gracia. La nueva sensibilidad tendió a identificar autenticidad con espontaneidad, autonomía con ausencia de vínculos y responsabilidad con control técnico de las consecuencias.

El cristianismo no teme al cuerpo porque cree que el Verbo se hizo carne. No teme al amor porque afirma que Dios es amor. No teme al placer porque reconoce bienes sensibles queridos por el Creador. Lo que rechaza es la mentira de un placer que promete comunión mientras prepara abandono, o de una libertad que exige disponer del otro sin recibirlo como persona.

La pregunta decisiva nunca fue si el deseo debía existir. La pregunta era quién lo educaría y hacia qué bien. Al desacreditar al padre, a la tradición y a la Iglesia, la cultura no dejó al deseo sin maestros. Lo entregó a la técnica, al experto, al tribunal, a la estrella y al mercado.

En 1955 el rebelde todavía pedía una autoridad digna de obediencia. En 1968 la nueva cultura comenzó a llamar libertad a no deber obediencia ni siquiera a la verdad del propio cuerpo.

El paso siguiente será examinar qué ocurrió cuando esta transformación dejó de presentarse sólo como conducta privada y comenzó a exigir una nueva definición pública del matrimonio, la familia y la normalidad.


Fuentes principales

Mario Oliva Mancia

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