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Médicos jóvenes: más profesionales registrados no significa más plazas dignas

Médica joven salvadoreña en un hospital ante un futuro laboral incierto

SIN TRABAJO — Entrada 11 de 16

El problema de los médicos jóvenes no puede reducirse a contar graduados, registros o plazas. La medicina es una profesión liberal: administra la vida, el sufrimiento y la dignidad de personas concretas. Por eso, una nación debe preguntarse no sólo cuántos médicos forma, sino con qué calidad los forma, cómo los selecciona, bajo qué condiciones les permite ejercer y a qué concepción de la persona queda subordinado su conocimiento.

«El conocimiento histórico no es indispensable para la práctica de la medicina en el sentido estrictamente técnico. Un médico puede tratar una herida con éxito sin saber nada de los métodos usados por Hipócrates y Galeno. Pero la medicina, como profesión liberal, tenía intereses que trascendían el puro utilitarismo. Como parte de la educación, el médico debe estar imbuido de un sentido de la evolución y refinamiento gradual de lo que llega a conocer como verdad científica. Lo que el hombre es, lo puede aprender solamente de la historia. Quien quiera tener una comprensión completa y acabada de los hechos científicos debe estudiar la historia de sus orígenes».

Theodor Puschmann, pasaje utilizado como epígrafe en Mario Oliva Mancía, Ciudadanía e higienismo social en El Salvador, 1880-1932, tesis doctoral, Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, 2011; citado a partir de George Rosen, De la policía médica a la medicina social.

Puschmann: una medicina que no se agota en la utilidad

La cita de Puschmann no es un adorno erudito. Contiene una definición exigente de la medicina. Un profesional puede dominar procedimientos y, sin embargo, desconocer la tradición intelectual, moral e institucional que hizo posible su saber. Puede ejecutar correctamente una técnica y no comprender qué concepción de la persona sostiene esa técnica, quién define sus objetivos ni cuáles son los límites que no debería franquear.

La historia enseña que la medicina nunca ha sido una colección neutral de procedimientos. Siempre ha actuado dentro de una sociedad, bajo leyes, instituciones, intereses económicos, prioridades sanitarias y visiones del ser humano. Precisamente por eso necesita conciencia histórica. El médico que desconoce el origen de sus categorías corre el riesgo de tratarlas como verdades absolutas; y quien desconoce la relación entre conocimiento y poder puede convertirse, aun con buena intención, en ejecutor de decisiones ajenas a la dignidad del enfermo.

Llamar a la medicina profesión liberal significa afirmar que su juicio no debe pertenecer por completo al Estado, al hospital, al asegurador, a la industria, al empleador ni al protocolo. La sociedad concede al médico autoridad porque espera de él conocimiento, prudencia y libertad interior para juzgar. Esa libertad no es arbitrariedad: está limitada por la verdad científica, por la conciencia profesional, por el respeto a la persona y por la responsabilidad ante las consecuencias de sus decisiones.

Un crecimiento estadístico que no explica el empleo

El perfil sanitario de la OPS, basado en registros del Consejo Superior de Salud Pública, informa que los médicos activos pasaron de 7,779 en 2019 a 17,437 en 2024. La densidad reportada alcanzó 28.9 médicos por cada 10,000 habitantes. El aumento es suficientemente grande como para exigir una explicación institucional detallada: nuevos registros, actualización de bases, reincorporaciones, depuración administrativa y crecimiento efectivo de profesionales pueden influir en la cifra. El dato publicado no permite por sí solo separar esos componentes.

En todo caso, “activo registrado” no significa necesariamente “empleado en condiciones estables”. Un médico puede conservar habilitación y trabajar pocas horas; combinar varios empleos; prestar servicios temporales; ejercer fuera del país; sostenerse mediante consulta ocasional; buscar una plaza; dedicarse a una actividad no clínica o abandonar parcialmente la profesión. El registro acredita una condición formal. No describe la calidad ni la continuidad del ejercicio.

Las estadísticas oficiales de educación superior contabilizaron 6,915 graduados en el área amplia de Salud durante 2024. Esa categoría reúne medicina y otras profesiones sanitarias. Por consiguiente, no puede presentarse como número de nuevos médicos ni compararse mecánicamente con el registro profesional.

La conclusión metodológica es decisiva: no puede afirmarse con seriedad que “sobran médicos” ni que existe suficiente cobertura basándose únicamente en registros y densidades nacionales. Para hablar de exceso, escasez o equilibrio se necesita conocer distribución territorial, especialidades, jornadas efectivas, tipo de contrato, remuneración, infraestructura, necesidades epidemiológicas y acceso real de la población.

Del título a la vida profesional: una trayectoria casi invisible

El desempleo médico no comienza el día en que un graduado no encuentra plaza. Se prepara a lo largo de una cadena institucional que debe analizarse completa: admisión universitaria, calidad de la enseñanza básica, formación preclínica, campos hospitalarios, práctica supervisada, internado, servicio social, autorización, búsqueda de empleo, acceso a residencias, especialización, contratación y desarrollo profesional.

Una universidad puede aumentar su matrícula y graduar más médicos sin que el país haya ampliado proporcionalmente los escenarios clínicos, los tutores, las residencias o los puestos de trabajo. En ese caso, el título conserva valor jurídico, pero la formación puede volverse desigual y la inserción laboral queda librada a la capacidad económica, a las relaciones personales o a la improvisación.

También existe un cuello de botella después de la graduación. No todos los médicos pueden acceder a especialización, aunque el sistema necesite especialistas. La distancia entre necesidad sanitaria y número de residencias puede producir una paradoja: médicos generales buscando oportunidades y, al mismo tiempo, servicios con déficit de competencias específicas. La falta de planificación transforma una posible riqueza humana en frustración profesional.

Cantidad sin calidad: el límite de la expansión universitaria

La calidad médica no puede medirse por edificios, matrícula, propaganda o número de graduados. Debe evaluarse por lo que el profesional es capaz de comprender y hacer frente a un paciente real. Esto exige examinar razonamiento clínico, conocimiento científico, habilidades prácticas, comunicación, ética, reconocimiento de límites, capacidad para trabajar en equipo y prudencia ante la incertidumbre.

Las facultades de Medicina, los hospitales docentes y los programas de residencia deberían someterse a auditorías externas orientadas a resultados. No basta comprobar que existen asignaturas y reglamentos. Debe conocerse la suficiencia de los campos clínicos, la relación entre docentes y estudiantes, la calidad de la supervisión, el número real de procedimientos observados y ejecutados, el seguimiento de graduados, la inserción laboral y el desempeño posterior.

La pobreza de una nación también puede medirse por la calidad de sus graduados. Un país que entrega títulos sin garantizar formación sólida aparenta ampliar oportunidades, pero puede estar distribuyendo credenciales sin construir capacidad. Esa pobreza intelectual termina trasladándose a hospitales, universidades, ministerios y direcciones sanitarias.

Mérito y selección jerárquica: elegir a los mejores para servir a todos

Defender el mérito no significa crear una casta cerrada. Significa impedir que el dinero, el parentesco, la afinidad política o la obediencia institucional sustituyan a la competencia. El acceso a residencias, jefaturas, docencia, investigación y dirección hospitalaria debe basarse en conocimientos, habilidades demostradas, experiencia, integridad, capacidad de conducción y resultados verificables.

La selección jerárquica legítima no busca privilegiar a unos pocos, sino asegurar que la ciudadanía reciba el beneficio de los profesionales mejor preparados. Cuando una plaza decisiva se entrega por influencia y no por mérito, el perjudicado no es solamente el candidato competente que fue desplazado. También lo son los pacientes, los estudiantes, los equipos de trabajo y la institución entera.

El mérito, además, no termina con un examen. Debe incluir conducta ética, disposición al aprendizaje, trato humano, responsabilidad y capacidad para reconocer errores. Un profesional brillante pero moralmente irresponsable puede causar daños mayores precisamente porque dispone de conocimientos y autoridad.

Imparcialidad clínica no significa neutralidad moral

El médico debe atender sin discriminar por riqueza, religión, ideología, edad, discapacidad, conducta o utilidad social. Esa es una exigencia de imparcialidad. Pero la imparcialidad no obliga a ser neutral ante el abandono, la negligencia, la falsificación de evidencia, el ocultamiento de riesgos, la experimentación indebida o la subordinación del paciente a intereses ajenos.

Ningún saber es completamente neutral. Todo conocimiento se produce y aplica dentro de instituciones, presupuestos, jerarquías y relaciones de poder. La respuesta no consiste en convertir la ciencia en propaganda partidaria. Consiste en declarar con claridad sus principios rectores: verdad verificable, vida, dignidad humana, justicia y bien común.

La libertad clínica tiene entonces dos enemigos. Uno es la arbitrariedad individual: actuar sin evidencia ni rendición de cuentas. El otro es la obediencia automática: renunciar al juicio propio porque una autoridad, un protocolo o un interés económico ya decidió por el profesional. La medicina liberal debe evitar ambos extremos.

La advertencia del higienismo social: cuando curar se convierte en administrar poblaciones

La investigación doctoral Ciudadanía e higienismo social en El Salvador, 1880-1932 estudió la forma en que el saber médico se vinculó con el proyecto liberal-positivista de organización social. La medicina aportó instrumentos para prevenir enfermedades y mejorar la salubridad, pero sus categorías también pudieron utilizarse para clasificar poblaciones, identificar grupos considerados peligrosos, disciplinar costumbres y definir quién encajaba en el ideal de ciudadanía.

Esta ambivalencia permanece vigente como problema universal. El saber médico puede proteger a la persona o reducirla a variable estadística; puede cuidar al vulnerable o medirlo solamente por costo y productividad; puede acompañar al enfermo o convertirlo en expediente. La técnica no decide por sí misma cuál de esos caminos seguirá. La decisión depende de la antropología y de la moral que orientan a las instituciones.

Por eso, la formación médica necesita historia, filosofía, ética y comprensión social. No para reemplazar a la ciencia clínica, sino para impedir que una ciencia técnicamente eficaz sea utilizada contra la persona. El médico debe saber de dónde proceden sus conceptos y también quién se beneficia cuando esos conceptos se convierten en política.

Vocación, precariedad y seguridad del paciente

La vocación médica no puede emplearse como argumento para justificar salarios insuficientes, contratos inestables, jornadas peligrosas o disponibilidad ilimitada. El servicio y el sacrificio pertenecen a la medicina, pero sólo conservan valor moral cuando son asumidos libremente y dentro de condiciones que no destruyen al profesional.

El médico precarizado puede verse obligado a acumular turnos y empleadores. Esa situación produce una apariencia de ocupación plena, aunque en realidad revele subempleo, fragmentación del tiempo y ausencia de estabilidad. El pluriempleo no siempre es expresión de prosperidad; con frecuencia es el mecanismo mediante el cual el profesional intenta reunir un ingreso suficiente.

El agotamiento no afecta únicamente al médico. Reduce concentración, deteriora comunicación, debilita el juicio y aumenta la posibilidad de errores. Por ello, salario, descanso, seguridad y estabilidad no son concesiones corporativas. Son parte de la protección del paciente.

Distribución territorial: la densidad nacional puede ocultar abandono

Una densidad nacional no revela dónde se encuentran los médicos ni qué servicios pueden prestar. Puede existir concentración en zonas urbanas y, simultáneamente, insuficiencia en comunidades rurales, atención primaria, hospitales periféricos o determinadas especialidades. Tampoco basta trasladar profesionales mediante obligación administrativa si no existen vivienda, seguridad, equipos, medicamentos, supervisión y posibilidades de desarrollo.

Las becas y residencias vinculadas con servicio territorial pueden contribuir a corregir desequilibrios, siempre que ofrezcan condiciones dignas y trayectorias profesionales reales. Obligar sin crear medios no distribuye salud: distribuye precariedad.

Dignificar al que sabe no es crear una élite irresponsable

Quien posee un conocimiento del que depende la vida de otros debe ser dignificado. Esto comprende remuneración justa, estabilidad, descanso, seguridad, autonomía profesional, actualización y posibilidad de ascenso por mérito. La sociedad no concede estas condiciones para situar al médico por encima del paciente, sino para que pueda servir sin humillación, miedo o dependencia indebida.

La dignificación tiene una contraparte: competencia, honestidad, formación continua, trato humano, transparencia y rendición de cuentas. El conocimiento no crea inmunidad moral. Aumenta la responsabilidad. Cuanto mayor es la capacidad de intervenir sobre la vida, mayor debe ser la exigencia ética y profesional.

Cuando un país empobrece, margina o expulsa a sus profesionales competentes, no castiga solamente a individuos. Desperdicia años de formación, debilita sus instituciones y obliga a la población a recibir servicios de menor calidad. La fuga de conocimiento es también una forma de descapitalización nacional.

Qué debería auditar y medir el país

Una política seria necesita un registro longitudinal que siga la trayectoria médica desde la universidad hasta el ejercicio. De forma anonimizada y metodológicamente transparente, debería publicar:

  1. admisión, deserción y graduación por institución;
  2. disponibilidad real de campos clínicos y tutores;
  3. resultados comparables de competencias profesionales;
  4. médicos autorizados, activos y efectivamente ocupados;
  5. tipo de contrato, jornada, pluriempleo e ingresos por rangos;
  6. distribución territorial y nivel de atención;
  7. residencias disponibles, postulantes, criterios de selección y resultados;
  8. especialidades deficitarias y necesidades proyectadas;
  9. migración, retorno y abandono de la profesión;
  10. salud ocupacional, agotamiento y violencia contra el personal;
  11. calidad de la formación continua;
  12. relación entre disponibilidad profesional, tiempos de espera y acceso de los pacientes.

Este sistema no debería utilizarse para castigar universidades o profesionales mediante cifras aisladas. Su finalidad sería orientar formación, contratación, residencias y distribución territorial, distinguiendo con honestidad entre cantidad nominal y capacidad efectiva.

No cuántos médicos, sino qué medicina construimos

El crecimiento de médicos registrados puede constituir una extraordinaria oportunidad. Pero sólo lo será si el país transforma formación en competencia, competencia en empleo digno y empleo digno en atención accesible y humana. De lo contrario, la multiplicación de títulos coexistirá con frustración profesional y necesidades sanitarias insatisfechas.

La pregunta decisiva no es si el país produce demasiados médicos. Es si ha construido una medicina capaz de seleccionar por mérito, distribuir con justicia, respetar la libertad clínica, resistir la instrumentalización del conocimiento y reconocer en cada enfermo una persona cuya dignidad no depende de su utilidad.

Una nación se revela en la manera como forma a quienes curan y en la manera como trata a quienes sufren. Dignificar al médico y proteger al paciente no son objetivos contrapuestos: son las dos dimensiones de una misma responsabilidad nacional.


Fuentes


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