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SIN TRABAJO — Entrada 16 de 16

El desempleo profesional no es solamente una falla del mercado laboral. Es uno de los lugares donde se revela una crisis más profunda: la posibilidad de que una civilización reconozca a la persona mientras resulta útil y comience a olvidarla cuando deja de encajar en sus cálculos. Esta serie termina donde en realidad comenzó: preguntándose qué idea del ser humano permite formar capacidades y después tratarlas como excedentes.

La última pregunta

A lo largo de esta serie aparecieron muchas figuras: el graduado que no consigue su primera oportunidad; la médica que trabaja sin una plaza digna; el abogado que conoce cuántos fueron autorizados, pero no cuántos ejercen realmente; la mujer cuya trayectoria se interrumpe por los cuidados; el profesional que emigra; el que permanece en el país, pero abandona interiormente la vocación para la cual fue formado.

Podrían parecer problemas diferentes. Uno pertenecería a la educación, otro al empleo, otro a la familia, otro a la migración y otro a la tecnología. Sin embargo, todos convergen en una misma pregunta:

¿Para qué sirve una sociedad que educa a la persona y después la declara excesiva?

La contradicción es profunda. Durante décadas se prometió que estudiar significaría ascenso, autonomía, reconocimiento y servicio. La escolaridad se amplió, las universidades se multiplicaron, las especializaciones crecieron y la tecnología abrió nuevas posibilidades. Pero la economía, el Estado y la cultura no siempre construyeron con la misma intensidad los espacios capaces de recibir esas capacidades.

El resultado no es únicamente desempleo. Es también subempleo, migración, pluriempleo, abandono de la profesión, pérdida de la confianza, retraso de proyectos familiares y una sensación más grave: la sospecha de que el conocimiento adquirido ya no garantiza un lugar en la comunidad.

No se trata de un accidente aislado

Sería cómodo pensar que todo se debe a una mala coyuntura económica, a un exceso temporal de graduados o a una deficiente orientación vocacional. Esos factores existen, pero no bastan para explicar la profundidad del fenómeno.

Detrás del profesional descartado aparece una concepción de la persona. Cuando una sociedad valora al ser humano principalmente por su capacidad de producir, consumir, adaptarse o competir, la dignidad práctica queda condicionada al rendimiento. Frente a esa reducción, Dignitas infinita recuerda que la dignidad humana es intrínseca y no depende de la utilidad, la condición ni el reconocimiento social. Mientras la persona responde a la necesidad del sistema, parece valiosa. Cuando enferma, envejece, cuida, duda, protesta o deja de ser rentable, comienza a aparecer como carga.

La expresión obsolescencia de lo humano no significa que la persona haya perdido realmente su valor. Significa que ciertas instituciones pueden comenzar a comportarse como si ese valor dependiera de una función. El problema no está en el hombre, sino en la medida con la que se lo juzga.

Proyectos rivales, una tentación compartida

Desde el inicio de esta investigación se ha seguido una red histórica de ideas: liberalismo, positivismo, secularización, marxismo, democracia de masas, mercado, tecnocracia e inteligencia artificial. No son doctrinas equivalentes. Han combatido entre sí, producido bienes distintos y provocado daños diferentes. No deben reducirse a una sola conspiración ni a un único mando histórico.

Sin embargo, pueden coincidir en una tentación antropológica. El liberalismo puede reducir al hombre a propietario, elector o consumidor. El marxismo puede reducirlo a miembro de una clase y subordinado del sujeto revolucionario. El positivismo puede verlo como elemento de un organismo social administrable. La tecnocracia puede transformarlo en recurso, perfil, riesgo o dato. El mercado absolutizado puede medirlo por salario y rendimiento.

La continuidad no consiste en que todos esos proyectos sean idénticos. Consiste en que todos pueden construir el mundo como si la persona pudiera definirse plenamente desde el poder, la historia, la economía o la técnica, sin referencia a una verdad anterior a cualquiera de ellos.

Cuando esa verdad desaparece, la persona deja de ser fin y se convierte en medio. Puede ser movilizada por la revolución, disciplinada por el Estado, explotada por el mercado o seleccionada por el algoritmo. Cambia el lenguaje, pero permanece la posibilidad del descarte.

La democracia es necesaria, pero no suficiente

La democracia no comenzó en 1789 ni puede reducirse a la Revolución francesa. Tiene antecedentes antiguos, medievales, cristianos y constitucionales. La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano universalizó un lenguaje de libertad e igualdad jurídicas que ayudó a deslegitimar privilegios heredados. Pero la misma revolución mostró que una proclamación universal podía convivir con exclusión política, centralización, persecución y Terror.

La ampliación del voto a trabajadores, campesinos, personas sin propiedad y mujeres fue una conquista real. No debe llamarse ficción. La ficción comienza cuando el acto electoral se presenta como soberanía suficiente aunque la información, los recursos, los partidos, las plataformas o las burocracias concentren las verdaderas capacidades de decisión.

En Centesimus annus, Juan Pablo II reconoció el valor de la democracia cuando permite participación, control y sustitución pacífica de los gobernantes. También advirtió que una democracia sin valores puede transformarse en totalitarismo visible o encubierto.

La alternativa cristiana no consiste en abolir el voto ni restaurar privilegios. Consiste en recordar que la mayoría no crea la verdad, que el Estado no crea a la persona y que la ciudadanía no agota la dignidad humana.

Liberalismo, positivismo y redes de secularización

Durante el siglo XIX, las élites liberales centroamericanas impulsaron Estados más centralizados, economías exportadoras, reformas de propiedad, educación pública y secularización institucional. Parte de ese programa produjo bienes reales: administración civil, infraestructura, expansión educativa y formalización jurídica. También concentró poder, debilitó comunidades tradicionales y subordinó la formación humana a una idea de orden y progreso definida desde arriba.

La masonería encontró espacio dentro de sociedades profundamente católicas no porque sus principios fueran compatibles con la fe, sino porque podía presentarse mediante un lenguaje de fraternidad, filantropía, tolerancia y modernización. Algunas personas conservaron prácticas, símbolos o pertenencia cultural católica mientras asumían, en el ámbito político, una concepción según la cual la ley, la educación y el Estado debían organizarse prescindiendo de la Revelación y de la autoridad doctrinal de la Iglesia. La Declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre las asociaciones masónicas recuerda que esa aparente convivencia social no elimina la incompatibilidad de sus principios con la doctrina católica.

La convergencia se producía menos en una negación pública e inmediata de Dios que en un naturalismo práctico: la fe podía permanecer como identidad privada o cultural, pero dejaba de ser criterio para ordenar la vida común. Esta separación permitía que determinadas élites se consideraran católicas por tradición y, al mismo tiempo, respaldaran programas liberales y laicizantes difundidos también por redes de sociabilidad masónica. Los estudios sobre las conexiones masónicas en las revoluciones atlánticas y sobre masones y élites centroamericanas documentan esa función de enlace sin convertirla en explicación total.

La contradicción sólo era aparente: una sociedad podía continuar siendo mayoritariamente católica en sus costumbres mientras sus instituciones eran reorganizadas progresivamente conforme a una razón pública separada de la trascendencia. Precisamente allí se encontraba el conflicto señalado por la Iglesia: no sólo en una hostilidad abierta, sino en la pretensión de construir el orden humano como si la verdad revelada no tuviera nada que decir sobre la vida social. La masonería importa aquí como una red de enlace dentro de un proceso secularizador más amplio, no como causa única ni como poder omnipotente.

Marxismo: crítica real y ruptura antropológica

El marxismo surgió como crítica del orden liberal burgués, no como simple continuación suya. En Sobre la cuestión judía, Marx reconoció la emancipación política como progreso, pero la consideró insuficiente. Criticó los derechos liberales por proteger, según su interpretación, al individuo propietario y separado de la comunidad.

Los movimientos socialistas contribuyeron posteriormente a la organización obrera, la legislación laboral, la ampliación del sufragio y la protección social. Esa historia impide reducir todo socialismo a una sola forma.

Sin embargo, el marxismo materialista contiene una ruptura incompatible con el cristianismo: cierra la historia a Dios, convierte la lucha de clases en principio explicativo dominante y puede subordinar personas concretas al sujeto colectivo de la revolución. Cuando partido, clase o Estado se presentan como agentes de redención, la promesa emancipadora puede justificar una nueva dominación.

San Óscar Romero evitó las dos cegueras. En su Cuarta carta pastoral rechazó para el cristiano la ideología marxista materialista y atea, pero también advirtió que el miedo al marxismo podía utilizarse para no enfrentar las injusticias del capitalismo liberal.

Su criterio no fue una conciliación ideológica. Fue una doble fidelidad: a Cristo y al pobre concreto. Ningún sistema podía declararse absoluto porque toda estructura debía responder ante la persona sufriente.

La lucha de clases cambia de forma

La lucha de clases nombró conflictos reales de propiedad, salario y poder. Convertida en cosmovisión total, puede dividir a la sociedad entre sujetos redentores y enemigos históricos. Pero la sociedad de mercado también enfrenta a las personas, aunque utilice otro vocabulario: competencia, empleabilidad, ranking, reputación, riesgo y rendimiento.

En el siglo XXI, la lucha se fragmenta. Profesionales compiten por pocas plazas. Jóvenes contra adultos. Trabajadores formales contra informales. Nacionales contra migrantes. Personas concretas contra puntuaciones, filtros y métricas que nadie puede discutir.

La confrontación ya no necesita una plaza revolucionaria. Puede esconderse en una entrevista, una calificación crediticia, una plataforma que distribuye visibilidad o un algoritmo que decide quién merece ser considerado.

Aquí reaparece un nuevo darwinismo social. No es una consecuencia científica de la biología, sino una justificación moral del descarte: quien se adapta merece permanecer; quien produce menos aparece como carga. La inteligencia artificial no inventa este criterio, pero puede amplificarlo cuando las instituciones delegan decisiones humanas en sistemas opacos y después presentan sus resultados como inevitables. Antiqua et nova advierte precisamente que la responsabilidad moral no puede transferirse a la máquina y que la técnica debe permanecer subordinada a la dignidad y al juicio humanos.

Cuando el mercado pretende medirlo todo

El problema no es producir, comerciar ni obtener una ganancia justa. El problema es la mercantilización: la expansión de la lógica del precio hacia dimensiones cuyo valor no puede reducirse al intercambio.

Se mercantiliza la universidad cuando el título se vende sin responsabilidad por el aprendizaje. Se mercantiliza la medicina cuando la rentabilidad determina el tiempo de escucha. Se mercantiliza el arte cuando su valor se mide solamente por audiencia. Se mercantiliza la ciudadanía cuando se convierte en segmento electoral. Se mercantiliza la persona cuando su dignidad práctica depende de salario, productividad o capacidad de consumo.

La pregunta “¿de qué se come?” es legítima cuando recuerda las necesidades materiales de la vida. Se vuelve destructiva cuando clausura toda conversación sobre filosofía, arte, memoria, fe y belleza. Una nación puede llenar centros comerciales y vaciar su mundo interior.

La concentración económica confirma que prosperidad y poder no se distribuyen automáticamente. El World Inequality Report 2026 estima que el diez por ciento superior posee cerca de tres cuartas partes de la riqueza mundial, mientras la mitad inferior conserva aproximadamente el dos por ciento.

Esto no significa que toda persona sea hoy más pobre en términos absolutos. Significa algo más preciso: la capacidad para decidir sobre inversión, tecnología, empleo e información permanece extraordinariamente concentrada.

Especialistas sin horizonte

La especialización es indispensable. Ninguna sociedad compleja puede prescindir de médicos especialistas, ingenieros, juristas, científicos o técnicos. El problema comienza cuando cada profesional conoce una fracción cada vez menor del mundo y nadie se responsabiliza por el conjunto.

La educación fragmentada puede formar competencias para ejecutar procedimientos y, al mismo tiempo, abandonar las preguntas por el bien, la justicia, la belleza y el destino humano. Mientras el estudiante recibe cursos breves y credenciales sucesivas para sobrevivir al siguiente proceso de selección, grandes corporaciones, organismos, partidos y burocracias trabajan con horizontes de décadas.

No es necesario suponer un plan secreto común. Basta reconocer una asimetría demostrable: las estructuras acumulan información, capital, continuidad y capacidad de planificación; el individuo recibe incertidumbre, deuda y obligación de adaptación permanente.

La desvalorización de los sectores intelectuales nace de esa asimetría. El pensador que no produce un resultado inmediato parece inútil. El artista que no entretiene parece improductivo. El profesor que forma criterio es reemplazado por contenidos. El profesional que formula objeciones es sustituido por quien ejecuta sin preguntar.

Una sociedad así no tiene demasiada inteligencia. Tiene miedo de la inteligencia que no puede controlar.

Agenda 2030: objetivos, reservas y riesgo tecnocrático

La Agenda 2030 es un documento público. Contiene objetivos de reducción de pobreza, salud, educación, trabajo decente, paz y cuidado ambiental que pueden coincidir con exigencias del bien común.

También adopta formulaciones contemporáneas sobre derechos, gobernanza mediante metas, género y salud sexual y reproductiva. Algunas admiten interpretaciones incompatibles con la antropología cristiana. Por ello, la Santa Sede acompañó su adopción, pero formuló reservas y aclaraciones expresas.

La posición responsable no consiste en canonizar cada meta ni en atribuir a la Agenda todo mal contemporáneo. Consiste en discernir cada política según criterios anteriores al documento: dignidad de la vida, familia, libertad religiosa, subsidiariedad, soberanía legítima, trabajo digno y destino universal de los bienes.

Existe además un riesgo tecnocrático independiente de las intenciones declaradas. Cuando lo que puede medirse se convierte en lo único que cuenta, la persona desaparece detrás del indicador. La promesa de no dejar a nadie atrás puede fracasar si el sistema sólo reconoce a quien ha podido clasificar.

Romero y la revolución que no descarta

No puede identificarse a Romero con la Revolución francesa, el marxismo ni la Agenda 2030. Su horizonte no fue el hombre autosuficiente, sino Cristo encarnado en la historia.

Denunció estructuras de pecado porque amaba personas concretas. Defendió la organización popular sin absolutizarla. Reclamó transformaciones profundas sin convertir la violencia en sacramento político. Su revolución fue conversión y justicia: cambiar el corazón, las relaciones y las instituciones para que el pobre dejara de ser crucificado.

En Romero, la trascendencia no es evasión. Es el límite que impide al mercado, al Estado, al partido, a la revolución y a la tecnología proclamarse absolutos. Si cada persona pertenece finalmente a Dios, ninguna estructura puede disponer de ella como material sobrante.

La nueva guillotina

La imagen de una nueva guillotina puede conservarse si se utiliza con precisión. No afirma, sin pruebas, un programa coordinado de exterminio físico. Nombra mecanismos de eliminación social.

La nueva guillotina no corta necesariamente cuerpos. Corta trayectorias, vínculos, vocaciones y posibilidades de pertenecer.

Puede manifestarse como desempleo prolongado, salario incapaz de sostener una familia, deuda, migración obligada, abandono sanitario, exclusión digital, silenciamiento intelectual, selección algorítmica o pérdida del sentimiento de utilidad.

La respuesta no consiste en amputar personas ni justificar violencia. Consiste en desmontar estructuras de descarte: corrupción que sustituye mérito, educación reducida a credenciales, opacidad algorítmica, economía extractiva, captura partidaria de instituciones y subordinación de la cultura y el cuidado al lucro inmediato.

Y consiste en reconstruir instituciones humanas: filosofía, historia, arte, literatura y teología dentro de la formación; estrategia nacional entre educación, producción y ciencia; servicio público basado en mérito; asociaciones y cuerpos intermedios; participación de trabajadores; familia, comunidad, solidaridad y subsidiariedad.

Del espectáculo a la responsabilidad

La denuncia puede convertirse también en espectáculo. La indignación que sólo circula en redes termina siendo otra mercancía de la atención. La responsabilidad comienza cuando la crítica se transforma en investigación, formación, organización y servicio.

Para El Salvador esto significa medir el empleo profesional por carrera; publicar trayectorias de graduados; reconstruir la carrera pública; orientar inversión hacia capacidades nacionales; proteger el trabajo ante la automatización; financiar investigación y cultura; y recuperar una educación que no confunda adaptación con destino.

La doctrina social católica recuerda que el trabajo existe para la persona y no la persona para el trabajo. Laborem exercens sostiene la prioridad del trabajo sobre el capital porque el sujeto del trabajo siempre es el ser humano.

Ninguna eficiencia económica puede invertir legítimamente ese orden.

El hombre no es material de descarte

El itinerario de la modernidad política durante los últimos dos siglos y medio no permite trazar una línea causal recta e ininterrumpida desde 1789 hasta la Agenda 2030. Existen continuidades conceptuales, redes de transmisión y convergencias históricas que deben examinarse, pero también rupturas, conflictos y apropiaciones diferentes. La documentación estudiada en esta investigación tampoco permite atribuir a una sola organización la dirección conjunta de tradiciones políticas rivales, sistemas económicos, formas democráticas y desarrollos tecnológicos. Sí permite reconocer, en cambio, convergencias parciales y una tentación antropológica común: reducir a la persona a ciudadano abstracto, miembro de una clase, consumidor, recurso productivo o perfil de datos.

Demuestra algo más profundo: proyectos rivales pueden coincidir cuando pierden una concepción trascendente de la persona.

La ciudadanía sin verdad puede convertirse en manipulación. La revolución sin límite moral puede sacrificar al presente en nombre del futuro. El mercado sin bien común puede poner precio a lo que no debe venderse. La técnica sin responsabilidad puede automatizar el descarte.

El cristianismo no responde restaurando privilegios, rechazando toda democracia ni huyendo de la tecnología. Responde recordando la jerarquía olvidada: la política, la economía, la universidad y la máquina existen para servir a personas creadas a imagen de Dios.

El profesional desempleado no es un residuo de la educación. El anciano no es un costo improductivo. La persona enferma no es un error del cálculo. El artista no es un lujo. El filósofo no es un adorno. El niño por nacer no es una variable y el pobre no es una cifra.

Una civilización puede llamar progreso a su capacidad de sustituir personas. Su verdad se reconoce, en cambio, por las personas que decide no abandonar.

Ésta es la conclusión de la serie: el hombre no existe para servir al mercado, al Estado, a la revolución ni a la máquina. Todas esas realidades existen —o deberían existir— para servir a la persona.


Fuentes primarias y doctrinales

Fuentes secundarias


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