De la escuela de élites al profesional prescindible: tres siglos de educación y la falsa obsolescencia de lo humano

Tres generaciones salvadoreñas ante la escuela, la fábrica y la inteligencia artificial

SIN TRABAJO — Prólogo histórico y antropológico

El Salvador pasó de una educación reservada a pocos a una sociedad que gradúa decenas de miles de personas. El progreso de la escolaridad es real. También lo es una paradoja nueva: nunca hubo tantos títulos y, al mismo tiempo, tanta capacidad humana tratada como reemplazable. La crisis no demuestra que el ser humano sea obsoleto; demuestra que un orden social puede olvidar para qué existen la economía, la técnica y la educación.

Una comparación que exige prudencia

Comparar la escolaridad de los siglos XIX, XX y XXI no consiste en colocar tres cifras en una misma tabla. En el siglo XIX no existían encuestas de hogares comparables con las actuales; cambiaron las edades escolares, los grados obligatorios, las fronteras entre alfabetización e instrucción y la forma de contar escuelas y estudiantes. Los datos históricos describen órdenes de magnitud, no una serie estadística homogénea.

Aun con esa restricción, la trayectoria general es clara:

Período Evidencia disponible Lectura responsable
1850 201 escuelas para varones y 6,696 estudiantes; una escuela por cada 1,854 habitantes La instrucción alcanzaba a una minoría y dependía de una estructura estatal todavía débil.
1892 585 escuelas públicas, 793 docentes y 29,427 estudiantes; una escuela por cada 1,201 habitantes La reforma liberal amplió la red y profesionalizó parte de la enseñanza, pero no creó educación universal.
1950 57.7 % de analfabetismo según el censo citado por Segundo Montes En pleno siglo XX, más de la mitad de la población seguía excluida de la alfabetización.
1961 entre 49.2 % y 52 % de analfabetismo, según universo y fuente; 58 % de los niños de 7 a 13 años no asistía a la escuela La expansión era real, pero lenta, desigual y especialmente insuficiente en el campo y para las mujeres.
2024 89.77 % de alfabetización adulta y 98.24 % entre jóvenes de 15 a 24 años, según UNESCO–Banco Mundial El acceso básico mejoró de manera histórica; persisten rezagos adultos, desigualdad y problemas de aprendizaje.

La conclusión cuantitativa no admite nostalgia fácil: el presente escolariza y alfabetiza a una proporción mucho mayor de salvadoreños que el siglo XIX y buena parte del XX. Idealizar el pasado significaría olvidar a la población rural, a las mujeres y a los pobres que permanecían fuera de las aulas.

Pero tampoco basta celebrar la cobertura. El perfil educativo de UNESCO registra resultados mínimos de aprendizaje preocupantes: en primaria, según la medición de 2019, 29.4 % de los alumnos alcanzó el nivel mínimo en lectura y 7.6 % en matemáticas; en secundaria baja, según la medición de 2022, las cifras fueron 28 % y 10.7 %, respectivamente. Las pruebas y poblaciones no son idénticas, pero juntas plantean una advertencia: estar dentro de la escuela no equivale automáticamente a aprender lo necesario.

El Banco Mundial estimó, en su ficha de capital humano, 10.9 años esperados de escolaridad para un niño salvadoreño, que se reducían a 7.6 al ajustar por lo efectivamente aprendido. La distancia entre tiempo de aula y aprendizaje es una de las fracturas del siglo XXI.

Siglo XIX: modernizar desde arriba

La Universidad de El Salvador fue fundada en 1841 con orientación hacia las artes y profesiones liberales. Durante la segunda mitad del siglo, los gobiernos liberales buscaron construir una administración central, ampliar la escuela pública, secularizar la enseñanza y formar los cuadros requeridos por el Estado y la economía exportadora.

La reforma educativa de 1883–1890 incorporó métodos científicos, higiene, gimnasia, estadística escolar y formación docente. La reforma amplió la instrucción pública, pero no fue ideológicamente neutral. Su programa de centralización y secularización convirtió la escuela en instrumento para reorganizar la sociedad, sustituir la formación católica y producir al ciudadano funcional al nuevo Estado liberal.

Sin embargo, esa modernización convivió con una sociedad profundamente jerárquica. La expansión del café, la concentración del poder y la transformación liberal de la propiedad no produjeron por sí solas ciudadanía educativa universal. El saber profesional se convirtió también en infraestructura del Estado: abogados, médicos, ingenieros, maestros y periodistas formaban una minoría con autoridad cultural desproporcionada respecto de su número.

Aquí aparece la primera ambivalencia. La educación podía liberar de la ignorancia, pero también podía ser utilizada para clasificar, disciplinar y adaptar la población al proyecto de las élites. El positivismo confiaba en la ciencia y el orden como motores de progreso; cuando esa confianza olvidaba la libertad, la tradición, la comunidad o la trascendencia, el ser humano corría el riesgo de quedar reducido a objeto de administración.

Siglo XX: masificación, desarrollo y conflicto

El siglo XX recibió aquella promesa modernizadora y descubrió sus límites. Las reformas de 1940 y de las décadas de 1960 y 1970 ampliaron programas, métodos, medios técnicos y cobertura. La televisión educativa simbolizó una época convencida de que la planificación y la tecnología podían acelerar el aprendizaje.

La escuela se volvió más masiva, pero no neutral. La investigación histórica sobre la reforma de 1960–1980 muestra que la educación quedó entrelazada con teorías de modernización, anticomunismo, conflicto político y cooperación internacional. La universidad, por su parte, se convirtió en espacio de investigación, crítica social, creación cultural y disputa ideológica.

Durante esos años, el intelectual todavía ocupaba un lugar público reconocible. El profesor, el jurista, el médico, el escritor y el universitario no eran únicamente proveedores de servicios. Podían interpretar la nación, interpelar al poder y formar conciencia. Esa autoridad nunca fue pura: podía degenerar en elitismo, ideologización o cercanía con partidos. Pero reconocía que una sociedad necesita pensamiento que no se mide por rendimiento inmediato.

La guerra, la represión, el exilio, la violencia contra docentes y universitarios y la posterior precariedad institucional quebraron muchas de esas continuidades. La expansión educativa continuó, pero el país perdió personas, escuelas de pensamiento y tradiciones académicas que no se reconstruyen sólo aumentando matrículas.

Siglo XXI: más credenciales, menos horizonte

En 2024, El Salvador registró 41 instituciones de educación superior y 32,118 graduados en distintos niveles. La cifra muestra un cambio civilizatorio frente a los 29,427 estudiantes de todo el sistema público registrados en 1892. Sin embargo, el país no publica todavía un seguimiento nacional, periódico y comparable que permita conocer, carrera por carrera, cuántos graduados obtienen empleo relacionado, cuánto tardan, qué salario reciben o cuántos emigran.

La expansión del título ha democratizado oportunidades. También ha producido una nueva vulnerabilidad: cuando las credenciales crecen más rápido que el trabajo calificado, el profesional puede ser tratado como abundante, intercambiable y barato. Su formación deja de conferir autoridad; se convierte en requisito de entrada a puestos que antes no la exigían.

La desvalorización del intelectual no significa que haya demasiadas personas capaces de pensar. Significa que el mercado, el Estado, los medios y las plataformas pueden premiar con mayor rapidez la adhesión, la visibilidad, el contacto o la productividad inmediata que el juicio prudente, la investigación lenta y la verdad incómoda.

La inteligencia artificial intensifica esta tensión. Un estudio conjunto de la OIT y el Banco Mundial estima que entre 26 % y 38 % de los empleos latinoamericanos podría estar expuesto a la inteligencia artificial generativa. Entre 8 % y 14 % podría mejorar su productividad y entre 2 % y 5 % enfrentaría potencial de automatización completa con las capacidades actuales. La mayor exposición se concentra precisamente en empleos urbanos, formales, jóvenes y de educación superior.

Estos porcentajes describen exposición tecnológica, no un destino inevitable. La OIT insiste en que la transformación de tareas es más probable que la eliminación total de ocupaciones. Por eso, proclamar la “obsolescencia humana” como hecho consumado sería conceder demasiado a una ideología que confunde capacidad de cálculo con inteligencia plena.

El nuevo darwinismo social

La amenaza más profunda no es que una máquina redacte, clasifique o diagnostique mejor en determinadas tareas. Es que la sociedad adopte como criterio moral la misma lógica de optimización: quien no produce al ritmo exigido, no se adapta con suficiente rapidez o no ofrece una ventaja competitiva es considerado carga.

Ese mecanismo puede llamarse nuevo darwinismo social cuando convierte diferencias de poder, riqueza, edad, salud o competencia tecnológica en supuesta prueba de superioridad humana. El algoritmo no crea esa doctrina; puede amplificarla cuando las decisiones sobre contratación, crédito, educación, seguridad o atención social se automatizan sin transparencia ni apelación.

En 2024, el papa Francisco describió el darwinismo social como una secuencia que pasa de la indiferencia a la crueldad y, finalmente, al exterminio. La cultura del descarte opera por grados: primero vuelve invisible al débil, después lo excluye y finalmente puede legitimar su eliminación material. No todo algoritmo mata, pero todo sistema que clasifica personas sin reconocer su dignidad prepara la gramática moral del descarte. El problema histórico no exige demostrar un único centro de mando, sino identificar instituciones, intereses y decisiones comprobables.

La semejanza con el siglo XIX no es una identidad, sino una rima histórica. Entonces, la modernización podía clasificar pueblos entre civilizados y atrasados, aptos e ineptos, productivos y obstáculos al progreso. Hoy, la clasificación puede presentarse como puntuación, perfil de riesgo, ranking, productividad o compatibilidad algorítmica. Cambia el instrumento; permanece la tentación de medir el valor de la persona por su utilidad para el sistema.

La respuesta de la antropología cristiana

La fe cristiana niega de raíz que el ser humano pueda volverse ontológicamente obsoleto. Una persona puede perder un empleo; nunca pierde su dignidad. Puede necesitar ayuda; no se convierte en residuo. Puede ser superada por una máquina en cálculo, memoria o velocidad; ninguna máquina posee por ello conciencia moral, libertad responsable, corporalidad vivida, apertura a Dios ni vocación al amor.

La declaración Dignitas infinita afirma que la dignidad corresponde a toda persona por su propio ser, más allá de su estado o circunstancia. Antiqua et nova distingue la inteligencia humana —encarnada, relacional, moral y abierta a la verdad— de sistemas que procesan datos y producen resultados. Magnifica humanitas advierte que ninguna máquina puede sustituir el esplendor de la humanidad revelada plenamente en Cristo.

Esto no obliga a rechazar la técnica. Obliga a someterla a fines humanos. La pregunta cristiana no es sólo qué puede automatizarse, sino qué no debe abandonarse: el juicio moral, la responsabilidad, el encuentro, el cuidado, la formación de conciencia, la decisión sobre la vida y el reconocimiento del débil.

El gran reto de supervivencia material y espiritual

El desafío del siglo XXI no consiste en competir con la máquina hasta parecernos a ella. Consiste en reconstruir instituciones que necesiten personas completas.

Materialmente, El Salvador debe mejorar el aprendizaje real, publicar resultados laborales de graduados, crear trabajo calificado, proteger las transiciones tecnológicas y garantizar que la productividad se traduzca en mejores salarios y tiempo humano. Espiritualmente, debe recuperar una educación capaz de enseñar verdad, libertad, responsabilidad, belleza, servicio y trascendencia.

No estamos ante un problema completamente nuevo. Cada época ha intentado sacrificar personas a un ídolo: imperio, raza, clase, partido, mercado o técnica. Lo nuevo es la escala, la velocidad y la capacidad de convertir decisiones opacas en procedimientos automáticos.

La historia de los tres siglos deja una lección: ampliar la escuela fue una victoria; convertir el título en mercancía no lo es. Desarrollar tecnología puede ser progreso; declarar prescindible al trabajador no lo es. Formar especialistas es necesario; renunciar a los humanistas, maestros, filósofos, científicos, artistas y creyentes que preguntan por el sentido sería una forma de empobrecimiento nacional.

El ser humano no necesita demostrar que merece existir. La economía, la universidad y la técnica son las que deben demostrar que sirven a la persona.


Nota metodológica

  • Las cifras de 1850 y 1892 son registros de escuelas y estudiantes, no tasas modernas de matrícula. No se comparan directamente con alfabetización adulta ni con años esperados de escolaridad.
  • Para 1950 y 1961 se reproducen cifras censales analizadas por Segundo Montes, quien advirtió variaciones entre fuentes y universos estadísticos.
  • La alfabetización de 2024 procede de UNESCO–UIS, difundida por el Banco Mundial. Alfabetización básica no equivale a comprensión lectora avanzada ni a calidad educativa.
  • Los indicadores de aprendizaje de UNESCO corresponden a evaluaciones y años específicos; sirven para mostrar el problema de calidad, no para establecer una tendencia secular homogénea.
  • La exposición a inteligencia artificial es una estimación regional de tareas y ocupaciones. No permite calcular por sí sola pérdidas de empleo en El Salvador.

Fuentes primarias y estadísticas

Fuentes históricas y secundarias

Fuentes doctrinales


Serie: La generación sin horizonte
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