El rostro de la santidad. Segunda entrega.
La muerte de María Goretti no terminó en el hospital de Nettuno durante la tarde del 6 de julio de 1902. Aquel crimen dejó una herida abierta en su familia y comenzó, al mismo tiempo, un largo proceso de memoria, discernimiento y esperanza.
En la primera entrega recuperamos a la niña real que existió antes del icono. Ahora debemos seguir el camino por medio del cual aquella vida campesina, casi anónima y sin fotografía auténtica, llegó a convertirse en una presencia universal dentro de la Iglesia y de la cultura del siglo XX.
Este tránsito no fue automático. Entre el crimen y la canonización mediaron el testimonio de su madre, el expediente penal, la conversión del agresor, la devoción popular, el proceso canónico, la predicación de Pío XII y una película que dio a María un rostro visible ante millones de espectadores.
En el centro de toda esta historia permanece el perdón.
Según el testimonio de Assunta Goretti, María perdonó a Alessandro Serenelli antes de morir y manifestó su deseo de encontrarlo algún día en el cielo. Desde la fe cristiana, estas palabras no fueron una negación del crimen. Constituyeron el último acto de una libertad que la violencia no consiguió dominar. [1]
El perdón cristiano no declara inocente al culpable, no destruye la memoria de la víctima ni elimina la responsabilidad penal. Juan Pablo II insistió, durante el primer centenario de la muerte de María, en que el perdón exige reconocer el pecado y asumir la responsabilidad. Misericordia sin verdad se convierte fácilmente en encubrimiento; justicia sin posibilidad de conversión puede reducir para siempre a una persona a su peor acto. [2]
Por tal razón, el ejemplo de María tampoco debe utilizarse para imponer a otras víctimas una reconciliación inmediata, silenciar una denuncia o impedir la actuación de la justicia. Su perdón fue libre. Convertirlo en obligación social significaría traicionar aquello que se pretende admirar.
La memoria cristiana de María comenzó a organizarse muy pronto. Las primeras crónicas registraron el crimen; después aparecieron textos que interpretaron su resistencia como testimonio de fe. En 1904, Carlo Marini consolidó la expresión «mártir de la pureza». En 1929, Aurelio della Passione publicó la primera biografía extensa, cuya difusión ayudó a llevar la historia más allá del ambiente local.
La causa informativa diocesana se abrió en Albano Laziale el 31 de mayo de 1935 y fue introducida ante la Congregación de Ritos en 1938. María fue beatificada el 27 de abril de 1947. Tres años después, el 24 de junio de 1950, Pío XII presidió su canonización en una plaza de San Pedro desbordada por una multitud excepcional. [3]
Aquí debemos distinguir dos archivos y dos preguntas. El expediente penal buscó reconstruir el crimen, establecer la responsabilidad y determinar la pena. El proceso canónico reunió testimonios para discernir la fama de santidad, las virtudes cristianas y el martirio. Ninguno debería ser utilizado para borrar al otro.
El tribunal no podía pronunciarse sobre la santidad; la causa canónica tampoco podía sustituir la investigación judicial. La verdad histórica necesita ambos planos: el crimen debe ser nombrado con toda su gravedad y el testimonio espiritual debe examinarse sin prejuicios.
La memoria universal de María Goretti fue transmitida y configurada por la Iglesia a partir de hechos, testimonios y un discernimiento público; no fue una santidad inventada por la propaganda. Toda memoria posee una arquitectura: conserva fechas, ordena testimonios y reconoce un significado. En este caso, el núcleo histórico —la agresión, la resistencia de la víctima, la muerte y el perdón— no quedó abolido por la interpretación católica, sino iluminado como testimonio de una libertad que el agresor no consiguió someter.
En el caso de María Goretti, el núcleo permanece reconocible: pobreza extrema, hostigamiento sexual, agresión mortal, resistencia, perdón y muerte. La interpretación cristiana no elimina estos hechos. Afirma que la víctima no quedó definida por aquello que le hicieron y que el mal no pudo poseer su última palabra.
La canonización de 1950 perteneció también a una Europa herida. La Segunda Guerra Mundial había dejado millones de muertos, ciudades destruidas y una profunda crisis espiritual. En aquel ambiente, las figuras de santos, mártires y testigos adquirieron una fuerza particular: permitían organizar el duelo, recuperar modelos morales y recordar que la dignidad humana no dependía del poder político ni de la eficacia material. [4]
María reunía rasgos capaces de hablar con especial fuerza a aquella sociedad: provenía del mundo campesino, había conocido el hambre y el trabajo, sufrió la muerte de su padre, resistió la violencia y perdonó al agresor. No era una santa salida de los palacios ni de los grandes centros de cultura. Procedía de una casa pobre levantada en medio del pantano.
Pío XII no redujo su santidad al momento de la agresión. En el discurso pronunciado durante la canonización recordó también el amor a sus padres, el trabajo cotidiano, la pobreza sostenida por la confianza, la oración, el deseo eucarístico y el perdón. La santidad de María no consistió solamente en un «no» pronunciado frente al agresor, sino en una forma completa de vivir. [1]
La conocida fórmula «mártir de la pureza» debe comprenderse dentro de este horizonte. Pureza no significa desprecio del cuerpo ni miedo a la sexualidad. Significa libertad frente a la coacción y reconocimiento de que el cuerpo pertenece a la dignidad de la persona, no al deseo posesivo de otro.
Sin embargo, esta fórmula puede ser deformada. María no fue santa porque su cuerpo hubiese permanecido materialmente intacto: fue herido hasta causarle la muerte. La santidad se refiere a su libertad moral, no a una propiedad biológica que la violencia pudiera arrebatarle.
Una agresión sexual nunca mancha moralmente a la víctima. La culpa pertenece al agresor. Una persona paralizada por el miedo, sometida por la fuerza o incapaz de resistir conserva plenamente su dignidad. La resistencia heroica de María revela una posibilidad extraordinaria; no establece una medida cruel para juzgar a quienes sobreviven de otra manera.
Mientras avanzaba la causa canónica, surgió otro problema: María Goretti no poseía un rostro fotográfico auténtico. Su nombre se extendía, pero su apariencia permanecía abierta. La pintura y la estampa habían intentado ocupar aquel vacío; el cine lo haría con una potencia desconocida hasta entonces.
En 1949, Augusto Genina estrenó Cielo sulla palude, protagonizada por la adolescente Inés Orsini. La película apareció después de la beatificación y durante la fase final que conduciría a la canonización. No creó la devoción desde cero; pero convirtió una historia conocida en experiencia visual y acompañó su expansión internacional. [5]
Desde entonces, millones de personas recordarían a María mediante los ojos, la voz y los gestos de otra adolescente. El rostro de Inés Orsini comenzó a ocupar el espacio dejado por la ausencia de una fotografía auténtica. La actriz no se limitó a interpretar a una santa ya fijada visualmente: intervino en la formación misma de su memoria pública.
Federico Vitella ha mostrado cómo la prensa católica, particularmente Famiglia Cristiana, presentó a Orsini mediante portadas, reportajes, peregrinaciones y encuentros con Assunta Goretti. La distancia entre actriz y personaje comenzó a estrecharse. Para muchos lectores, «María Goretti» parecía viajar, escribir y volver a encontrarse con su madre. [6]
Aquí aparece la grandeza y el peligro de la imagen religiosa. El arte puede hacer visible una realidad espiritual y ayudar a contemplarla; pero también puede confundir la mediación con aquello que representa. Inés Orsini no era María Goretti. Su actuación no constituía una canonización y la semejanza percibida no era una prueba sobrenatural.
Sin embargo, sería superficial despreciar la emoción popular. El rostro cinematográfico permitió que una historia distante se volviera próxima para millones de personas. La imagen no creó la santidad, pero contribuyó a darle una presencia cultural que desbordó la pantalla.
De esta manera, una niña sin fotografía auténtica llegó a convertirse en uno de los rostros espirituales más reconocibles del siglo XX. Primero estuvo el acontecimiento: pobreza, agresión, muerte y perdón. Después vino el discernimiento: testimonios, proceso canónico, beatificación y canonización. Finalmente apareció la imagen: estampa, predicación y cine.
La memoria de María Goretti continúa siendo necesaria porque devuelve dignidad a la víctima sin reducirla a lo que sufrió. Su historia afirma que el cuerpo no es mercancía, que la violencia no crea derecho, que la justicia no excluye la misericordia y que la muerte no posee necesariamente la palabra final.
Pero también nos deja una pregunta decisiva: ¿qué sucede cuando el cine presta un rostro a la santidad? Esa pregunta nos conduce directamente hacia Augusto Genina, el director que debió buscar entre miles de adolescentes una presencia capaz de representar aquello que ninguna fotografía había conservado.
Fuentes consultadas.
[1] Pío XII, discurso a los fieles reunidos para la canonización de Santa María Goretti, 24 de junio de 1950. Fuente magisterial primaria.
[2] Juan Pablo II, mensaje por el primer centenario de la muerte de Santa María Goretti, julio de 2002. Fuente magisterial primaria.
[3] Dicasterio de las Causas de los Santos, registro de la canonización de Santa María Goretti, 24 de junio de 1950. Registro eclesial institucional.
[4] Daniela Cavallaro, «Saints on Stage: Popular Hagiography in Post-WWII Italy», Religions 12, núm. 3, 2021. Estudio académico sobre la hagiografía popular de posguerra.
[5] Torino Film Festival, ficha de Cielo sulla palude. Fuente cinematográfica institucional.
[6] Federico Vitella, «Santa diva. Maria Goretti, Ines Orsini e il discorso divistico cattolico». Estudio sobre la superposición pública entre actriz y santa.
Documentos complementarios. Isabella Pera, «Maria Goretti, santa», Dizionario Biografico degli Italiani, vol. 70, Treccani, 2008; Archivio di Stato di Roma, Corte di Assise di Roma, año 1902, b. 78, f. 42; Aurelio della Passione, La S. Agnese del secolo XX: Santa Maria Goretti, martire della purità, Nettuno, 1929.
Próxima entrada: Augusto Genina: el director que buscaba un rostro para María Goretti.
San Salvador, 14 de julio del 2026.
Mario Oliva Mancia.