El rostro de la santidad. Tercera entrega.
La historia de santa María Goretti no puede comprenderse enteramente sin detenerse ante la figura de su madre. Assunta Carlini Goretti suele aparecer en un segundo plano: trabajando en el campo, acompañando a su hija durante sus últimas horas o presenciando, muchos años después, su canonización. Sin embargo, su papel fue mucho más profundo.
Assunta no fue solamente la madre de una santa. Fue la primera custodia de su memoria y el vínculo humano entre la niña que había conocido en la intimidad familiar y la figura universal que posteriormente recibirían la Iglesia, la prensa y el cine.
Recibió la herida de perder a una hija y asumió la responsabilidad de transmitir su legado sin separar la santidad de la niña real.
Una maternidad marcada por la pobreza
Assunta Carlini y Luigi Goretti formaron una familia campesina sometida a condiciones de extrema precariedad. Como muchas familias rurales italianas de finales del siglo XIX, tuvieron que abandonar su lugar de origen y buscar trabajo en otras regiones.
Su desplazamiento los condujo finalmente al Agro Pontino, una zona de tierras pantanosas donde la malaria, el aislamiento y la dependencia de los propietarios agrícolas hacían especialmente difícil la vida de los trabajadores.
La pobreza no era solamente falta de dinero. Significaba jornadas extenuantes, viviendas compartidas, enfermedades y una vulnerabilidad permanente. En ese ambiente creció María Goretti.
Cuando Luigi murió de malaria, Assunta quedó sola al frente de la familia. Mientras ella trabajaba en el campo, María atendía la casa, cocinaba y cuidaba a sus hermanos menores. Esta distribución de responsabilidades, difícil de comprender desde nuestra sensibilidad actual, pertenecía a una economía familiar de supervivencia.
El Dicasterio de las Causas de los Santos recuerda que, después de la muerte de su padre, María trató de sostener y consolar a su madre, consciente del peso que había caído sobre ella.[1]
No conviene idealizar aquella relación como si la pobreza no hubiera producido cansancio, tensiones y preocupaciones. Su valor está precisamente en lo contrario: la fe de ambas fue vivida en medio de una realidad áspera, no dentro de una existencia protegida.
La madre ante lo irreparable
El 5 de julio de 1902, mientras Assunta y parte de la familia trabajaban, Alessandro Serenelli agredió a María y le provocó las heridas que causarían su muerte al día siguiente.
Assunta tuvo que encontrarse entonces ante aquello para lo cual ninguna madre está preparada: el cuerpo herido de su hija y la certeza de que no podría salvarla.
Según el testimonio conservado por la Iglesia, antes de morir María expresó su decisión de perdonar a Alessandro y su deseo de que él también pudiera llegar algún día al Paraíso.[1]
Estas palabras suelen presentarse como el centro espiritual del martirio. Pero fueron pronunciadas delante de una madre que acababa de recibir una herida imposible de medir. Para Assunta, el perdón no era todavía una doctrina explicada desde la distancia: tenía el rostro del hombre que le había arrebatado a su hija.
La fe no eliminó su dolor. Tampoco convirtió la muerte en algo bueno. Le ofreció, lentamente, un horizonte desde el cual impedir que el crimen tuviera la última palabra.
Pío XII reconoció esa dimensión durante la canonización de María Goretti. Al dirigirse a los padres de familia, evocó a Assunta como una madre que había vivido en el desgarro y que ahora, conmovida, podía invocar a su propia hija.[2]
La madre de una santa seguía siendo la madre de una niña asesinada.
Custodiar a la niña detrás de la santa
Después de la muerte de María, Assunta se convirtió inevitablemente en una fuente para quienes trataron de reconstruir su vida. Ella conocía sus tareas cotidianas, sus palabras, su temperamento, sus prácticas religiosas y las dificultades que atravesaba la familia.
Sin su testimonio conoceríamos mucho menos de la niña que existió antes del icono.
Pero la memoria humana no funciona como una grabación. El paso del tiempo, el duelo, la fe y las preguntas de quienes entrevistan influyen en la manera de recordar. Reconocerlo no significa desconfiar automáticamente de Assunta, sino tratar su palabra con el mismo respeto crítico que merece cualquier testimonio histórico.
En 1950, Luigi Novarese publicó Mamma Assunta racconta, una obra construida alrededor de los recuerdos de la madre. El libro permitió que su voz participara directamente en la transmisión de la vida de María. Su cercanía con los acontecimientos le concede un valor especial, aunque su propósito religioso y edificante también exige una lectura cuidadosa.[3]
Assunta cumplió así una doble función: fue testigo de los acontecimientos e intérprete creyente de aquello que había vivido. No conservó solamente fechas y episodios. Transmitió una manera de comprender a su hija.
El perdón que no elimina la justicia
Años después de cumplir su condena, Alessandro Serenelli buscó a Assunta para pedirle perdón. El Dicasterio de las Causas de los Santos sitúa este encuentro en 1928 y señala que ambos se acercaron juntos a la Comunión.[1] Algunos relatos biográficos posteriores ofrecen fechas diferentes, razón por la cual los detalles cronológicos deben manejarse con prudencia.
Lo fundamental se encuentra suficientemente establecido: Alessandro reconoció su responsabilidad, pidió perdón y Assunta decidió no rechazarlo.
Este gesto no declaró que el crimen hubiera sido pequeño. Tampoco borró la responsabilidad de Alessandro ni volvió innecesaria la condena que había cumplido. El perdón cristiano no modifica el pasado y no convierte una injusticia en algo aceptable.
Assunta pudo recibir al hombre arrepentido sin negar la gravedad del agresor de 1902.
Esta distinción es fundamental. Perdonar no significa olvidar, exculpar o renunciar a la justicia. Tampoco significa que una víctima esté obligada a restablecer una relación que podría ponerla nuevamente en peligro.
El ejemplo de Assunta nunca debe utilizarse para presionar a otras víctimas o a sus familiares. El perdón solo posee valor moral cuando nace de una decisión libre. Imponerlo desde fuera sería añadir una nueva violencia a la herida original.
La grandeza de su gesto consiste en que no permitió que el odio determinara para siempre su relación con el pasado. No podía devolverle la vida a María, pero podía negarse a concederle al crimen un dominio perpetuo sobre su interioridad.
De la casa campesina a la plaza de San Pedro
María Goretti fue beatificada el 27 de abril de 1947 y canonizada el 24 de junio de 1950. Assunta, ya anciana y enferma, estuvo presente durante la canonización.[1]
La ceremonia debió de contener para ella una tensión difícil de expresar. La hija a quien había alimentado, corregido y acompañado en la pobreza era proclamada santa ante una multitud reunida en la plaza de San Pedro.
La gloria pública no podía sustituir la memoria íntima. Detrás de las vestiduras, los himnos y la solemnidad, Assunta seguía recordando una casa pobre, las labores diarias y el cuerpo frágil de su hija.
Su presencia establecía una continuidad visible. Unía la casa campesina de Le Ferriere con la Iglesia universal. Recordaba que la figura proclamada ante el mundo no había nacido como una imagen distante, sino como una niña concreta, perteneciente a una familia concreta y marcada por las injusticias de su tiempo.
Allí podemos comprender mejor lo que significa la transmisión del legado.
Assunta recibió y conservó la memoria familiar de María. Después la entregó, mediante su testimonio, a una comunidad mucho más amplia. La niña recordada por su madre se convirtió, sin dejar de ser humana, en una presencia para millones de personas.
Assunta ante el rostro de Inés Orsini
En 1950 se produjo un encuentro decisivo para nuestra investigación. Inés Orsini, quien había interpretado a María en Cielo sulla palude, visitó a Assunta.
Muchos años después, en una entrevista concedida a L’Osservatore Romano, Orsini recordó que la madre le tomó las manos y le dijo:
«Sembri proprio Mariettina mia».
“Pareces verdaderamente mi pequeña Marietta”.[4]
La frase posee un enorme valor humano. No fue pronunciada por un productor que evaluaba una película ni por un crítico que comentaba una interpretación. Fue pronunciada por la mujer que había conocido el rostro, la voz y los gestos cotidianos de María.
Esto no significa que Inés fuera físicamente idéntica a ella. Tampoco constituye una certificación sobrenatural de la película. El valor del momento es más delicado: algo en la presencia de la joven actriz despertó en Assunta el reconocimiento afectivo de su hija.
El cine había colocado delante de ella una representación de la persona perdida. Assunta reconoció en aquella representación una huella de su “Mariettina”.
Su frase enlazó tres rostros: la niña histórica, la santa proclamada por la Iglesia y la joven interpretada por Inés Orsini.
A partir de aquel momento, el rostro cinematográfico de Orsini quedó unido de manera todavía más profunda a la memoria de María Goretti. La madre había ofrecido una forma de aprobación afectiva, y la prensa católica convirtió posteriormente ese encuentro en una parte importante de la recepción de la película.
El estudio de Federico Vitella sobre la construcción de la figura pública de Inés Orsini muestra cómo las revistas católicas relacionaron a la actriz, a María y a Assunta. Las visitas, fotografías y reportajes ayudaron a reducir la distancia entre la persona histórica y su representación cinematográfica.[5]
Transmitir sin apropiarse
Assunta no fue la propietaria del significado de María, pero fue su testigo más íntima.
Transmitir un legado no significa controlar todo lo que otros harán con él. Significa custodiar una verdad esencial y entregarla para que pueda continuar viviendo en la memoria de una comunidad.
Assunta preservó la humanidad de su hija frente al riesgo de convertirla únicamente en estatua, estampa o personaje cinematográfico. Su sola presencia recordaba que, antes de ser una santa universal, María había sido una niña campesina que trabajaba, cuidaba a sus hermanos y trataba de ayudar a su madre.
También transmitió un modo de enfrentarse al mal. Su perdón a Alessandro no negó el crimen; demostró que la justicia y la misericordia no tienen que ser enemigas. La verdad señala la responsabilidad. La misericordia sostiene que ninguna persona debe quedar reducida para siempre a su peor acto.
Finalmente, Assunta transmitió un vínculo. Cuando tomó las manos de Inés Orsini, permitió que la memoria doméstica se encontrara con la imagen cinematográfica. Aquella escena no convirtió a la actriz en María, pero ayudó a que su rostro llevara la historia de la niña más allá de Italia y de su propio tiempo.
Assunta recibió una hija real y entregó a la historia la memoria de una santa.
La madre entre la herida y el legado
Assunta Goretti murió en Corinaldo en octubre de 1954, cuatro años después de la canonización. Con su muerte desapareció una de las principales voces directas de la vida familiar de María.
Desde entonces, las nuevas generaciones tendrían que acercarse a la niña por medio de testimonios escritos, procesos eclesiásticos, fotografías, reliquias y películas. La memoria se había convertido en archivo y la experiencia familiar en patrimonio espiritual.
Por eso Assunta ocupa un lugar fundamental dentro de nuestra investigación. Su vida enlaza la pobreza campesina, la tragedia familiar, el perdón, la canonización y el nacimiento de una imagen cinematográfica destinada a recorrer el mundo.
No necesitamos imaginarla como una mujer sin dudas, cansancio o contradicciones. Su grandeza es más humana: atravesó una herida extrema y conservó la capacidad de testimoniar, creer y perdonar.
La transmisión del legado de María Goretti comenzó allí: en una madre que no dejó que la veneración pública borrara a la hija real.
Fuentes y notas
[1] Dicasterio de las Causas de los Santos, “Maria Goretti”. Biografía institucional, cronología de la beatificación y canonización, presencia de Assunta y petición de perdón de Alessandro Serenelli.
[3] Luigi Novarese, Mamma Assunta racconta: vita aneddotica di Santa Maria Goretti, 1950.
[5] Federico Vitella, “Santa diva. Maria Goretti, Ines Orsini e il discorso divistico cattolico”, en Cenerentola, Galatea e Pigmalione, ETS, 2020, pp. 107-118.
Próxima entrada: Alessandro Serenelli: el crimen, la condena y el problema de la conversión.
San Salvador, 14 de julio de 2026.
Mario Oliva Mancia