Recordar una fecha, implica la posibilidad de atrevernos a recuperar el enorme poder anclado en lo rememorado. Muchas de las claves para no errar, se encuentran ahí, escritas la mayoría de las veces con sangre de héroes, y generaciones marcadas por un tipo especial de sufrimiento; el cual debería convertirse en sabiduría de los pueblos.
Por tanto, volver sobre aquellos pasos, y hacer nuestra parte dentro de esta gran tradición, es una labor intransferible que hoy intentamos repetir.
Hace 73 años, un día 7 de abril, se fundó la Organización Mundial de la Salud (OMS) que representa la unión del mundo libre frente a la muerte, encarnada en dos Guerras Mundiales que arrasaron casi toda la primera mitad del siglo XX. Causó incalculables pérdidas humanas, y una devastación no sólo material sino espiritual, lo cual frenó en gran medida, aquella ilusión de control y poder, frutos del saber científico-técnico.
De aquí, el binomio salud-enfermedad, o en términos concretos: vida-muerte, posee en síntesis los elementos definitorios del programa mundial que, en un momento dado, buscaría erradicar la violencia e instaurar la paz de manera definitiva.
Sin embargo, y a pesar de aquel gran proyecto de la OMS, actualmente casi todas las naciones se debaten en una profunda crisis de sostenibilidad, a raíz de la pandemia por COVID-19.
Un virus cuyo origen aún es motivo de gran debate, mientras colapsan hospitales de primer mundo, y acaba con la vida de innumerable personal sanitario, mucho peor que si se tratase de una guerra convencional. Naciones ya empobrecidas son golpeadas con mucha mayor saña, en especial sus sectores más desfavorecidos. Además, no parece respetar a la población más joven y fuerte, lo cual preocupa por ser este el sector de población en relevo generacional.
Ante semejante catástrofe, como hecho consumado, evidenciado en cifras que crecen a diario, estamos en la obligación de replantearnos otras teorías sobre el origen, desarrollo y reproductibilidad de esta pandemia, pero desde la biopolítica en su versión menos conocida: la necropolítica.
Hace ya casi diez años tuve el honor de escribir la tesis doctoral: “Ciudadanía e Higienismo Social en El Salvador: 1880-1932”, en ella describo los elementos esenciales que caracterizaron a muchas de las políticas modernizadoras implementadas por los diferentes gobiernos liberales de finales de siglo XIX y principios del XX.
El afán innovador de aquella época no es diferente en esencia a lo que actualmente vivimos, porque todo apunta al mismo modelo de progreso y desarrollo, basado en la eficiencia costo-beneficio. La teoría darwinista de la supervivencia del más apto caló más allá de lo que el mismo C. Darwin lo hubiese querido, porque a la base de aquella maquinaria, se encontraba oculta en los grupos de poder, la impronta de una superioridad irrenunciable, y anclada en lazos de limpieza y pureza de sangre: suma de intereses materiales e historia compartida muchas veces desde la época de la conquista española.
“Limpieza de población”, término eujemístico de exterminio selectivo de población, de los no aptos para alinearse en esta ruta hacia el progreso, condujo a la incorporación de teorías policiales y psiquiátricas que las fundamentaron y legitimaron científica y jurídicamente. En aquella época, se hizo uso del concepto de razas inferiores destinadas a la delincuencia y el crimen.
Una población peligrosa y, en tal sentido, exterminable con el objetivo de mantener la salud del cuerpo social, en caso fuese necesario. El uso y abuso del alcohol en estas poblaciones expropiadas, desfavorecidas económicamente y violentadas moralmente fue muy notable. Por otra parte, las enormes rentas derivadas de los impuestos al consumo de alcohol y aguardiente cumplieron su doble misión en el aletargamiento y empobrecimiento físico y moral de estos sectores mayoritarios. La cantidad de estancos autorizados, botellas de alcohol producidas y consumidas en aquella época fue notable. Proliferó el alcoholismo y la violencia social, que en cierta medida agravó la salud de los vulnerables.
El COVID-19 parece ser el relevo científico-tecnológico —a una escala jamás antes vista— para cumplir la gran misión de modernizar el mundo en pleno siglo XXI, y en tal sentido asumo la hipótesis de que la presente pandemia es el instrumento ad hoc, cuya última finalidad sería depurar la población a su mínima expresión desde el mecanismo ya señalado.
Razones poderosas podrían estar a la base de todo este accionar subterráneo. Los enormes y continuados desplazamientos de población, que han forzado fronteras otrora poderosas, generando caos tanto al interior del país invadido, como del o los países de origen. Independientemente de las consideraciones humanitarias que esto conlleve, ha convencido a sectores vinculados a la biopolítica, que aquellas estrategias relacionadas con el control natal, restricciones legales a la migración, etc., no funcionaron.
En consecuencia, llegó el momento de implementar “medidas más eficientes y radicales” (biopolítica-necropolítica) a sectores humanos sobrepoblados, mal administrados, pobremente educados y con un nivel de violencia proporcional a las carencias a las que han sido expuestos.
La diferencia con el COVID-19 es que su impacto es global, quirúrgico, no deja huella, y su nivel de exterminio es mucho más demoledor. No somos ajenos al enorme repunte científico-tecnológico al servicio del poder global, cuyo derrotero está marcado por la máxima eficacia dentro de la gran maquinaria productiva. Aquí hablar del respeto a la vida resulta anacrónico y hasta absurdo desde el cientificismo: aquí manda la lógica fría de una eficiencia que dio la espalda al humanismo desde ya hace mucho tiempo.
Por tal razón, investigar todos los procesos vinculados a la investigación, producción de vacunas, protocolos de supervivencia, etc., deberán ser profundamente analizados.
Teniendo en cuenta que la ciencia estará casi siempre en la dirección asignada por los que le dan financiamiento, su neutralidad no existe, mucho menos su papel humanitario y casi sagrado que se ha vendido como bandera del progreso y desarrollo. Tendremos que ver con sospecha cada acto y proyecto vinculado a la salud, mucho más cuando estos son de carácter masivo.
Para ello deberemos escuchar voces autorizadas que al menos parezcan estar desligadas de aquel grupo de intereses. Además de estar bien informados de fuentes fiables, pero fundamentalmente estar alertas, y ser capaces de discernir si lo que está sucediendo sigue una lógica normal, o por lo contrario, pudiera existir manipulación con intencionalidad sospechosa.
Salud y enfermedad son elementos estratégicos en el proceso de dominación, los cuales se pueden ejercer de manera diversa, dado que los grupos considerados enemigos deberán ser sometidos de múltiples maneras; las formas clásicas a través de fusilamientos y encerramientos forzados, demasiado obvias y excesivamente gráficas ante una muchedumbre violenta, fácilmente y a muy bajo costo económico y político, pueden ser sustituidas por el inóculo de virus como en el caso que nos convoca. De esa manera establecer el proyecto que, en última instancia, sería el exterminio de los menos aptos y la selección de los utilizables en el nuevo orden prefigurado por los sectores dominantes.
Porque también la enfermedad es arma de control de población. Una guerra con modalidad diferente, pero de resultados seguramente más devastadores. La cual se ha venido dando desde hace muchos años a través de una mala alimentación y servicios de salud deficientes: enfermedad sistémica como instrumento de dominación.
Esta hipótesis interpretativa involucra biopolítica y necropolítica, incluyendo para este análisis a todas aquellas instituciones vinculadas a los proyectos sanitarios mundiales.
Deberíamos tomar muy en serio que las estrategias para mantener la paz no definen el alcance de los medios tomados para lograr tal fin. Estados Unidos de Norteamérica terminó la Segunda Guerra Mundial con Japón poco después de lanzar la bomba atómica sobre dos ciudades importantes.
En tal sentido, la paz tiene un precio, el cual es definido siempre por los grupos dirigentes, y la vida o el sufrimiento de civiles poco importan. Se trata de llegar a las últimas consecuencias para lograr tal fin.
Esta guía de análisis desde la biopolítica podríamos extrapolarla, con algunas variantes, a lo que actualmente vivimos con la pandemia COVID-19, y al intentar descubrir lo que pudiese ocultarse en tal proceso, haríamos nuestro particular aporte en la solución de esta grave crisis sanitaria, que también es económica, política y social.
Todo un proyecto de supervivencia del cual esperamos la OMS sea siempre voz líder, como lo fue hace casi ya tres cuartos de siglo.