«No hagas a otro lo que no quieras para ti.» Lo hemos escuchado desde niños, pero a medida que crecemos, poco a poco se convierte en frase vacía, y nos preguntamos desconsolados: ¿por qué…? Friedrich Nietzsche en su obra “El caminante y su sombra” (1880) nos da pistas importantes al respecto. ¡Claro, porque esto solamente funcionará, “siempre y cuando estemos entre iguales”! ¿Y quiénes son esos predilectos elegidos, “los iguales”, aquellos destinados a sentarse al gran banquete junto a esa “entidad” superior, para beber la sangre del inocente y oprimido?
El delincuente de altísimo nivel, casi siempre, es alguien dotado de una gran inteligencia… pero de un tipo maligno. Entre estos “distinguidos personajes”, algunos sin mayores logros académicos, pero con habilidades sobresalientes para la intriga, manipulación, y por supuesto sin respeto a normas o valores. Toda una aristocracia con niveles bien demarcados, pero compartiendo el mismo botín.
El derecho a la vida en este escenario lo pierde automáticamente todo aquel que se oponga a esta manera de adquirir y perpetuarse en el poder. Si lo vemos desde la óptica religiosa, estamos frente a quienes, a pesar de haber sido dotados de grandes talentos y en el ejercicio de su libertad, optan por el camino de la oscuridad.
Por tal razón, estas “grandes inteligencias retorcidas”, tristemente encuentran demasiados admiradores e imitadores en el mundo actual. Porque no es necesario alinearse con ningún modelo que implique sacrificio y disciplina para alcanzar el éxito; en tal sentido, rechazan de manera sistemática la corrección, y en lugar de rebelarse contra quienes destruyen lo bueno, se adhieren a ellos, pasando a formar y actualizar las estructuras del mal.
Pareciera que estuviéramos evocando en paralelismo sobrenatural aquella primera gran rebelión que lideró Luzbel, y que arrasó a gran parte de las huestes celestiales al infierno.
De aquí, seguramente procede la inclinación tan marcada del culto moderno por lo subterráneo, que fácilmente ha conducido a muchos al satanismo. Porque si se carece del talento por nacimiento, y el deseo de fama y fortuna es demasiado tenaz, no es difícil creer que muchos hasta se atrevan a ofrendarse al mismo diablo.
Los que leen esto saben, de manera tal vez indirecta, lo que aquí afirmo, o quizás conozcan sociedades secretas vinculadas a rituales paganos, donde algunos miembros ya posean un nivel de riqueza material imposible de adquirir ni en mil vidas. Aquí vemos al crimen organizado y sus innumerables diversificaciones… todo un abanico variopinto donde se advierte un común denominador: poder y oscuridad.
Dentro de todo esto, destacan muchos medios de comunicación, contaminados por esta cosmovisión errada y de gran talante luciferino, que convierte a villanos criminales en héroes de leyenda, y a personas virtuosas en modelos perdedores. Verdadera labor de demolición, que empodera el arte de la decadencia, y absuelve cualquier desviación de la moral individual o colectiva, en una especie de cruzada por la igualdad.
Se necesitará ser héroe o santo para atreverse a enfrentar este status quo, porque su influencia casi universal ha contaminado en mayor o menor medida las más importantes instituciones de la sociedad moderna.
Semejante ceguera no puede ser entendida, excepto que asumamos que existen seres solo en apariencia humanos, pero con fines y objetivos definidos. Porque desde la exclusiva lógica natural, con escasas excepciones, vamos a ser incapaces de entender la casi infinita indiferencia ante el dolor del prójimo; así como ese elevado grado de maldad herodiana, cultivada de manera refinada, casi como un arte, y orientada a la conquista sin freno de honores, riquezas y placeres.
Por lo anterior, si alguien con dotes intelectuales, pero con el espíritu oscuro, llega a la presidencia de un país como el nuestro, y le es descubierto un descomunal robo o gravísimos crímenes, tenemos la obligación de preguntarnos: ¿de qué abismos ha salido una ambición tan grave, que no repara en el profundo e irreparable daño provocado a los más pobres?
¿De dónde surge el desprecio a la vida y dignidad hacia quienes no considera “sus iguales”?
Si esta es una rama podrida, ¿dónde se encuentra el tronco, y las raíces de esta entidad maléfica?
¿Dónde el suelo venenoso que lo acoge y sustenta? Atreviémonos a responder estas preguntas, y si por desgracia somos parte de este engendro, atendamos esa individual e intransferible voz interior llamada “conciencia” —la huella de Dios—, que tal vez por años hemos silenciado. Reimplantémonos de nuevo en ese otro árbol que, a diferencia del anterior, se alimenta de una luz inmensamente bella, con raíces infinitamente profundas y limpias. Cuyas ramas representan lo que debería ser la verdadera jerarquía humana, fruto del esfuerzo y rectitud.
Con esta madera sagrada deberíamos construir la patria salvadoreña, de aquí hasta el fin de los siglos.
San Salvador, 6 de noviembre del año 2016.