Cuando se descubre —una vez más— lo que se oculta detrás de ese tejido elegante, ostentoso y caro, llamado poder político; no extraña en absoluto que lo ahí encontrado se encuentre amarrado al milenario lastre que la ambición del poder lleva consigo. Y es que con escasas excepciones, la tradición gubernamental acumulada en gran parte de América Latina, por desgracia está ligada al abuso escandaloso de este máximo privilegio, que es otorgado por el pueblo a sus mandatarios. Porque el supremo cargo presidencial, tradicionalmente ha sido el “botín” peleado por casi todos. Ante él se han hincado presidentes y ministros, como ante un prometedor dios de barro, para entregarle el gran don de la libertad y hasta el de la vida. Un canje engañosamente jugoso, pero efectivo, porque la persuasión de este fetiche es implacable para con todos aquellos a quienes venció la avaricia. Lo lamentable es que no solo se saquean los precarios recursos del país, sino que se dinamitan los fundamentos de la credibilidad en un liderazgo, otrora vendido como honesto y exitoso, o hasta dotado con un carácter casi mesiánico. Aquí la frustración adquiere un carácter trágico, porque puede convertir a una nación ya moribunda en un país sin esperanza y sin fe.
Seguramente a la base de este cáncer que empobrece a nuestras naciones, se encuentre un problema aún más grave, y que en mi opinión se relaciona con la actitud básica con la que nos enfrentamos todos “al Mundo como totalidad”. Porque los bienes materiales no tienen culpa del uso o abuso que les apliquemos; son así, solo instrumentos del libre albedrío. El cual debería nacer sin mancha, como agua segura de ese manantial misterioso y sagrado llamado “conciencia”. Este tesoro no debería tener precio; cuidarla mucho más que a la vida, para convertirse en el destino sagrado de la nación salvadoreña.
Ojalá que la “conciencia” de todo aquel que llegue al máximo poder de un país pudiera ostentarla orgulloso, no solo como anzuelo preeleccionario, sino principalmente para la posteridad, como expresión incuestionable de su praxis.
El haber olvidado y banalizado lo anterior es en gran medida responsable del grave y penoso retroceso nacional, dentro del que pareciera solo haber lugar para el interés egoísta, o a la peligrosa y hábil mentira disfrazada de verdad. La misma que llevó a pueblos enteros a la guerra, para luego comenzar de nuevo, una y otra vez, hasta el infinito.
Cuando escuchamos la prédica ferviente de “atrevernos a ver a Dios en el prójimo”, seguramente en ella pudiera encontrarse el camino para salvarnos de este apocalipsis adelantado. Dentro del cual, por desgracia, demasiados lo han convertido ya en su paraíso. Para quienes ni la espada o el fuego seguramente los harán cambiar. De esta jerarquía inversa, nuestra historia patria hasta nuestros días tiene ya demasiados exponentes. ¿Porque, dónde quedaron aquellos verdaderos líderes?, ¿en qué sepulcros olvidados o clandestinos… los geniales que seguramente remontarían el resentimiento y la ira que hoy imperan en este empobrecido país?, ¿dónde se encuentran aquellos que pudieron cambiar la historia salvadoreña?
Pero aquí está la gran traba, porque esto no es solo un problema de religión o de política capitalista o marxista —sería demasiado simplista—, sino respecto de la urgente obligación de impulsar una gran revolución, no solo en el orden material, sino del olvidado ORDEN ESPIRITUAL, pero en su acepción cosmovisional más elevada… porque para esta categoría de problemas, por desgracia no existe un proyecto definido, pero espero que algún día se incluya como agenda de nación.