(Continuación)
1. La ideología capitalista y marxista: discurso del poder.
El anterior acercamiento al tema podría parecer poco ortodoxo, dado el reflejo casi universal de querer entender la realidad desde modelos teóricos prefabricados. Y siendo puntual, quiero referirme, aunque de forma muy general, al capitalismo y al marxismo, que, desde principios del siglo XX, aparecen como corrientes de pensamiento estructurado pero irreconciliables.
En permanente lucha, pero siempre prontas a instrumentalizar las aspiraciones de un conglomerado social mayoritario, usualmente empobrecido; y esto no por casualidad, precisamente porque la seducción que provocan en las multitudes los constructores de ideologías parece responder más al mercantilismo egoísta de grupos de poder que a la búsqueda genuina de la justicia social.[1]
La sabiduría aristotélica habló al respecto con claridad meridiana, al sostener que la estabilidad de un gobierno depende de la legitimidad de las recompensas (una teoría conocida como «justicia distributiva»). La inestabilidad de un sistema político es, por lo tanto, una consecuencia de los mecanismos por los cuales dicha red distribuye recompensas.[2]
Tan simple, pero a la vez tan difícil, el hecho de establecer la legitimidad del poder establecido, porque este logro presupone el ejercicio de la virtud del buen gobierno, lo cual parece ser la piedra de tropiezo en el ejercicio moderno del poder. No importa el nombre que le apliquemos, ni la abstracción que lo legitime, por monumental que parezca. Si este es justo y conduce a sus ciudadanos a la plenificación de sus potenciales, pasará a la posteridad como un modelo digno de imitar.
Capitalismo y marxismo están anclados en la adecuación casi matemática de sus principios, así como en la estrategia implacable para establecer sus planes y, en consecuencia, en la persecución de sus objetivos de manera generacional.[3] Por esto se habla de Estados totalitarios, los cuales históricamente han establecido purgas contra sus disidentes, expresión clara del dogmatismo que asiste a sus respectivas ideologías, sólidamente representadas en un régimen de fuerzas plasmadas en poder político, económico y social, con intereses específicos, pero en gran medida ajenos al bienestar social.
«Porque, si se censura la injusticia, no es por temor de cometerla, sino de sufrirla…
¿Subiré con esfuerzo hacia el palacio en que habita la justicia,
o seguiré el sendero del oblicuo fraude, para asegurar la felicidad de mi vida?».[4]
Es posible que en este proceso de representación de la realidad a través de la teorización, y merced a un modelo ideológico dado, se caiga en la tentación de esencializarlo como proyecto, adscribiéndole un carácter finalista y no instrumental. Lo anterior, sin embargo, no exime de las graves consecuencias de esta falencia.
Porque aquí es donde comienza a quebrarse el sentido primordial del Estado-nación, al convertir el privilegio de gobernar en patrimonialismo de un sector, lo cual pervierte no solo el sentido de una ideología, en teoría pura y perfecta, sino que fundamentalmente traiciona el proyecto de humanización de una sociedad específica, que tarde o temprano se volverá violenta.
En el mes de agosto del año 2011, el ministro de Defensa de El Salvador, general David Munguía Payés, expresó lo siguiente:
«La guerra fue terrible, fue un enfrentamiento entre hermanos con proyectos políticos diferentes, donde los que luchábamos en contra pensábamos que lo que nosotros proponíamos era lo mejor para el país… Y como no nos pusimos de acuerdo, nos fuimos a la guerra y cometimos muchos errores».[5]
Esta declaración es fundamental para la presente reflexión, debido a la alta magistratura de quien la emite, y también porque su autor es contemporáneo de aquel conflicto armado de los años ochenta; en tal sentido, su balance no es solo teórico, sino vital. Aquí encontramos uno de los más importantes retos: aprender de la historia. Y esto es la casi imposible tarea de transferir la experiencia, «mi experiencia», como el legado que transforme y supere los yerros del presente y del futuro, desde la integración del pasado, «mi pasado».
La gran pregunta, a esta altura del año 2015, sería: ¿hemos aprendido como nación de la dura experiencia de la guerra civil? O, en su defecto, ¿seguimos aferrados al resentimiento, a la ambición, promoviendo así una guerra quizás más violenta?
La preocupación surge cuando leemos los encabezados de noticias de importantes periódicos del país, como el siguiente:
«El Salvador alcanzó en marzo de 2015 un récord histórico en el promedio diario de homicidios, según lo confirman las estadísticas oficiales del Instituto de Medicina Legal (IML), que ubicaron al país con 15,5 crímenes al día».[6]
De lo anterior podemos inferir fácilmente que estamos ante un gran problema, y que probablemente nos alcanzó de nuevo el fantasma de la guerra. Porque no solo impacta el número de homicidios, sino las modalidades y circunstancias para perpetrarlos. Más grave aún es el efecto multiplicador del shock psicológico, que invade primero a sus dolientes inmediatos y que, poco a poco, se va extendiendo como una ola sísmica en las mentes de chicos y grandes, cuyo alcance difícilmente podremos llegar a conocer.
Desde el punto de vista científico, sabemos que cuanto más joven es el individuo sujeto a violencia extrema, mayor será el daño en su psique. Quizás por ello, actualmente, una buena parte de nuestra población más joven se ha volcado en violencia, organizada tristemente a la sombra de la oscuridad y la muerte, pero aspirando a una especie de poder[7]. Quizás para reivindicar traumas escondidos en el misterioso laberinto de su mente desviada. Pero, en rigor, debemos preguntarnos por nuestra responsabilidad en este brote de violencia juvenil, la cual se ha organizado y complejizado, creando una subcultura donde el liderazgo responde a una visión del mundo que renunció a los valores tradicionales.
A esto se ha sumado la gran dosis de codicia que aglutina a los grandes sectores del crimen organizado y que, en mi opinión, es el catalizador que instrumentaliza la enorme energía vital en caos de gran parte de esta juventud confundida. Porque, seamos claros, la búsqueda ilícita y desenfrenada del dinero por medio de la extorsión, el sicariato o el tráfico de drogas presupone redes altamente organizadas, cuyos hilos, en teoría, podrían llegar muy alto, incluso dentro de las esferas del poder organizado. Omitir estas reflexiones, por malicia o por ignorancia, solo representa una pieza más en este gran rompecabezas, donde al final el más grande perdedor es el pueblo salvadoreño.
Es cierto que existe el derecho a la legítima defensa, y hay que ejercerlo… pero ojalá que entre esos desviados, sujetos a limpieza social, nunca se encuentre perdido un hijo nuestro, o un hermano. Y aunque no se encontrasen, no podemos eludir la responsabilidad de al menos intentar detener el señorío de la muerte en todo el país, agregando más violencia a la violencia, aunque esta sea legítimo derecho del Estado.
Desgraciadamente, mientras escribo estas líneas, las estadísticas llenarán las vaticinadas cifras de homicidios. Pidamos al Creador que no alcancen a nadie de nuestros círculos cercanos. ¿Y si ya nos alcanzó? ¿Nos bastará la venganza para apagar el rencor? ¿O daremos el salto infinito para construir entre todos el perdón y la solución correcta al lastre que traemos como consecuencia de una guerra probablemente inútil, que hoy nos pasa factura?
2. De la Matanza campesina en 1932 a la limpieza social de delincuentes en el año 2015.
Han pasado poco más de ochenta y tres años desde que se ordenó de manera oficial la eliminación de miles de campesinos, principalmente en la zona occidental de El Salvador, hecho que ha servido de estigma no solo para los dirigentes de aquella época, sino para la sociedad entera.
Una limpieza similar —en otro contexto, pero en esencia lo mismo— es la que hoy se plantea en nuestra patria.[8] Las razones son harto conocidas, porque lo tenebroso de los hechos de sangre generados por el delincuente hasta el año 2015 es de temer. En tal sentido, la tentación de su exterminio simple y llano apunta más a un proyecto necropolítico[9] que difícilmente resolverá las causas fundamentales del mismo, no solo aquí, sino en cualquier parte del planeta. Apretar el gatillo siempre resultará más fácil para ambos sectores.
Las generaciones posteriores a aquel triste evento del año 1932 se han encargado de demostrar lo equivocado de aquel suceso; sin embargo, asistimos a la repetición de un modelo cultural aprehendido, como proyecto de exterminio, del cual muchos ciudadanos, tristemente, quieren tomar parte.[10]
Por esto no solo es necesario, sino urgente, revisar la historia y rescatar lo que nos toque para el presente, porque, indudablemente, la violencia actual requiere la mano firme y sabia de un verdadero estadista. La manera como lo haga nuestro actual presidente será, sin duda alguna, su legado.
Nosotros, como ciudadanos, solo podemos aportar reflexiones; por ello, quizás deberíamos replantear la pregunta, orientándola hacia el develamiento de las raíces esenciales de la violencia, más allá de lo que hemos aprendido, tratando de recuperar un horizonte de análisis más amplio, donde descubramos al ser humano integral. No solo aquel que necesita pan y agua, sino al ser trascendental que aspira a la plenitud metafísica.[11] Esto es algo que, sin duda alguna, hemos olvidado, y que se ha convertido en el sello de los imperios: un tipo de cultura de la decadencia que involucra todos los estratos y cosmovisiones con derecho de piso en el mundo moderno. ¿No estaremos frente a una de las claves para entender la verdadera cara de la violencia, desde su lado más oscuro? ¿Habremos realizado el esfuerzo necesario para descifrar este reto histórico y resolverlo para bien de las presentes y futuras generaciones?
Porque, en retrospectiva, en el año 1932, cuando leemos cómo la sociedad mayoritaria —adoctrinada por sus élites dirigentes— se ufanaba con acabar el brote de violencia comunista, no podemos menos que avergonzarnos por la ignorancia supina que el desarrollo de la historia posterior clarificó de manera amplia.[12]
Lo anterior puede ser enfrentado desde los conglomerados sociales organizados, a partir de su integración como conciencia crítica dinámica, capaz de ser elaborada dentro de un proyecto ideológico alternativo —o para enriquecer el modelo vigente—, pero con el poder suficiente para decidir en la esfera política, económica y social.
Pero esto pareciera no pasar de lo utópico en la mayoría de las sociedades, que en gran medida han cancelado el pensamiento contestatario alternativo, merced al totalitarismo de las ideologías dominantes y al cultivo de un pesimismo basado en el temor, que en gran medida ha marcado el mundo moderno. Los conflictos armados han servido en gran medida para favorecer el sometimiento de las sociedades oprimidas; sin embargo, esto pudiera ser solo por un corto intervalo de tiempo, porque el resentimiento evocado en los sectores dominados es fuerza explosiva que, en cualquier momento, pasará a convertirse en rebelión total. Ahí, la anarquía pudiera conducir al rechazo y sustitución de valores y creencias vigentes, por otros que expresen —por desgracia— una ruptura profunda y radical, casi con un carácter metafísico y teológico.
En este escenario, es preciso distinguir aquel tipo de delincuencia que se organiza desde círculos de poder mejor estructurados y que gozan de privilegios derivados del uso de las instituciones del Estado, y que, de cuando en cuando, son evidenciados no solo aquí, sino también en otras partes del mundo. De estas redes luciferinas es preciso guardarse con mayor cuidado, porque la ambición en ellas puede alcanzar niveles alucinantes, y porque son capaces de reclutar —por desgracia—, para cumplir sus objetivos, muchas de las mejores mentes. Este tipo de delincuencia es urgentísimo perseguir, principalmente debido a la enorme seducción que ejerce en los grupos más vulnerables, entre ellos muchos jóvenes desposeídos o desorientados. ¿Seremos capaces de superar el estigma de la apariencia y los juicios apresurados, para atrevernos a descubrir los hilos del mal desde su origen? De no hacerlo así, estaremos cometiendo un gravísimo error, al confundir causa con efecto, porque, al igual que una enfermedad, la violencia tiene un origen específico sobre el cual deberemos aplicar todo el esfuerzo posible.
Notas
[1] Cuando pretendemos convertir nuestra opinión en sistema y este en verdad, caemos fácilmente en el triste oficio del retórico. «Sócrates: ¿Te parece que saber y creer, la ciencia y la creencia, son una misma cosa o dos cosas diferentes?… La Retórica, al parecer, es la autora de la persuasión que hace creer, y no de la que hace saber, respecto de lo justo y de lo injusto». Cfr. Gorgias o de la Retórica, en Platón, Diálogos, Porrúa, México, XIV ed., 1996, pp. 148-149. Recordando a Antonio Gramsci (1891-1937), podríamos aducir que la intelectualidad orgánica de un período específico de la historia siempre buscará justificar el accionar del grupo al cual se vincule, con la intención de mantenerlo en el poder, o allanar el camino hacia este. Cfr. Antonio Gramsci, A Gramsci Reader: Selected Writings, 1916-1935, ed. David Forgacs, Lawrence & Wishart, London, 1999, p. 425. A esto hay que sumar todas aquellas plumas de El Salvador que, analizando la historia, han seguido directrices ajenas a la real articulación de los hechos, probablemente movidas por el temor-resentimiento o por la ambición-vanidad. ¿Serán tan culpables como quienes perpetran los crímenes, o los articulan en efecto dominó?
[2] Cfr. Renata Fox y John Fox, Organizational Discourse: A Language-Ideology-Power Perspective, Praeger, Westport, CT, 2004, p. 5.
[3] En última instancia, la conciencia última que rige la naturaleza humana inmediata parece redescubrir la esencia última de aquella, como bien lo expresó Max Scheler: «El mundo se ha acostumbrado a considerar la jerarquía social, basada en el estatus, la riqueza, la fuerza vital y el poder, como una imagen exacta de los valores últimos de la moral y de la personalidad». Cfr. Max Scheler, Ressentiment, trans. Lewis B. Coser y William W. Holdheim, Free Press of Glencoe, Nueva York, 1994, p. 76.
[4] Ibíd., La República o de lo justo, en Platón, Diálogos, pp. 451, 460.
[5] Cfr. Diario La Página: http://www.lapagina.com.sv/ampliar.php?id=54585 [fecha de consulta: 7 de mayo de 2015].
[6] Cfr. La Prensa Gráfica: http://elmundo.com.sv/record-historico-de-15-5-homicidios-diarios-en-marzo/ [fecha de consulta: 8 de mayo de 2015].
[7] Este es el mismo poder que se podría pretender a través del fraude, el nepotismo o el crimen político: en apariencias diferentes, pero en esencia lo mismo.
[8] Cfr. Escuadrón de la muerte extermina pandilleros en El Salvador — Noticiero Univisión: https://www.youtube.com/watch?v=CWgD5WFhxfw [consultado el 12 de mayo de 2015].
[9] «Los proyectos necropolíticos… lo que podría ser llamado el lado subterráneo del biopoder. Nosotros podemos llamarle a este lado subterráneo “necropolítica” (o quizás “gubernamentalidad higiénica”)… Foucault también notó que había otro lado del biopoder… Esto significa que el biopoder no solo cultiva la vida; también trata rutinariamente con ella a fin de preservarla. La razón aquí es que la muerte —esto es, de los considerados peligrosos, inadaptados o enfermos— hará la vida en general más saludable y pura. La idea, entonces, es que bajo la lógica del biopoder es posible simultáneamente proteger la vida y autorizar un holocausto». Cfr. Jonathan Xavier Inda, Anthropologies of Modernity. Foucault, Governmentality, and Life Politics, 1.ª ed., Blackwell, USA, 2005, «Analytics of the Modern: An Introduction», pp. 16-17.
[10] En enero de 1932 se dio un levantamiento campesino en la zona occidental, cuyo detonante había sido el repunte de la miseria, a raíz del caos económico luego de la caída de los precios internacionales del café. «La prensa fue efectiva en lograr un consenso político ante el levantamiento de 1932, manipulando términos que objetivaban a los insurrectos y los desconectaban de su esencia humana». Con esto se buscó construir la subjetividad del enemigo de la sociedad, disminuyéndola a la categoría de simple amenaza al orden y a la paz ciudadana. «Los cuerpos de los insurrectos, en vida y en muerte, se ven como portadores de “organismos” nocivos al bienestar político-ideológico y físico de la nación». Cfr. Sheila Candelario, «Patología de una insurrección. La prensa y la matanza de 1932», Revista Cultura, 86, enero-abril 2002, p. 10.
[11] Hablar en estos términos, desgraciadamente, para muchos es solo pérdida de tiempo; probablemente este proceder solo sea el reflejo de una época que se cansó de pensar y que se conformó solamente con repetir fórmulas prefabricadas. (N. del A.)
[12] En las noticias emitidas por El Diario del Pueblo, el domingo 24 de enero de 1932, se leía la siguiente noticia: «El gobierno reprime con mano de hierro el movimiento comunista… Centenares de voluntarios se presentan a los cuarteles de esta capital y se alistan en las filas anticomunistas. Los comunistas cometen actos de verdadero vandalismo». Ver: La Prensa Gráfica, Libro de Oro 1915-1965, p. 210. El miércoles 27 del mismo mes y año, se continuó con el mismo esquema de descripción peyorativa y partidaria, de la siguiente manera: «Son indescriptibles los horrores del comunismo en Juayúa e Izalco. Todas las casas comerciales de ambas poblaciones fueron saqueadas. Los comunistas cometen crímenes horrorosos… Grandes partidas de indios ebrios siembran el espanto y la muerte. El Gobierno controla ya con mano firme todo el país. Se ha hecho sentir la cooperación moral, material y económica del público en contra del comunismo». Ibíd.