La modernidad no fue un mito que se generó en el seno de filósofos trasnochados, principalmente desde finales del siglo XVIII, sino que sintetizó una preocupación que aún hoy tiene gran actualidad; pues resume la búsqueda de la libertad a través del supremo acto del pensar. En este sentido, SAPERE AUDE, fue el breve discurso latino que reactualizó I. Kant, y que podría ser interpretado como: <<Atrévete a pensar>>; el cual fue consagrado como el lema del movimiento intelectual, que trajo al mundo no solamente frutos dulces, sino también amargos.
Este nuevo estilo en el arte de pensar fue consagrado como un instrumento privilegiado, parteaguas cosmovisional que se produjo en gran medida, por el entusiasmo de haber comenzado a descifrar muchos de los enigmas del mundo material; lo cual reforzó el nuevo giro de timón, donde no fue más Dios el derrotero último, sino el ser humano, el cual se pensó como un nuevo dios.
Sin embargo, por esto no podríamos acusar aquella época de atea, porque su antropocentrismo aunque pretendió suplantar al teocentrismo tradicional, solo buscó crear el sueño de lo moderno. Pues en la media que se fue tomando cada vez más conciencia de la vulnerabilidad y fragilidad de la existencia humana a raíz de los avances científicos, y después de la Primera Guerra Mundial; sobrevino la crisis pavorosa del sentido de la finitud, la cual fue señalada en el primer cuarto del siglo XX, por el filósofo existencialista alemán M. Heidegger. Este movimiento filosófico, rescató la vocación originaria del ser humano, por la inacabable búsqueda de la totalidad en la trascendencia del ser; anunciando el retorno a Dios, pero desde la recuperación radical de la realidad desde el acto del pensar. Entendiéndolo no solo como instrumento al servicio de la técnica, sino esencialmente como el supremo poder para desentrañar el sentido de la existencia humana, en el espacio y tiempo finitos.