El corazón femenino posee un consuelo especial en el mundo, quizás por ello ha sido eternizado en el amor materno, o en aquellas historias de amor, donde la doncella murió por su amado…
¿Qué fuerza extraña está encerrada en esas entrañas delicadas, en esa voz suave que apacigua las tormentas de la vida?
Será quizás porque la sabiduría femenina es más intuición divina que fría razón… ¡esa con la que hoy se miden los límites de la muerte!
Es cierto que es tan fácil perder la esperanza dentro de esta vida moderna, camino tan oscuro y escabroso; incluso hasta llegar a creer, equivocados, que esa luz, ese aroma… licor poético que destila el corazón de una mujer, pudiera no existir más. Estaríamos desesperados, huérfanos, perdidos; sin metas ni ideales, arrastrándonos por el mundo, sin patria, aquí o en la otra vida.
Porque volver nuestra mirada hacia el infinito que encierra el corazón de una mujer es retornar al paraíso donde un día fuimos felices… más que un lugar en el tiempo, un éxtasis que encierra la vida. Y más allá, donde todo cobra sentido, en esa paz inigualable, la misma que entrega esa mujer donde habita un corazón: morada-vida-eternidad… sin principio y sin final.