La concepción de historia que ha prendido en las mentes de muchos pensadores modernos está vinculada de manera ineludible a una cosmovisión que los marca no sólo como hombres de academia, sino principalmente como seres humanos anclados en un espacio y tiempo definidos, pero circunscritos al devenir de sus propias circunstancias. En otras palabras, nadie puede evadir su responsabilidad frente a las injusticias del mundo, amparándose a la sombra del paraguas de una teoría, o desde ventajas, sean estas adquiridas o simplemente heredadas. El pensamiento no es, sin más, una estructura que puede separarse para construir castillos infinitos y hermosos, pero deshistorizados, y que en poco o nada ayudan en las luchas de los pueblos oprimidos. La militancia ejercida desde la praxis no se debería limitar a las acciones que pueden ser descritas para el deleite y solaz de algún gueto de privilegiados, sino como una interpelación a participar de manera concreta en la construcción de “una puerta”, armada con la carne y sangre de todos aquellos que han luchado con la espada o la pluma; para ver algún día, a través de ella, la luz que ilumine el camino que nos enseñe a vivir como una nación libre.