La belleza como la fuerza de Dios.

La belleza es una fuerza sobrenatural, que nos puede rescatar para la eternidad, y por ello se encuentra desparramada de manera providencial en todo lo creado; como una luz, como un camino, como una esencia que nos atrae irresistible, como el néctar a la abeja, el sol a la rosa. Porque al beberla, sentirla e integrarla, no sólo a nuestro cuerpo, sino fundamentalmente a nuestra alma, recobramos el deseo de vivir con honor; y con ella de frente, el temor a la muerte se esfuma, como un fantasma en la noche.
La belleza es el hechizo de la vida, que busca perpetuarse en la obra de arte, o en el instante fugaz y eterno, donde se posó la mirada y el corazón, para atreverse a robar esa esencia fecunda, y llevarla hacia el profundo abismo, donde palpita y brota la vida en cada ser humano.
Porque en ese hálito de vida, aroma sagrado, incienso del altísimo, que algunos elegidos eternizan y por ello se consagran; se encuentra una felicidad extraña, casi intransferible, que hace agonizar y sufrir, pero también nos da la paz y serenidad. Implacable fuerza que estalló un día en el corazón de Dios, para activar no sólo la historia humana, sino el movimiento de los astros… universo en perpetua marcha, marcado para generar y perpetuar la vida. Con un principio, pero sin un final, igual que el amor y la vida. Hermanados, en unión sagrada, en esa obra de arte que refleja la inmortalidad de un espíritu que navega hacia una infinita plenitud.
De esa belleza mortalmente inefable, que se esconde en la mirada, el gesto, la palabra… que rompe y crea mundos, donde todos los días, y en cada uno de sus instantes, siempre habrá alguien queriendo alcanzar a Dios, en esa eternidad que se esconde en la belleza.