La salud de un país es una dimensión humana demasiado seria como para dejar de abordarla, y también demasiado compleja como para hacerlo a la ligera. Su abordaje, desgraciadamente, casi siempre se ha hecho desde el paradigma de un tipo de ejercicio del poder al cual pareciera no importarle —excepto con fines electorales— la salud del conglomerado nacional. Quizás porque los que han convertido a la política en “el gran negocio” en ninguna medida padecen las inclemencias ni las carestías que son el pan de cada día en la mayoría de los diferentes centros de salud a nivel nacional. Y en esta corriente de análisis, fácil es reconocer por qué muchos profesionales —lo cual alcanza no sólo a médicos, sino también a abogados, profesores, militares, etc.— acuden presurosos a esta “suculenta vida política”, donde encuentran cobijo y seguridad. Esto no estaría mal si, a estas alturas de la historia patria, se hubiesen cubierto de manera digna y eficiente estas carencias ya señaladas. Despojándose de todos esos discursos demagógicos, que casi siempre quieren maquillar con algunas frases iluminadas, o confundiendo al público con cifras mal aprendidas; proporcionadas por asesores sospechosos, a los cuales no creo les interese resolver ningún problema del país, excepto el de su cuenta bancaria.
Desde que tengo uso de razón vengo escuchando que existe “una crisis” en el sistema nacional de salud en El Salvador, y este término, “crisis”, a la vez tan ambiguo como insuficiente, no parece responder, como discurso coherente, a las verdaderas causas que aquejan la salud a nivel nacional. Y que bien podrían estar inmersas en la integración de otras variables que, al ser identificadas y enfrentadas, nos harían aspirar a un nivel de salud más digno. En tal sentido, me parece que se podrían asumir, a manera de hipótesis, dos posibilidades para mejor entender este problema:
1) Que hemos tenido gobiernos incapaces, que se han lucrado de manera aviesa con todos esos recursos en teoría destinados a la salud.
O más grave aún:
2) Que a pesar de conocer las causales que generan y mantienen la enfermedad, y reconociendo como “verdad matemática” que la salud es un pilar para el crecimiento y desarrollo de los pueblos, de manera “premeditada y alevosa” se han prestado a mantener un alto nivel de enfermedad, para que este subdesarrollo se perpetúe en el tiempo.
Estas dos posibilidades en teoría se complementan en la práctica, porque, al parecer, ya es una constante el hecho de que cada vez que hay relevo de autoridades ministeriales, casi siempre hay reclamos por el uso inadecuado de los fondos autorizados para satisfacer las diferentes demandas sanitarias. Y esto sólo demuestra la poca conciencia moral y científica de quienes han respondido a sus obligaciones con gestiones sospechosas e ineficientes; sólo que en este caso la ineficiencia tiene una dimensión más peligrosa, pues en ella está representada la certeza directa de favorecer condiciones que con seguridad conducirán a la muerte a miles de salvadoreños. Y esta realidad dolorosa sólo puede ser llamada aquí, y en cualquier parte del mundo, de una sola manera: “genocidio”.
Nadie puede llamarse médico si está involucrado en cualquier tipo de gestión que conduzca a una situación semejante, y si lo está, debe denunciarlo “de inmediato”. Porque de nada servirán los títulos ostentosos, ni esos trajes caros, ni todo el glamour con el cual se ha crecido en esos hospitales populares, si al final se convertirán en fríos burócratas, firmando desde la comodidad de una oficina de Estado unos documentos muertos.
Por esto, la enorme responsabilidad del gremio médico a nivel nacional no debe circunscribirse a seguir de manera borreguil o temerosa los dictados de cualquier gobierno de turno, o incluso de pseudo sindicatos que hasta ahora NO HAN DEMOSTRADO ABSOLUTAMENTE NADA, excepto que también quieren su cuota dentro del poder opresor. Ya no usen mal a Marx ni a Lenin, hablen claro y quítense las caretas para demostrar con claridad no sólo el buen manejo de sus finanzas; sino también para cuestionarse si dan buen ejemplo, no haciendo aquello que tanto han criticado, como son el nepotismo y el criminal tráfico de influencias. Y lo anterior, tristemente, ha llegado al gremio médico, pues actualmente somos testigos de las luchas intestinas que involucran a personeros médicos sindicales, que bien harían en estar abanderando otros movimientos más genuinos y limpios, para enfrentar el problema de todos: “una salud precarizada y muertes prematuras, por la altísima contaminación ambiental y pobreza galopante”.
Por lo anterior, el verdadero gremio médico de El Salvador deberá dar un paso al frente para recuperar su verdadera vocación: la vida. Y entender de una vez por todas que la actividad del médico no puede nunca ser reducida a la simple repetición de textos científicos, o peor aún, a la búsqueda inmoral del beneficio económico, o de prebendas políticas logradas después de traicionar el Juramento Hipocrático. El médico deberá responder, ¡siempre!, a la actualización histórica de una labor que no es una mera vocación por la verdad científica, o el borreguil acatamiento de políticas de Estado —el que sea—, si estas no responden a su labor; que no es cualquier labor: es, ni más ni menos, la responsabilidad por la salud integral del ser humano, de su vida y de su muerte. Por ello, esta apuesta será siempre desafiante, por una labor que, más que científica, es una vocación integral por la vida. Más ahora, cuando al parecer vemos esta vocación desviada, que se ha centrado más en proteger intereses gremiales egoístas que en manifestarse de manera clara y concreta, denunciando con el fuero que da no sólo la moralidad, sino principalmente la OBLIGACIÓN que impone “el saber médico”, pero como forjador de civilizaciones libres.