Las enfermedades en Latinoamérica: un proyecto de exterminio.

La ola de enfermedades que actualmente está sacudiendo a las sociedades de los países de la periferia debería cuestionarnos, en el sentido de tratar de entenderla no como una simple calamidad o fenómeno producto del azar, sino como parte de una realidad ordenada de tal forma que sus consecuencias sirvan al balance de la articulación del poder mundial. Porque la visión matemática con la que se está manejando el mundo moderno se inclina hacia un tipo de soluciones que en nada tienen que ver con la moral, ni mucho menos con la piedad. En tal sentido, podemos perfectamente asumir que los efectos que el subdesarrollo de los países empobrecidos tiene sobre los países considerados del primer mundo están siendo enfrentados con un tipo de estrategias que tendríamos que deducir a partir de las múltiples evidencias obtenidas de la realidad cotidiana. El repunte en el crecimiento poblacional, y principalmente la ola migratoria que satura los diferentes estratos de las sociedades del centro, al parecer están generando enorme preocupación en estas sociedades receptoras, a tal punto que existen sonados debates sobre si es lícito admitir e integrar a estos ejércitos migrantes. Por lo anterior, no extraña la existencia, desde el siglo pasado, de multibillonarias campañas mundiales para frenar el crecimiento demográfico en países mal llamados «tercermundistas». Y, en tal sentido, perfectamente podemos entender que, al haber prácticamente fracasado la anterior estrategia, se deben estar realizando medidas sustitutivas, pero sobre todo más eficientes y radicales. El colapso de las economías dependientes no solamente es el ingrediente fuerte en esta aparente conspiración, sino principalmente el repunte de patologías mortales que abarcan enfermedades bacterianas, virales, cánceres, insuficiencia cardíaca, respiratoria y renal… solo por mencionar algunas. Y cuyo origen escapa de ser rastreado con claridad, incluso para las acostumbradas razones esgrimidas por los clásicos textos médicos. Lo anterior no nos debería extrañar, porque cuando se tiene una visión del mundo marcada por un esquema de guerra permanente, con el fin de conservar la hegemonía suprema, las medidas usadas en esta dirección —cualesquiera que estas sean— podrían entenderse fácilmente.

El poder basado en el conocimiento en ningún momento es neutral. De aquí que un amable y aparentemente científico bonachón, tal vez ignorando el objetivo de su esfuerzo, elabora día y noche la fórmula que probablemente sea utilizada en el diseño de un virus letal; y este tendría mejores resultados en el control demográfico, sin los costos diplomáticos ni económicos que otros modelos de exterminio basados en una guerra convencional. ¿Es posible que esto suceda? Todos sabemos que ya ha ocurrido, y en consecuencia puede volver a ocurrir; probablemente en otros escenarios geográficos e históricos, pero con iguales o peores efectos. Por lo anterior, cuando nos enfrentamos al análisis de los graves problemas sanitarios que sacuden a los países empobrecidos, no debemos dejar de lado ninguna posibilidad, por inmoral que esta pudiera parecernos, porque nuestra percepción de lo posible está limitada por el ocultamiento de una información «clasificada». Pero es posible inferirla con facilidad, aplicando una lógica elemental, basada en el conocimiento que otorga la ciencia y, fundamentalmente, en la fuerte sospecha de la existencia de un modelo de hegemonía mundial que, al parecer, ya decidió quién vive y quién muere.