El verdadero desafío en el siglo XXI: una apuesta por la libertad.

Cuando el «Saber Oficial» define y sanciona como correcta una determinada dimensión del ser humano, casi de manera automática la aceptamos como verdad. Y es en este proceso de asentimiento ideológico donde introyectamos y reactualizamos la cosmovisión que, en teoría, constituye el «deber ser del mundo moderno». Es en este trance de la reflexión donde es posible ver, como en un cruce de caminos, la oportunidad de elegir. Y para ello solo necesitamos lanzar una mirada al horizonte —pero no al del mundo exterior, sino a aquel donde habitamos de verdad, y que se encuentra en la interioridad más profunda—, donde está el misterio que nos ata a una realidad hasta ahora desconocida, tan presentida como ansiada, y que buscamos a cada instante. Y es en este momento cuando es dable sacudirse las cadenas que nos mantienen atados a esa construcción «llamada mundo», tristemente marcada con el signo infinito de una especie de muerte existencial. Porque, en absoluto, la percepción impulsada por el sistema histórico actual posee la neutralidad y la honestidad suficientes como para apostarle nuestro don más valioso: la vida. Sin embargo, para enfrentar la fuerza y el poder inmersos en estos arquetipos impulsados como «la vida ideal», se presupone un tipo de energía que no puede encontrarse fácilmente. Porque para el despliegue de este desafío —el mismo que enfrentaron aquellos que han impulsado «lo santo» en la historia, aunque fuese por un instante— es preciso romper en mil pedazos esa copa donde día a día se nos da a beber ese elixir venenoso que nos impide recobrar el rumbo hacia la verdad que todos poseemos. Y que, hoy por hoy, se encuentra secuestrada.

Etiquetado con: