El Salvador frente a las elecciones presidenciales del 2014: lo que debemos pensar y hacer ante la injusticia como problema histórico.


La injusticia social es una realidad no solo física, sino fundamentalmente metafísica; por ello, sus repercusiones alcanzarán siempre las dimensiones biológica y ontológica del ser humano. Lo anterior es posible identificarlo en el tiempo como una historia aún pendiente de ser escrita, pero que bien podría ser inferida con facilidad al intentar reconstruirla a partir de los logros o fracasos de una sociedad específica. Desde este esfuerzo, es posible atreverse a presentar una estructura que nos permita describir, a manera de reflejo, el modelo de ser humano que se intentó impulsar en determinado período del desarrollo de una sociedad.

El Salvador posee una serie de características que en gran medida han determinado el tipo de sociedad en la cual actualmente vivimos, y dentro de la cual los fenómenos de la violencia y la injusticia son relevantes. En otras palabras, este fenómeno así planteado determina una realidad humana donde la pobreza no solo ataca el cuerpo o dimensión biológica, sino fundamentalmente a la conciencia colectiva, y ha pasado a convertirse en una especie de pseudocultura que convierte al hombre libre en esclavo. Siempre imitando o implorando auxilio económico, político, militar, etc., ante la comunidad internacional, con el aparente fin de enfrentar problemas que bien podrían ser resueltos por los verdaderos salvadoreños. Lo anterior será siempre una afrenta para los pueblos que aspiran a vivir y morir con honor.

Porque no hay generación espontánea, ni efecto sin su causa dentro del universo que conocemos, así también ocurre con toda estructura histórica existente. Esto significa que, para un determinado proyecto político, económico y social, es posible rastrear autores específicos, a los cuales es preciso y urgente identificar. No solo como simple curiosidad intelectual, sino para entender la dinámica que ha movido ayer y hoy nuestra historia, creando esta percepción distorsionada que ha ubicado a las mayorías populares en un nivel de humanidad muy por debajo del minimum vital. Y esto no por falta de solidaridad —sino aún más grave— por la ausencia radical de alteridad, la de quienes han visto en el otro no a un ser humano, sino algo parecido a una presa, a la que el depredador debe dominar y consumir, porque en teoría es más débil. Y en esto no se equivoca el depredador, porque esta debilidad ha sido expresamente construida como una conciencia esclava, a partir de la introyección de todos los «códigos culturales» que en gran medida han tenido la responsabilidad de castrar el derecho a la legítima defensa de los pueblos oprimidos.

La pregunta de qué es ser un «verdadero salvadoreño» debería ser sustituida, con mayor exactitud, por esta otra: ¿qué es ser un «verdadero» hermano, en el estricto sentido de la palabra? Dejémonos de retóricas engañosas: las cosas están demasiado claras, porque la hermandad entre los que ostentan el poder no es, ni será, la misma que la habida entre estos y el resto de la sociedad. Hay naciones que, cuando «uno solo» de sus compatriotas es agredido fuera de sus fronteras, reaccionan con tal magnitud que hacen temblar el mundo de las relaciones internacionales. Sin embargo, en El Salvador la «individualidad» ha sido sustituida por «la masa de población» que, buscando el sustento, abandona el terruño migrando muchas veces en la ilegalidad… y en esta aventura, las vidas que se pierden, así como la dignidad y el honor ofendidos, no cuentan igual en esta balanza del poder. Pero también, al interior de nuestras fronteras patrias, cuando se agrede a grupos de poder o a «uno solo» de sus familiares, la reacción policial y jurídica es directamente proporcional a su poder político y económico. Lo cual demuestra una reproducción a escala micro de lo que ocurre a escala macro. Como evidencia fehaciente del mal estructural al cual aparentemente nos hemos acostumbrado. ¡Craso error!

La coyuntura histórica en la que lo anterior sucede ha enfrentado casi siempre a grupos radicalizados, pero homogeneizados en lo tocante a la búsqueda del poder, y quizás muy poco preocupados por convertir al terruño al cual se deben en un lugar donde vivir con dignidad. Y a estos, en los actuales períodos electorales, fácilmente podríamos identificarlos. Unos: dueños de saberes utilitarios, controladores del capital financiero y herederos de una soberbia aprendida —que ojalá hayan logrado superar—, pero principalmente anclados en tradiciones vinculadas al control imperial… los que siempre ofrecieron un gran país, pero que en gran medida no han cumplido. Otros: los que, venidos de la guerra, creen que construir un país es vivir peleando, en confrontación perpetua y ambigua, sin incluir, e invocando una beligerancia ideológica que contradicen con sus nuevos estilos a lo dolce vita. Tal vez con buenas intenciones… pero eso no basta, cuando no se ha entendido el rumbo de la historia para, al menos, intentar jugar elegante y dignamente el ajedrez del poder. Así, también podríamos mencionar otros probables actores en este ambiente político, pero no es necesario perderse en este intento, porque a las posiciones ambiguas en este escenario solo se les puede llamar de una manera: alta traición. Y no hablo de la que se hacen los políticos entre sí, sino la que se ejerce contra el pueblo, a través de elegantes pero superficiales pseudodiscursos intelectuales, elaborados por personajes que no están —ni estarán nunca— a la altura de una magistratura presidencial, excepto por algún grave error histórico.

Y para los que aún creen que lo anterior es un mal necesario para estos «pueblos atrasados», quizás se olvidaron de que el sentimiento de «Patria» no es en absoluto una abstracción, ni un «imaginario» construido como un gran «sedimento glorioso» que se decanta con el paso de los siglos… esto más bien parece un pseudorrazonamiento pútrido con resabios de hegelianismo poscolonial. Porque, de acuerdo con esto, tendríamos que esperar al menos mil años para enfrentar con solvencia el fenómeno de la injusticia. La Patria solo puede nacer como una hermandad —quizás, para ser más claros, como una gran familia— que se inserta en la historia para resolver con dignidad su hacer y estar en el mundo.

Con el advenimiento y consolidación de los grupos hegemónicos, en el proceso de formación de los diferentes gobiernos liberales desde finales del siglo XIX y principios del XX, se dio inicio en el escenario político al pretendido teatro de que el pueblo elige a sus gobernantes; y esta es solo una verdad a medias, porque, si esta conclusión abstracta fuera real, la actual situación de violencia estructural —solo por abreviar— no habría desembocado en la guerra civil de los años ochenta, ni mucho menos en la tremenda guerra que la delincuencia hace a la población civil en pleno siglo XXI, y que los gobiernos de turno no han logrado controlar, porque al parecer no quieren reconocer que, en términos generales, la verdadera y real causa de toda transgresión a la ley es la injusticia social.

Todo parece apuntar a que la pregunta fundamental en estos momentos es si alguno de nuestros dirigentes políticos tiene las acreditaciones morales e intelectuales necesarias para hacer uso sabio de la espada del poder, a fin de construir la conciencia real que devuelva al pueblo su dignidad, a través del ejercicio y la promoción de la justicia social. Porque nuestros conciudadanos continúan muriendo de enfermedades prevenibles; siguen los asesinatos, las migraciones, la crisis económica galopante, la tolerancia criminal de nuestras autoridades de salud hacia quienes producen energía quemando toneladas de llantas y desperdicios tóxicos, contaminando ríos, cañerías que ya no conducen «agua potable» sino aguas negras, o importando combustibles con elevadísimos niveles de azufre, que al interactuar con el agua del aire se convierten en el temible ácido sulfúrico, que irrita las vías respiratorias, generando arritmias cardíacas, asma severa y, eventualmente, la muerte, etc. En otras palabras, la injusticia es hoy más real, y esto con independencia del proyecto ideológico que cada uno defienda. A quienes adversen lo anterior, les preguntaría simplemente: ¿qué entienden por violencia? Y les diría que es TODO aquello que atenta contra la dignidad humana y que, en última instancia, amenaza o quita la vida. La enfermedad, la contaminación ambiental, la criminalidad, etc., solo son UNA MANIFESTACIÓN de la verdadera delincuencia estructural, que se oculta en la desesperada búsqueda del lucro personal, sombra mortífera de una incapacidad vinculada al nepotismo y al tráfico de influencias, que rechaza de manera sistemática el conocimiento y el talento, los cuales, de haber sido aprovechados de manera inteligente por este y pasados gobiernos, habrían convertido al país en una potencia. Pero actualmente el saber académico, al parecer, se ha convertido solo en un objeto de lucro, dirigido por empresarios ambiciosos, muchos de ellos poco letrados. O, en el peor de los casos, por universidades que, instrumentalizando la religión y con costos prohibitivos, evidencian la doble moral de quienes, predicando la pobreza, exigen cuotas onerosas, cobrando inmisericordemente a una población estudiantil empobrecida. Lo cual cuestiona ipso facto cualquier prédica contra la injusticia que, desde la anterior perspectiva, no pasa de ser abstracta y estéril. Viniendo de quienes, en la vida concreta, viven no el espíritu de la pobreza evangélica, sino el de una clase burguesa, tan cómoda como sospechosa. Muchas veces tiranizando con «su verdad» a una población que en el fondo quizás desprecian, y a la que han vuelto objeto de su pretendida misión salvífica.

La importancia de lo anterior posee una clave incuestionable, la cual bien ha podido ser relegada de manera consciente o inconsciente de los discursos contestatarios. Porque el valor repetitivo de algunos intentos ideológicos para enfrentarse a este flagelo probablemente ha podido ser minimizado, merced a esta ausencia en la integración de las variables que, en última instancia, construyen y determinan el que ha venido a ser el esquema estructural de dominación más potente, y que peligrosamente está anclado en el subconsciente colectivo de los países empobrecidos. Por lo anterior, hemos asistido al despliegue persistente y en incremento del fenómeno de la injusticia, el cual se manifiesta en una circularidad a la cual algunos académicos parecieran estar lastimosamente acostumbrados, y que en cierta manera les hace participar, por acción u omisión, en este grave problema colectivo.

El poder político en El Salvador ha pasado a ser la expresión más triste e insolente de cómo se materializa la voracidad histórica de los diferentes grupos en el poder, al parecer reglamentada a través de elecciones presidenciales, las cuales son en teoría el ejercicio de un «derecho ciudadano», pero que no se diferencian en nada respecto al modelo ideológico que impulsaron los políticos de finales del siglo XIX, y que explosionaron en las graves crisis que sacudieron a El Salvador, no solo en la emblemática fecha del año 1932, sino también en las cruentas guerras de los años ochenta.

Ya no es necesario estudiar, ni demostrar competencia moral e intelectual… basta con ser «animala», si se me permite usar el caló aplicado a quienes se han servido del poder político para engordar y proteger a sus grupos.

Actualmente, la violencia estructural alcanzó a todas las capas de la sociedad, y no es de extrañar que nuestras autoridades no se preocupen de manera clara por mostrar sus causas, y mucho menos por plantear las soluciones adecuadas para enfrentarla. Apelar a la violencia, o transar de manera inadecuada con ella, solo muestra la debilidad, así como la ausencia de originalidad y honestidad para definir con claridad meridiana que la violencia existirá mientras exista la injusticia social.

Existen situaciones graves en nuestro país. Solo por mencionar un dato: actualmente hay una epidemia de insuficiencia renal y respiratoria, y para ello no se quiere hacer un plan de salud integral. Es contundente la evidencia, HASTA LA SACIEDAD, de que la calidad de las aguas que llegan a diario a un elevado porcentaje de las viviendas del país posee un altísimo nivel de contaminación fecal, sin contar los desechos químicos carcinogénicos; lo cual, desde el punto de vista médico, es condición sine qua non para generar y producir estos graves males. Y para ello no necesitamos solo más hospitales y medicinas, sino FUNDAMENTALMENTE un ordenamiento científico y, por sobre todo, la voluntad política de invertir, ¡sí, DE INVERTIR!, en prevención, pero de manera obligatoria y no discrecional. Exigiendo a la Asamblea Legislativa cumplir su obligación de velar por los intereses de todo el conglomerado salvadoreño. Disculpen que haga uso de estos argumentos tan trillados, porque al parecer ya son obsoletos y nuestro pueblo los maneja con mayor elegancia. Pero, tristemente, son los mismos que sirvieron, sirven y probablemente servirán para enfrentamientos, levantamientos y revoluciones, no solo en el orden ideológico, sino desgraciadamente también en el militar. Actualmente estamos todos sumidos en el inacabable discurso sobre la violencia, ¿pero de qué discurso están hablando, si ni siquiera se le quiere vincular de manera clara y concreta con su causa legítima: la injusticia social? La cual, de no resolverse, generará de manera persistente un país de modernos bárbaros, donde finalmente todos podríamos abjurar de los principios más sagrados que impone una sociedad. Al parecer —y de acuerdo con el anterior análisis— construida ideológicamente no para liberar, sino para reproducir el fenómeno de la violencia, que genera pobreza, exclusión, migraciones, insuficiencia renal y respiratoria, desnutrición… y, por supuesto, el empoderamiento de nuevos y antiguos ricos, vinculados a esta estructura política que hoy por hoy no merecen ser parte de un país que en teoría es libre y soberano ante el mundo.

En este escenario de toma de conciencia ciudadana, es necesario advertir que los medios de comunicación poseen el vicio de estar SIEMPRE al servicio de un tipo de PODER, y por ello no serán NUNCA medios fiables de conocimiento a la hora de elegir un futuro gobernante. Ya no es necesario perder el tiempo y el dinero engordando a estas corporaciones o grupos enquistados en la jerarquía económica y política… basta con ver nuestro entorno, con ojos limpios y honestos, ver con la inocencia del niño, ver y sentir las carencias esenciales que padecen y han padecido nuestros pueblos. Esto es suficiente para resumir que la estructuralidad del fenómeno de la injusticia y la pobreza debe ser desarticulada mediante la construcción de una conciencia social elevada, basada en nuestra realidad inmediata, como única condición para apostarle a un nuevo y mejor país. Preguntemos a los alemanes, franceses, ingleses, qué piensan de nuestro caso… sus respuestas se encuentran inmersas en sus respectivas historias, y no porque nos interese ser como ellos, sino como el reto por construir una sociedad que, por compartir la misma naturaleza humana, y dotada de potencialidades y necesidades similares, tiene el derecho a vivir con dignidad.

Por lo anterior, si queremos en verdad resolver los problemas del país —o por lo menos intentarlo—, antes de ejercer el derecho al voto pensemos un poco en nuestra historia, para exigir a los actuales y futuros gobernantes cuentas cabales, y aspirar así a una sociedad justa y libre para las presentes y futuras generaciones.

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2 respuestas a «El Salvador frente a las elecciones presidenciales del 2014: lo que debemos pensar y hacer ante la injusticia como problema histórico.»

  1. Ana Elsie de Oliva

    Es un verdadero discurso, has puesto en palabras el sentir de los que vivimos en El Salvador, espero impacte en las conciencias de los salvadoreños porque solo el verdadero salvadoreño puede hacer la diferencia y así cambiar esta historia que se repite generación tras generación.
    continua escribiendo que los buenos patriotas te apoyaremos.

    1. Agradezco sus comentarios , y reflexiones sobre la realidad salvadoreña ;pero que sólo con algunas escasa variantes podrían hacerse extensivas al resto de Latinoamérica .

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