Acercarnos a Dios es predicar con el amor en nuestras vidas y en la de los demás. No con fórmulas aprendidas y vacías, imitando tal vez a santones sospechosos, mientras la llama del altar que llevamos dentro se apaga poco a poco. Perseguimos en la vida la felicidad, el amor, la justicia… y no por casualidad, porque eso está inscrito en nuestra conciencia originaria. No existe maldad innata, excepto en los monstruos, y esos no pueden tener cabida en el reino de la vida. El «Paraíso» se perdió, pero no para siempre, porque aún podemos, entre «todos», luchar para salir y ver la Luz, allí donde siempre nos ha estado esperando la mirada profunda y santa de Dios. Será una misión difícil, heroica y quizás martirial… ¿acaso no debería serlo?, porque esta existencia, en términos temporales, es solo un breve instante en el cual marchamos rumbo a la eternidad. Esta apuesta por una cosmovisión nueva no solo es necesaria, sino que la merecemos todos por igual. No solo las víctimas, sino también los victimarios; ¿es esto justicia?… una pregunta no solo difícil, sino misteriosa, y quedará siempre abierta, porque la esperanza permanecerá para «todos» hasta el último momento de esta vida terrenal.