Cuando analizamos las múltiples teorizaciones sobre el fenómeno de la pobreza en el mundo, vemos aparecer de manera repetitiva las palabras «Tercer Mundo» y «subdesarrollo», lo cual pareciera haberse convertido en lenguaje legítimo dentro del mundo académico. Sin embargo, el mensaje que transmiten posee algo más que la descripción neutral y aséptica del cientista social, porque en él percibimos un discurso sólido, pero claramente tendencioso y oculto —al cual Sigmund Freud, filósofo de la sospecha y padre del psicoanálisis, seguramente habría calificado de atentado criminal contra el subconsciente colectivo de los países destinatarios del mismo—. Lo anterior no ha ocurrido por obra del azar, sino como resultado de la articulación meticulosa de un trabajo coordinado históricamente, al que podemos con propiedad llamar «proyecto de dominación mundial». En consecuencia, la capacidad de reacción defensiva, en todos los niveles, que podrían tener las regiones del planeta objeto de esta nueva esclavitud moderna estaría disminuida en gran medida por razones vinculadas a la misma esencia circular de la pobreza.
De aquí parte mucho del triste talante repetitivo que ha invadido —con escasas excepciones— a diferentes disciplinas del saber en Latinoamérica; y no por falta de talentos, ni siquiera de importantes genios, los cuales en su mayoría han sido seducidos por el poder imperial o, peor aún, silenciados, marginados, olvidados… privando a la tierra que los vio nacer de la posibilidad de obtener su lugar merecido en el mundo. Así, cuando los intelectuales se acomodan y evitan desafiar los modelos ideológicos aprendidos desde la academia, están condenando a la sociedad a la cual se deben a una pobreza que no es solo material, sino académica, moral y espiritual; y de ella no podremos salir jamás, por más sangre que se derrame en guerras civiles que hasta ahora no han demostrado que puedan funcionar.