Ignacio Ellacuría marcó con la totalidad de su vida un nuevo rumbo teórico-práxico —principalmente— en la conciencia latinoamericana, desde el último tercio del siglo XX. Decir esto será quizás una trivialidad repetitiva y hasta molesta en el mundo intelectual. Porque para muchos, Ellacuría saltó a la fama no porque sus ideas fueran valiosas, sino por haber sido solamente un cura revoltoso que terminó asesinado como muchos en el mundo.
Sin embargo, lamentar la muerte de un inocente siempre será causa de un lamento infinito, sea quien sea, desde el más encumbrado intelectual hasta el ser más humilde y anónimo… porque cuando el huracán demoniaco de la opresión —pero en su expresión más elevada— ha roto con violencia el hilo misterioso que nos une con el mundo, se precisará con urgencia un modelo de reflexión y acción que integre de manera vital un saber teológico y filosófico, pero a la altura de los tiempos.
Rescatar a Ellacuría no es sólo saber recitar sus escritos, sino atreverse a enfrentar, desde sus aportes, cualquier estructura de opresión, esté donde esté, incluso dentro de la misma Iglesia. Porque el sello que distinguirá al sabio o al santo será siempre la humilde sencillez, que nos invitará a seguir gustosos —aun en medio del sufrimiento— el camino hacia una libertad verdadera. Con Ellacuría se inauguró el desafío de un «método», con el cual atrevernos a ver con una sensibilidad diferente, pero profundamente cristiana, la realidad humana de los pueblos oprimidos. Rescatando lo trascendental en lo intramundano, pero como tarea impostergable, frente a la actual cosmovisión occidental capitalista.
Rescató e integró —entre otros— el aporte filosófico de Xavier Zubiri, y no por simple moda pseudointelectual, sino como propuesta fundamental para el desafío que presintió en el mismo momento en que arribó, ya como sacerdote jesuita, a El Salvador, desde mediados de la década de los años sesenta.
De aquí, el haberle dado una nueva vitalidad, no sólo a la filosofía, sino principalmente a la teología, pero en fusión estratégica. ¿Y por qué me refiero al «saber teológico» de manera concreta? Precisamente por el enorme poder que ha tenido en la historia de los pueblos; en consecuencia, por su enorme responsabilidad en mostrar u ocultar el camino hacia una auténtica libertad.
Como pensador de grandes quilates, es respetado no sólo por ser un jesuita mártir, sino por haberse atrevido a realizar una síntesis de reflexión comprometida que aún ahora, incluso después de su desaparición física —así como la de otros—, sigue siendo retomada en el debate sobre la injusticia en el mundo.
Lastimosamente —al parecer— no se lo ha podido ni querido rescatar de manera creadora, quizás debido al aburguesamiento o a una especie de mediocridad que podría estar infestando algunos centros de reflexión, y que es preciso señalar. ¿Qué está pasando en el mundo académico? Porque la perpetuación de su legado no ha sido realizada —con escasas excepciones— de manera coherente y creativa. Porque el saber teológico no debería ser una plataforma de promoción personal, un medio de vida, o peor aún, una estrategia más dentro del poder hegemónico; sino un COMPROMISO claro y concreto con DIOS y con el MUNDO.