Existen en mi opinión dos errores fatales en el mundo moderno: el primero es aquel que busca entender todo lo que acaece, pero desde una perspectiva exclusivamente cientificista. El segundo —y quizás el más grave por sus consecuencias— es querer asumir absolutamente todo lo existente en el mundo, única y exclusivamente desde una visión religiosa. Con esto no queremos decir que lo científico y lo religioso están fuera de lugar, sino que el recurrir de manera exclusivista a uno u otro traerá funestas consecuencias; debido a que la parcialidad así impuesta provocará, tarde o temprano, el empoderamiento de aquellos que así la impulsan. Pero principalmente, un debilitamiento del sentido último al cual tanto la ciencia como la religión se deben: el ser humano. ¿Qué es lo que realmente le importa del ser humano a la ciencia y a la religión? O podríamos preguntar de otra manera: ¿qué intereses se esconden en esta persecución, que se hace al ser humano, con más fuerza en estos últimos cien años? ¿Será solamente la simple lucha entre el bien y el mal? ¿O es que este escenario, así construido por la religión y la ciencia, responde al modelo de una hegemonía que guarda una SIMPLE UNIDAD MONOLÍTICA?
Las abundantes contradicciones entre la teoría y la práctica han visitado tanto a la ciencia como a la religión; pero también ambas poseen un poder incuestionable, que ha llevado a naciones específicas a convertirse en imperios, merced al dominio ejercido sobre las mentes y cuerpos de miríadas de seres humanos. Y este control tiene la característica fundamental de subsumir el efecto potenciado de ambos poderes, pero en función de una misma hegemonía. Por esto, es dable percibir que no es la ciencia, ni mucho menos la religión, las culpables de lo antes planteado, sino la estructura en la cual ambas se encuentran insertadas. De aquí, la existencia permanente de la miseria y la opresión en pueblos que se jactan de ser religiosos es una verdad que ofende no sólo a Dios, sino a la razón humana. O de sociedades que ya han apostado TODO por una ciencia sin alma, aunque muy eficiente; y que ven a la religión como algo del pasado, o como un instrumento de dominación para poblaciones desesperadas, a las cuales es preciso «dormir».
Por lo tanto, es inaceptable la existencia de una ciencia y una religión tibias, frente a la excesiva opulencia y la más abyecta miseria; frente a una religión que se pierde en el más allá, mientras el más acá les urge actuar, para rescatar la única dimensión humana donde con más seguridad encontramos al Jesús de la historia. En tal sentido, la ciencia y la religión deberán encarnarse con autenticidad, para liberarse de ataduras e intereses que en gran medida han respondido a la construcción del mundo actual; y así lograr trascender hacia aquella dimensión donde todos llegaremos un día, pero no a través de una evasión criminal mientras estemos encarnados, sino como resultado del orden lógico que impone una ciencia liberadora, y una religión que cumpla la misión de fortalecer y defender la vida humana. Pero entendida esta última no sólo desde una expresión científico-religiosa reduccionista e interesada, sino como la genuina manifestación histórica de una realidad que no se disuelve con la muerte, porque entiende e interpreta al ser humano como la expresión concreta de una realidad única «natural-sobrenatural». Solamente así será posible reconciliar al ser humano —FUNDAMENTO DEL MUNDO— con el engranaje construido desde una ciencia y una religión despojadas del lastre de la muerte.