El amor de una madre es «el misterio» que sólo Dios conoce, y que nosotros apenas alcanzamos a entender, y en algunas escasas e iluminadas ocasiones a sentir, pero nunca con esa intensidad indefinible que sólo ellas conocen. Una madre, una mujer, una síntesis que nos acompañará siempre, para darnos eso que sólo ellas pueden dar: la vida. Su presencia es fuerza, ternura fina y delicada. Su ausencia, dolorosa y temible; intransferible pena que, una vez experimentada, nos cambia para siempre. Esta es solo una aproximación a la verdad, al amor que toda mujer esconde en su corazón, y que un día entregará en plenitud, como una vocación perpetua, rebasando incluso cualquier limitación temporal o física. Siempre sabrá cómo entregar su legado, esté donde esté, y hasta la última gota. Porque su maternidad no es sólo una condición material, sino una vocación originaria que, de una u otra forma, la convertirá, tarde o temprano, en fuente de vida y esperanza.