Cuando nos atrevemos a reflexionar sobre lo que nos circunda, es cuando en verdad asistimos al evento real del «pensar». Porque todo aquello que ocupe nuestra mente, al margen de lo inmediato, tiene el vicio o el peligro de convertirnos en algo diferente a lo que debemos, de manera urgente, atender y resolver.
El acto del pensar puede estar trivializado o tergiversado si su potencial es circunscrito a concepciones científicas, económicas, filosóficas o históricas determinadas; las cuales han surgido en respuesta a intereses, muchos de los cuales nos deberían resultar extraños. Más aún cuando la dinámica histórica ha respondido, ayer y ahora, a esquemas de un poder que en poco o nada nos ha favorecido.
¿Y esto qué importancia tiene? Demasiada, pues ha pasado a ser uno de los más grandes problemas de la filosofía latinoamericana, dado que, al no tener claridad en cómo utilizar la inteligencia —como el instrumento privilegiado para estar y vivir en el mundo—, partiremos de manera espontánea hacia caminos ya construidos; olvidando que solo es nuestra la responsabilidad de «atender» nuestros problemas regionales, así como la de implementar sus soluciones. ¿Qué parámetros utilizaremos, o, lo que es mejor, qué cosmovisión asimilaremos para adentrarnos en la interpretación de nuestro entorno, para recuperarlo?
Y no sólo para redimir la soberanía real sobre nuestras riquezas materiales, sino —aún más importante— para redimir la capacidad de pensar y vivir con autenticidad. Una labor de grandes dimensiones, que implica el rescate y la reinterpretación de nuestra historia, como horizonte desde el cual poder entender mejor el contexto actual, y así modificarlo, pero de manera radical.
La realidad humana es una experiencia individual y colectiva, que se lee a través de las consecuencias concretas en su nivel de realización o atraso; por ello no es posible reflexionar sobre la pobreza solo como resultado natural de una esencia atrasada, científicamente definida y anclada a un determinismo biológico ligado a la raza. Aceptar esto es, sin duda, hacerle el juego a la opresión y la esclavitud modernas.
En conclusión, la verdadera reflexión en Latinoamérica, para ser humana y en contexto, debe partir de la integración de todos los factores de la realidad, sin excepción; desconfiando de manera metódica y sistemática de las recetas preestablecidas, porque desde este esfuerzo originario de reflexión pueden surgir las claves para enfrentar y superar el subdesarrollo.