¿Para qué sirven la literatura y la filosofía en medio de un horizonte individual, pero muy profundo y jerarquizado —en absoluto democrático—? Es posible que este esfuerzo considerado prestigioso, aunque sea loco o cuerdo —quién sabe—, nos brinde un espacio —y lo tenemos que cuidar— para podernos sumergir —con riesgos claros— en la mente de algún iluminado, o quizás muy fumado, que según él ha encontrado la piedra filosofal. Y que no solo quiere compartirla, sino, lo que es peor aún, venderla —Sócrates—. Esto último, aunque es legítimo, no lo terminamos de aceptar, porque por desgracia vivimos y morimos en el reino del capital. Todos cobramos, hasta en un funeral… esta es la regla, o mejor aún, el primer mandamiento para sobrevivir… pero con una dignidad sospechosa. Porque aún sueña que algún día, en un reino «no muy lejano», podrá romper los hilos invisibles que le impiden «ser».
Queremos decir lo último… y esto es tristemente genial; pero querer alcanzar «el absoluto» será siempre el martirio eterno de todo aquel que se le enfrente. Por esto, que venga la literatura, la poesía, la ciencia, la ficción, la religión —¿podrá ser posible?—, para continuar en este laberinto, donde quizás, a un escaso y fácil paso, se encuentre la clave que nos libere.