México en pleno siglo XXI.

México tiene una historia singular, pues, como antiguo asiento del poder colonial, funcionó como Virreinato de la Nueva España; así, su posición privilegiada le confirió no sólo influencia política, sino principalmente económica. Los eventos previos y posteriores a la independencia de España, en el primer tercio del siglo XIX, impulsaron una dinámica progresiva de acumulación y concentración del capital material y simbólico, que en gran medida definieron el camino y el peculiar estilo de insertar la modernidad en esta importante región, la otrora capital del imperio español en América.

Actualmente, en pleno siglo XXI, los mecanismos con los cuales se ejerce la hegemonía en México parecen estar de la mano con aquellas estructuras de dominación de raigambre colonial, que de una u otra manera se han arrastrado hasta el presente, y parecieran ser el sello indeleble que ha marcado al resto de países latinoamericanos. Las razones históricas parecen obvias, pues el imaginario del poder casi de manera invariable se ha construido en el mismo molde. Basta con echar una hojeada a la historia de nuestros «próceres» para comprobar una similitud sospechosa, y para NADA original. De aquí procede mucho del tipo de cultura con la cual se han gestado los Estados modernos latinoamericanos; y en tal sentido, es necesario volver un poco hacia el pasado, no sólo para juzgarlo, sino principalmente para entender nuestro presente, pero fundamentalmente PARA TRANSFORMARLO.

No asistimos de manera parcial al rescate de modos de ver y vivir afincados en zonas raciales definidas, sino que intentamos redefinir una mentalidad específica, anclada en una cultura particular, y de la cual emana el estilo con el cual repetimos de manera circular el subdesarrollo. Porque esta lacra, así definida —pseudoconciencia cultural—, no sólo tritura a los sectores mayoritarios —que son los más afectados—, sino también a quienes se han considerado la aristocracia política, económica e intelectual. Este nuevo ethos nos ha dado carta de ciudadanía en el mundo de los pobres; pero no hablo de aquella pobreza que se acostumbra a entender como falta de bienes materiales, sino de la que surge de entre quienes, conviviendo en la misma región espacio-temporal —llámese América Latina—, prefieren apostarle a rancias y desfasadas genealogías racistas, o a inveterados sueños de un poder absurdo. Lo cual ya no tiene sentido, porque América está despertando, y de insistir en ello, sólo se logrará que las fuerzas escondidas que aún duermen alcancen su energía crítica; tal y como sucedió en otras épocas y latitudes.