El ser humano solo será dueño de su libertad si con ella puede construir una ruta que lo humanice; y esto no será producto del azar, sino el resultado de un proceso largo y minucioso, al cual ya los antiguos griegos habían reconocido, y que llamaron «paideia».
Para ellos, la devoción y los cuidados empleados en modelar al futuro ciudadano fueron piezas claves en lo que históricamente ha pasado a ser el clásico ideal griego de belleza, pero del ser humano como totalidad.
La época que vivimos al parecer sufre las consecuencias de un «especial» tipo de educación, que podría habernos desviado de la ruta. Ciertamente los avances de la técnica han mostrado su lado luminoso, pero también una importante zona de tinieblas; y en este sentido hay que cuestionarse no si es bueno que tengamos más tecnología, sino respecto de la mentalidad que se está alimentando en quienes tienen el monopolio de la misma. Queremos más desarrollo científico-técnico, pero también urgimos de más justicia.
Durante el siglo XX y lo que va del XXI, hemos presenciado enormes progresos en el área de las ciencias; pero también hemos sido testigos del despliegue de un tipo de mentalidad moderna que se ha filtrado en casi todos los centros de poder, plasmándose en las más sanguinarias guerras… muchas de ellas libradas en nombre del progreso.
¿Quiénes son, han sido y siguen siendo las víctimas? Hoy, más que en otras épocas, las de un modelo económico que no asume con responsabilidad los daños colaterales impulsados por este tipo de «progreso», violando de manera sistemática los prerrequisitos de una sana convivencia humana, llegando —por ejemplo— a generar niveles de polución ambiental que han tornado a muchas capitales cosmopolitas en verdaderas zonas de muerte.
Pero esto solo es una consecuencia del verdadero problema, el cual debe rastrearse en el modelo de construcción cultural que nos ha llevado hasta donde estamos.
Los medios de comunicación masiva han mostrado su enorme capacidad no para educar, sino para controlar nuestra capacidad de percepción y acción. ¡Qué lejos estamos de aquel antiguo ideal griego, dentro de una cultura que nos prepara para no ser libres! Por esto, resulta muy difícil insertarse en este tipo de discursos contestatarios, pues es preciso romper aquellos reflejos condicionados de carácter cultural. Verdaderos eslabones de las cadenas de la opresión, construidos con gran dedicación desde los centros de poder a través del tiempo.
Para el filósofo alemán Martin Heidegger, una existencia verdadera siempre estuvo ligada al rescate de la «autenticidad», pero como «posibilidad» para recuperar el sentido del ser humano en el mundo: esencia de la libertad. Porque no estamos condenados por un artificial determinismo histórico a vernos naufragar, repitiendo aquella pseudoeducación que nos quiere esclavos, esterilizando así nuestros potenciales y posibilidades en América Latina.