Sólo somos un reflejo de la verdad.

Cuando una fotografía parece detenernos en el tiempo, algunas veces surge la tentación de creernos inmortales; y esto no tiene nada de extraño, pues en algún lugar de nuestra realidad íntima existe algo que no cambia. La ilusión que crea el cinematógrafo en quienes lo ven, y más aún en quienes se reconocen como protagonistas, ejerce una magia que el lenguaje no alcanza a expresar, porque con seguridad esta realidad nos rebasa… Entonces surge la intuición como una respuesta difícilmente transferible y, por tanto, se queda como un reto a la comprensión y la expresión entre cada uno de nosotros.

El acceso a la verdad se puede realizar por muchas vías, y una de ellas es la de contemplarnos en el tiempo, no solo como dimensión física, sino como el «tiempo de la vida», y de cómo esto incide en cada uno de nosotros. Impacto que nos modela, creando la ilusión no solo de estar condenados a la disolución, sino, a la vez —quizás con gran certeza—, de una apuesta a una especie de inmortalidad o eternidad que nos remonta más allá de nuestra realidad material. Descubrimos así, probablemente, una forma de esencia de la cual estamos formados… quizás esta manera de percibirnos contenga una clave que nos dé acceso a la verdad.

«Verdad» como una fuerza liberadora, por medio de la cual bien podríamos enfrentarnos al mundo de una manera diferente.

Por lo anterior, observar detenidamente cómo el tiempo pareciera detenernos en una simple fotografía, o en la más galardonada de las películas, nos produce, a la vez que encanto, desilusión; porque nos muestra de manera radical que, a pesar de estar atados al mundo como estructuras biológicas ultracomplejas, no estamos definidos por ellas de manera total, sino solamente como un reflejo importante de lo que somos, pero sólo eso: un reflejo… Quizás esto suene a platonismo, pero no resulta descabellado; porque en ese lugar donde nos midamos con el «tiempo de la vida», estaremos todos frente a frente, tal cual somos y tal cual seremos.