La brisa sacudió algo más suave y delicado que sus cabellos —¿Minerva?—, eran sus ojos que se perdían en el horizonte de aquella mañana donde un día se encendió el corazón de aquel solitario y olvidado lector de la vida.
Porque es posible, en aquel segundo, perseguir la luz que atrapó la rosa de aquella tarde donde nació y murió una ilusión. Quizás son cosas del siglo XIX y su romanticismo lo que golpeó la mente de aquel pobre y taciturno adorador de las ansias de eternidad.
De aquel soplo, de aquel suspiro que se esfumó como todo, en un tiempo que no recuerdo… porque ni fue la era atómica, ni una sonata, ni todos esos avances ante los cuales todos se postran… no fue eso. La vi por primera vez, y fue la última, porque después de esto ya nada fue lo mismo para mí. Se rompió el horizonte que me ataba a una vida normal, y se abrió el oscuro y profundo abismo donde se pierden el corazón y el alma. Aparecieron las ojeras, como profundas marcas indelebles de un ave nocturna que, surcando el cielo estrellado, busca en el infinito el sentido de este misterio que sabe Dios por qué lo ha creado.
Vivimos persiguiendo en otros nuestros sueños; grave error, porque son intransferibles; pues, frente a la belleza que va más allá de lo pensado e imaginado, existen, aún rozando sin darse cuenta, el alma, el corazón y la vida. Y se extinguen de manera irremediable, casi sin esperanza, porque frente a ti las llamas me devoran sin piedad… muy lentamente. Con un dolor que escapa a los sentidos, que destruye dulcemente, quizás como la muerte; porque para este divino veneno no existe antídoto, excepto poseer lo inalcanzable, de lo cual ni tú te das cuenta. Y yo apenas logro entender.
¿Dónde estás oculta, quizás sin darte cuenta del embrujo y la magia mortales que posees? No te asomes, porque de nuevo vendrá la amarga esperanza de querer ser inmortal; y aún en medio de las cenizas, el aroma y los perfumes volarán silentes, amarrados a un alma atormentada por este hermoso y trágico camino que se llama vida.
Te vi, ¿por qué te vi? La luz y la sombra acuden sin piedad a la puerta de mi alcoba, sólo para recordarme que es imposible recobrar la cordura. No habrá jamás paz, porque apareció la guerra debido a la angustia de saberse vencido de generación en generación. La pasión no es amor, o quizás lo fue y la desesperanza lo corrompió; pero al menos algo queda, algo queda… sí, la razón claudicó.
Esconde tu rostro, por favor; no atices las llamas de este infierno que llevo dentro, porque te fuiste hace tiempo en una ilusión rara que no entiendo aquí. Pues no existe nada que haga entender la imposibilidad de verte un día frente a mí, sorbiendo los segundos de una vida angustiada que se extingue sólo por el pecado de esta vida tan difícil de entender, de esta vida que Dios nos dio como una prueba tan difícil; pero, en fin, es la VIDA.
Los filósofos te reclaman, los poetas te cantan; los pintores, los músicos, sin cesar te buscan y, sin poder nunca alcanzarte, mueren resignados. Pero aquí, aquí quizás hay algo que pueda compartir; quizás sea esa luz misteriosa que Dios ha escondido, y que no dejaremos de perseguir hasta encontrarla sólo en Él.
Pero aquí, en este mundo frío y solitario, un día, no sé si en un sueño, apareciste como la musa perdida y encontrada… me diste de beber y mi sed creció. ¿Acaso es posible lograr la inmortalidad en un mundo tan frío e indiferente? Quizás, en lo más profundo del bosque de este corazón, exista un rincón oculto y a resguardo, donde pueda habitar, delicado, uno que palpite quizás pensando en aquel ideal donde se encuentra, vaporosa y lejana, pero a la vez cercana, la ilusión de tu presencia. Y quizás logre un día correr tan veloz que pueda alcanzarte en algún lugar del sentimiento que arrastraron aquellos artistas perdidos, que murieron buscando la inmortalidad que entrega la posesión de tu presencia.
Crucemos las miradas del alma, crucemos esos hilos invisibles que llegan hasta Dios, que dan la luz de la inmortalidad.
¿Dónde estás? ¡Luz, más luz!… Se oscurecen los sentidos, y se escapa la dicha de esta carne que se transporta presurosa hacia una tierra que no conozco y que no quiero conocer, porque quizás ahí no se encuentra ni tu sombra.
Y cada palabra es presa de las cadenas, de mis cadenas, de esta vida que ya no soporta las ataduras ni las limitaciones de unos sentidos que no alcanzan a sentirte ni a buscarte. Ansia de eternidad que no se detiene y no acaba, que rompe el diamante que pudo ser lo más valioso y que hoy de nada me sirve, si te esfumas en medio de esta noche que las olas arrastran hacia la orilla de un universo infinito que quisiera conocer —oh, sí, conocer— y quizás, en ese lugar sagrado, poder verte.
Todo esto no ha podido ser sentido desde la técnica muerta y prometedora, hija bastarda de una ciencia que se vendió al mejor postor… Judas traidor revive en esa vanagloria que sacude las mentes pseudoiluminadas de quienes creen en el fin de la historia. ¿Dónde está la musa que asiste en la penumbra la febril inocencia de quien sueña en ideales eternos? ¿Las hay aún? Creo en el corazón del poeta, como en el vidente que se para en la cresta más alta de esa ola que pareciera estrellarse en las rocas de esta mediocridad que algunos todavía llaman modernidad tardía. Y ahí está quizás la esperanza, pues la mujer y el hombre ahí duermen muy callados, seguros… pues a la mañana de esta noche delirante vendrá un nuevo sol que alumbre Todo.