El Salvador, América Latina: ¿sociedades subdesarrolladas o sociedades de exterminio?

Cuando la mayoría quiere emigrar de la tierra que lo vio nacer, porque en ella ve amenazado no sólo lo más sagrado, donde se asienta su integridad física e intelectual, sino también la dimensión humana más profunda, donde se encuentra su vida espiritual y moral, entonces es imperativo enfrentar el reto histórico que demanda resolver tal problema… y, si digo problema, quedo corto al tratar de describir un escenario semejante, el cual parece haberse convertido en moneda de curso legal en un mundo marcado por las asimetrías y un despotismo que rebasan cualquier crítica sociopolítica efectuada desde antes de la Revolución Francesa.

La modernidad, con sus logros más elegantes y exitosos, los cuales se encuentran repartidos entre unos pocos, ha tornado el mundo actual en una caldera a punto de estallar. La razón es simple: porque la desigual distribución de los bienes materiales y espirituales ha establecido el abismo que separa el «desarrollo» del «subdesarrollo»; términos tan académicos como sospechosos, porque no alcanzan a definir la situación de esta desigualdad, la cual impulsa todos los años a miríadas de seres humanos desesperados a cruzar fronteras fortificadas —a costa de su vida y su dignidad— o a aventurarse en océanos tempestuosos para alcanzar algunas migajas de lo que se ha promocionado como la tierra prometida.

Estos movimientos poblacionales no son algo ignorado por los imperios que reclaman por estos supuestos abusos; porque en su mayoría quienes logran infiltrarse en estas sociedades de la opulencia no gozarán de los derechos mínimos para ser considerados seres humanos normales. Ante esto, surge la pregunta: ¿cómo es posible tal situación? Precisamente, se debe a la presión que se ejerce en los países pobres… ¿pero pueden ser llamados países los que permiten que esto suceda, dependiendo de manera irracional de las remesas que envían quienes abandonaron todo…?

La crisis que gobierna el mundo se maximiza en las zonas más vulnerables, lo cual determina el desempleo crónico, los altos índices de delincuencia, la prostitución, el bajo nivel escolar y los altísimos niveles de contaminación ambiental. Una corrupción que determina el uso «discrecional» de los fondos del Estado, sin que esto se refleje en concreciones que beneficien de manera consistente en el tiempo a la población mayoritaria y eviten el escenario que convierte a los más pobres en eternos perdedores del mundo.

¿Veremos a un inglés, un francés, un alemán o un norteamericano buscar un destino mejor que el encontrado en sus tierras, debido a causas como las mencionadas? Este cuestionamiento debe mover a la reflexión y la acción, no sólo de quienes padecen las consecuencias del estigma de este orden mundial caduco, sino de todos aquellos que de manera indirecta colaboran con tales atropellos.

Por lo anterior, lo que para los técnicos burócratas de cuello blanco del primer mundo simplemente son sociedades tercermundistas, subdesarrolladas o atrasadas, considero que deberían ser llamadas, con más propiedad y justicia, sociedades de esclavitud, sumisión y exterminio.