«El Salvador. América Latina: no necesitamos padrinos para liberarnos.»

El Salvador, así como el resto de América Latina, ha vivido desde los tiempos de la conquista española un proceso de transformación que implicó un mestizaje no sólo genético, sino principalmente cultural. La introyección violenta de un nuevo modelo cosmovisional significó la puesta en marcha de un fenómeno que se ha convertido en el principal problema y, a la vez, en una esperanza para todos los latinoamericanos; pues esta hibridación ha pasado a ser un reto que es urgente superar para encontrar nuestra verdadera identidad.

La nueva colonización pareciera estar más acorde con las modernas tecnologías, las cuales en sí mismas no tienen nada de malo, excepto al ser examinadas desde la intencionalidad con la cual se implementan. Porque no hay ciencia neutral, y nunca la ha habido; así, las enormes inversiones que se despliegan para su desarrollo e implementación son realizadas por un sistema capitalista altamente organizado y complejizado; que nos vuelva la vida aparentemente más fácil está por verse. También hay armas muy modernas y con altísima tecnología que sirven para destruir la vida, y no por eso les rendimos pleitesía.

La riqueza y variedad de nuestras tierras parecieran siempre medirse desde la lupa de la crítica foránea. PORQUE NO NECESITAMOS DEL VISTO BUENO DE NINGUNA POTENCIA EXTRANJERA PARA DECIDIR NUESTRO DESTINO. Ya desde finales del siglo XIX, exploradores europeos se quejaban del poco aprecio que la cultura latinoamericana hacía de sí misma, tratando de imitar y perseguir ideales ajenos, renunciando a lo propio. Este talante pareciera recrudecerse en las últimas décadas, en que los modelos culturales transnacionales parecieran ser preferidos, rechazando lo propio por considerarlo inferior o de poca valía.

Lo anterior pareciera ser la receta más exitosa para crear una Latinoamérica enajenada, perdida y sin rumbo, de mujeres y hombres que buscan modelos de belleza y cultura extraños, quizás apelando a rancias y olvidadas aristocracias que hablaron de la limpieza y pureza de sangre, y que hoy, probablemente enquistados en zonas de poder político, ideológico o económico, impulsan estos fantasmas culturales envenenando a las nuevas generaciones. No necesitamos admirar a nadie; América Latina es tan fuerte como cualquier cultura, por imperialista que sea o haya sido; sólo tenemos que despertar y recobrar la conciencia del poder que está aún durmiendo en las mentes y corazones de todos los latinoamericanos.

Por lo anterior, aún hay guerras, crisis, violencia, delincuencia organizada, tráfico de drogas, etc., que son sólo la expresión de la enorme frustración no superada y que crece día a día. Porque Latinoamérica no necesita pseudolíderes que solo responden a redes de poderes ocultos y que jamás lucharán por la dignificación de nuestros pueblos. Algo que solo podrá ocurrir cuando nos veamos TODOS como parte de una gran familia.

Por Mario Oliva Mancía.