¿Qué son las palabras, pensamientos y sentimientos que se encarnan en cada uno de nosotros? Solo instrumentos que no serán jamás tan importantes como los sujetos para quienes fueron creados, y en quienes está contenido el sentido último de la existencia. La belleza no tiene muchas caras, excepto para los humanos, quienes, confundidos por nuestro imperfecto acceso a la verdad, luchamos por verla hasta el cansancio, sin llegar a encontrarla a pesar de entregarnos a una búsqueda casi infinita.
Para quienes solo se dedican a esta incansable persecución —los afortunados, los santos artistas del mundo—, quienes abandonan la patria de un mundo frío y muerto, sólo en rarísimas ocasiones verán converger esa indefinible e intangible zona de lo creado por el hombre y por Dios, en algo o alguien que, por tenaz y permanente que parezca, no será más que un aparente y fugaz esbozo de eternidad.
Al ver una flor en plenitud durante un día primaveral, somos partícipes transitorios de un evento que escapa al entendimiento, porque ya en la tarde el embrujo de aquella belleza se ha extinguido, dejando solo nostalgia y un deseo infinito de querer poseer aquella belleza que ya se ha ido en el misterio del tiempo.
En esta contemplación del absoluto, que es más ansia de inmortalidad que fuego fatuo, transcurre el ser humano, atrapado por este misterio que nunca alcanza a comprender, acaso solo a presentir. Y esto parece suficiente para nuestra corta y fugaz existencia terrenal.
Esto es bueno, pues el ideal que se transmuta en esa persistente búsqueda de lo perfecto y santo es también la expresión más clara de lo que todos los humanos sentimos frente a lo que roza con lo perfecto, y nos hace partícipes de lo que los místicos llaman un estado de arrobamiento.
Sin la búsqueda de la belleza como el ideal más elevado, estaremos perdidos de manera irremediable; y esta lobreguez intrínseca a este estado pesará más que mil cadenas en la más fría y perdida prisión del tiempo.
Por Mario Oliva Mancía.